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La edición peruana del Le Monde Diplomatique correspondiente a abril del 2008 recoge un ensayo del analista francés Pierre Conesa titulado “Estados Unidos, riesgo para Europa” que llamó poderosamente mi atención. (http://www.eldiplo.

com.pe/ estados_unidos_riesgo_para_europa) Conesa, Director Gerente de la Compagnie Européenne d’Intelligence Stratégique en Paris, (http://www.ceis-strat.com/) se pregunta si la política exterior de los Estados Unidos constituye una amenaza “para la seguridad internacional”. La preocupación del francés es un claro reflejo del impacto de la política exterior de la administración Bush (hijo) sobre la imagen internacional de la nación estadounidense.

Según Conesa, nos encontramos en un periodo de transición de un “sistema de unilateralismo militarista” controlado por un superpotencia (los EEUU)  a un sistema “multilateralista” de potencias emergentes (Brasil, China, India)  y de países con armas nucleares (Corea del Norte, India, Pakistán). Todo ello enmarcado en una espiral de altos precios del petróleo y escasez de alimentos. El autor se pregunta hasta qué punto las acciones unilaterales norteamericanas podrían “tener un papel desestabilizador” en el contexto actual. Mas que nada, este autor está preocupado por el impacto que las acciones norteamericanas podrían tener sobre Europa.

Conesa se embarca en un interesante análisis del objeto de su desvelo –el unilateralismo norteamericano– ubicando su origen en 1991, pero sin especificar cómo ni por qué fue éste implementado ese año.  El autor afirma que el unilateralismo estadounidense posee características “únicas” que se “amplificaron” tras los ataques del 11 se setiembre de 2001. En palabras de éste,

“El poder de Washington supera los límites habituales asociados a la soberanía clásica y se extiende al conjunto del planeta. Este unilateralismo es el de una potencia sin igual, que justifica su identidad con un “particularismo sacralizado” o un “mesianismo democrático radical”.”

Tal unilateralismo mesiánico posee unos rasgos particulares. Primero, “el poder de rechazar las reglas de seguridad comunes,” como el convenio contra las minas personales. Segundo, el poder de decidir quién es “el enemigo” e imponerlo a la comunidad internacional, por ejemplo, la lucha contra el terrorismo. Tercero, “el poder de actuar militarmente por propia cuenta” gracias a su vasta superioridad militar. Cuarto, “el derecho que uno se otorga a sí mismo de volver a dibujar el mapa del mundo”. A estos cuatro factores Conesa añade un quinto y muy importante elemento: el excepcionalismo como filosofía nacional. En este punto el análisis de Conesa es claro y contundente:

“El individualismo, el moralismo y el excepcionalismo que impregnan tanto a las elites como a la opinión pública explican el sentimiento consensual de que nadie tiene derecho a cuestionar la pureza de sus intenciones. Ni la precisión de sus definiciones del Bien y del Mal. El deslizamiento estratégico de Washington desde la disuasión –una doctrina de preservación de la paz que funcionó durante toda la guerra fría– a la prevención, que es una lógica de desencadenamiento de la guerra, encuentra su origen en el excepcionalismo estadounidense. Éste postula que la seguridad del país no debe depender de nadie y que podría justificar por sí sola un ataque preventivo. El ataque directo y homicida sobre el territorio estadounidense del 11 de septiembre consolidó este tipo de “postulado””.

El respaldo incondicional a Israel, un gasto militar que es la suma del resto de los presupuestos militares del mundo y la predilección por el uso de la fuerza militar completan el cuadro que perturba a Conesa y le lleva a preguntarse, ¿son los Estados Unidos un riesgo para Europa?

¿Hubiese sido posible este planteamiento hace diez años? Creo que no, y no porque entonces no hubiese quien pensase que los Estados Unidos eran una amenaza, sino porque entonces la política exterior norteamericana se mantenía dentro de unos márgenes internacionales que la administración Bush (hijo) decidió transgredir. Al hacer eso, cayó un telón muy fino que reveló una imagen de la nación norteamericana difícil de reconocer para unos, pero muy familiar para otros. Sería bueno preguntar a millones de indochinos, indonesios, iraquíes, iraníes, guatemaltecos, chilenos, angoleños y afganos si los últimos cincuenta años de la política exterior norteamericana –unilateral o no– constituyeron una amenaza para sus vidas.

Me parece muy valido que Conesa mire hacia el futuro, pero yo por formación no puedo dejar de mirar al pasado y preguntarme, ¿desde cuándo la política exterior norteamericana es una amenaza?

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, 13 de julio de 2008

Greg Grandin es un historiador norteamericano, profesor de la Universidad de Nueva York y autor de varios libros sobre los efectos de la política exterior norteamericana en América Latina, especialmente, en Centroamérica. (http://history.fas.nyu.edu/object/

greggrandin)  Su enfoque crítico y su capacidad de llamar las cosas por su nombre, le convierten, a mí juicio, en uno de los latinoamericanistas norteamericanos más destacados de la actualidad.

Grandin acaba de publicar un artículo en la página cibernética del American Empire Project que llamó poderosamente mi atención. En su escrito titulado “Losing Latin America What Will the Obama Doctrine Be Like?”, (http://aep.typepad.com/american_

empire_project/2008/06/losing-latin-am.html) Grandin analiza las posibles repercusiones de una victoria de Barak Obama sobre las relaciones de los Estados Unidos con América Latina. Aunque sus comentarios sobre este tema me resultaron muy interesantes, debo confesar que lo que más llamó mi atención fueron sus observaciones sobre la doctrina Monroe. Esta famosa doctrina emitida en 1823 por el entonces presidente de los Estados Unidos James Monroe ha sido, desde entonces, la base de la política exterior norteamericana hacia América Latina. Desde Teodoro Roosevelt hasta Ronald Reagan, varios líderes norteamericanos recurrieron a los postulados de ésta para justificar sus desmanes en la región latinoamericana.

Grandin reacciona a los argumentos de un informe preparado por un “task force” del Council on Foreign Reations titulado U.S.-Latin America Relations: A New Direction for a New Reality publicado en mayo de 2008. (http://www.cfr.org/publication/16279/uslatin

_america_relations.html) Este informa analiza el estado actual de las relaciones latinoamericanas y concluye que la era del dominio norteamericano en América Latina ha llegado a su fin. Prueba de ello es que gran parte de la región está gobernada por líderes de centro-izquierda cuya orientación oscila desde el populismo de Chávez hasta el reformismo de Lula. Este liderato rebelde, según el infome, ha buscado distancia de los Estados Unidos cortejando a China y abriendo mercados en Europa. Además, el liderato latinoamericano ha asumido una actitud disidente con relación a la guerra contra el terrorismo, ha puesto trabas a los tratados de libre comercio y ha marginado al Fondo Monetario Internacional. Todo esto lleva a los autores del informe a declarar obsoleta la doctrina Monroe, cosa que Grandin llama a tomar con cuidado.

De acuerdo con Grandin, esta no es la primera vez que la doctrina Monroe es declarada obsoleta por un grupo de analistas estadounidenses. La crisis que vivieron los Estados Unidos en la década de 1970 provocada por la derrota en Vietnam, la caída del dólar, el escándalo de Watergate, la competencia europea y el aumento en los precios del petróleo generó una revisión de la política exterior estadounidense por parte de los sectores liberales del “establishment” diplomático norteamericano. Éstos propusieron una reorientación de la política exterior norteamericana que incluía el abandono de la doctrina Monroe. Los liberales no fueron los únicos que analizaron la crisis de 1970. La primera generación de neoconservadores y la derecha religiosa también reaccionaron, pero de forma completamente opuesta. Intelectuales conservadores como Jeanne Kirkpatrick enfocaron a América Latina y no dieron por muerta a la doctrina Monroe, sino que la usaron para justificar la política del presidente Reagan con resultados genocidas en Centroamérica.

Según Grandin, la disyuntiva actual (un claro descenso del poder norteamericano, una América Latina movilizada, un inminente cambio de presidencia en los EEUU y la ruina de la alianza neoconservadora de George W. Bush) podría hacer que políticos norteamericanos voltearan sus ojos hacia el sur. Grandin teme que ello provoque un renacer de la doctrina Monroe cuyas consecuencias estarían por verse.
Comparto la preocupación de Grandin y como él, no doy por muerta la doctrina Monroe. Históricamente, América Latina ha ocupado una posición secundaria y subordinada en la política exterior de los Estados Unidos. Las autoridades estadounidenses sólo han revaluado su visión y relación con la región en momentos de crisis como la segunda guerra mundial y la radicalización de la revolución cubana. Además, no se debe olvidar que tales reenfoques no fueron, necesariamente, beneficiosos para la región. La disyuntiva actual (decadencia norteamericana a nivel doméstico e internacional y altos precios en los hidrocarburos y los alimentos) unida a los inevitables cambios que sufrirá el sistema internacional como consecuencia de la redistribución de fuerzas, los cada vez más evidentes problemas climáticos y la creciente competencia por fuentes de energía y otras materias primas, podrían forzar a los Estados Unidos a volver sus ojos a la región que tradicionalmente han considerado su área de hegemonía natural, lo que haría inevitable un resurgir de la doctrina Monroe como su justificante ideológico.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

 Lima, 3 de julio de 2008

Dramatización narrada por Viggo Mortensen del artículo del historiador Howard Zinn, “Empire or Humanity”, relatando cómo llegó al entendimiento de la naturaleza imperialista de los Estados Unidos. http://www.tomdispatch.com/post/174913/howard_zinn_the_end_of_empire_

 

Con la traducción y publicación de la conferencia dictada por Morris Berman en la Southern Utah University el 6 de marzo de 2007 titulada Localizar al enemigo: mito versus realidad en la política  exterior de los Estados Unidos, la editorial Sextopiso hace una importante aportación al análisis del imperialismo norteamericano. Publicado como un acompañante gratuito de la edición en español del libro El crepúsculo de la cultura americana, también de la autoría de Berman, Localizar al enemigo es un análisis breve y muy bien escrito de las bases ideológicas de la política exterior norteamericana desde el periodo colonial hasta nuestros días. Berman, un historiador y critico social norteamericano (http://morrisberman.blogspot.com/) autor de interesantes e incisivos análisis de la sociedad estadounidense, analiza el desarrollo de lo que él denomina la “identidad negativa” de los Estados Unidos y su impacto histórico.  Según él, desde el periodo colonial, los norteamericanos han desarrollado una identidad nacional a partir de lo que no son, siempre rechazando otra cosa, por ejemplo, el Viejo Mundo, la nobleza, etc. El problema con este tipo de identidad, subraya Berman, es que no te permite ver qué realmente eres. Ese precisamente es uno de los problemas fundamentales de la política exterior de los Estados Unidos, pues ésta ha estado basada en la percepción ideologizada que los norteamericanos tienen de sí mismo y no una examen crítico de lo que realmente son. 

Esta ideología-religión secular se fundamenta en el rechazo a la disensión camuflado de patriotismo (un americano de verdad no critica a su país y menos en tiempos de guerra); en un fuerte sentido de misión divina, de una necesidad de propagar por el mundo la democracia y las bendiciones de la sociedad norteamericana (de hacer cumplir la voluntad de Dios); en el desarrollo de una identidad nacional que no está basada en un historia común, sino en un compromiso moral y religioso con el país; en una visión maniquea que reduce la realidad a una lucha entre el bien (los Estados Unidos) y el mal (sus opositores); en la idea de una bondad e inocencia innatas que guían las acciones norteamericanas; y en la creencia en la universalidad de los valores y la forma de vida norteamericana (a pesar de lo que puedan decir sus líderes, los pueblos del mundo quieren ser como los estadounidenses).

Originada en el siglo XVII por los puritanos creadores de la idea de ciudad sobre una colina,  esta religión secular ha evolucionado a lo largo  de la historia norteamericana convirtiendo a los Estados Unidos, según Berman, en una nación peligrosa. Inculcada en los niños desde la escuela primaria, la idea de la excepcionalidad norteamericana ha tenido consecuencias desastrosas, pues ha llevado a los Estados Unidos a perder de vista los colores de espectro luminoso y adoptar una política exterior sin matices y profundamente ideologizada. Según Berman, la política exterior de los Estados Unidos en los últimos sesenta años ha estado basada en  la constante búsqueda de un enemigo a quien enfrentar representándole “como una gran fuerza unificada” con la que no se razona, sino se enfrenta, se combate. En palabras de Berman,

“El resultado fue la incapacidad de entender los movimientos nacionalistas, las guerras de liberación o las guerras civiles, porque todo lo que se desviara de nuestra visión del mundo, se definía ahora como malvado. El nacionalismo a menudo se confundió con el comunismo y repentinamente nos hicimos responsables de casi cualquier evento político que tuviera lugar en el planeta, y a todos se les asignaba la misma importancia en términos de nuestra seguridad.” (p. 15)

 Este pequeño, pero fascinante escrito, debería ser lectura obligada de todos aquellos que quieran entender los patrones culturales, ideológicos, sicológicos y religiosos con que opera la política exterior de los Estado Unidos.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, 4 de mayo de 2008.

 

LA GUERRA HISPANOAMERICANA DESDE UNA PERSPECTIVA GLOBAL

Norberto Barreto-Velázquez, Ph. D.

 

Salvo algunas escasas excepciones, la mayoría de los historiadores norteamericanos han enfocado la guerra hispanoamericana desde una perspectiva muy limitada dejando fuera los ricos matices internacionales de este conflicto. En esta perspectiva, la guerra hispanoamericana suele quedar reducida a un conflicto entre los Estados Unidos y España por culpa de Cuba, en el que Puerto Rico y las Filipinas terminaron involucrados casi por cosa del destino. Una interesante excepción a esa tendencia historiográfica es el libro del Juez Juan R. Torruella que la Editorial de la Universidad de Puerto Rico acaba de publicar bajo el título Global Intrigues.

En su libro, Torruella examina la guerra hispanoamericana desde una perspectiva global analizando el papel que jugaron los países no beligerantes durante el conflicto y cómo esto afectó el desenlace de la guerra. Para ello, el autor se embarca en un interesante análisis de la situación sociopolítica de las principales potencias mundiales a finales del siglo XIX que permite entender las motivaciones de éstas durante la guerra hispanoamericana.  La conclusión de Torruella es muy clara: de todas las potencias mundiales decimonónicas, sólo Gran Bretaña consideraba que una victoria de los Estados Unidos sobre España sería favorable a sus intereses geopolíticos- sobre todo en China- y por ello asumió una actitud a favor de sus primos norteamericanos. El resto de las potencias mundiales adoptó una actitud pro-española por considerar que una victoria norteamericana podría afectar negativamente sus intereses comerciales, políticos  y estratégicos.

Es necesario aclarar que el autor no limita su análisis a factores geopolíticos, pues reconoce que hubo factores de tipo ideológico, religioso, racial y familiar que determinaron las simpatías de la mayoría de las potencias europeas con la causa española. Por ejemplo, la cercanía entre las familias reinantes en Alemania y España jugó un papel de importancia para entender la actitud anti-norteamericana que asumió el Káiser durante la guerra.

Esta es no sólo es la parte más sólida del libro, sino también la más valiosa, pues el autor brinda un análisis sintético y claro de las dinámicas diplomáticas que sirvieron de contexto internacional a la guerra hispanoamericana. Ello permite sacar el conflicto hispano-norteamericana del estricto contexto americano (Cuba) y ubicarle dentro de la dinámica geopolítica mundial de finales del siglo XIX.

El análisis de Torruella del significado de la guerra a nivel internacional resulta más problemático. Según el autor, la guerra hispanoamericana, y especialmente la adquisición de las Filipinas por los Estados Unidos, alteró el orden mundial, pues colocó a la nación norteamericana en una posición ventajosa con relación  al acceso al mercado chino, la principal causa de competencia entre las naciones imperialistas. La presencia norteamericana en las Filipinas obligó, según Torruella, a las naciones imperialistas en pugna por el mercado chino a buscar puertos en China desde donde contrarrestar la ventaja norteamericana, dada la cercanía del archipiélago filipino al territorio continental chino.

Otro problema del libro son las fuentes y el manejo que su autor hace de éstas. Primero que nada, me resulta curioso que a pesar de que las Filipinas juegan un papel central en el argumento del autor, la bibliografía que éste maneja sobre las islas es muy reducida y hasta cuestionable. Por ejemplo,  gran parte del análisis del autor está basado en la colección de documentos capturados por los norteamericanos a los insurgentes filipinos  durante la guerra filipino-norteamericana publicada en  1971 bajo el título The Philippine Insurrection Against the United States. Esta compilación de documentos es, sin lugar a dudas, una fuente importantísima para entender la historia filipina, pero la bibliografía filipina sobre el 1898 es mucho más amplia y rica.  Asimismo, la actitud japonesa durante y después de la guerra hispanoamericana ocupa una parte importante de este libro, sin embargo, Torruella maneja una bibliografía también muy reducida sobre este tema. En especial, hecho de menos los trabajos sobre las relaciones japonesas-norteamericanas del prestigioso historiador japonés Akira Iriye y los estudios sobre la actitud japonesa con relación a las Filipinas de la historiadora filipina Lydia N. Yu-Jose.

No puedo terminar sin destacar varios puntos que me resultan muy importantes con relación a este libro. Independientemente de lo controversiales que me pueden resultar algunos de sus argumentos, es indiscutible que el autor hace un excelente trabajo colocando la guerra hispanoamericana en su contexto internacional. El enfoque comparativo del libro  es otro acierto de su autor, pues enfrenta de forma directa uno de los problemas tradicionales de la historiografía de las relaciones exteriores de los Estados Unidos. Además, el autor asume una posición clara con relación a la condición imperial de los Estados Unidos. La política exterior de la actual administración de la Bush, sobre todo, la tragedia iraquí, desató en los Estados Unidos un intenso  debate sobre la naturaleza imperial de la nación norteamericana. Este debate  no es fenómeno nuevo e inclusive se podría plantear como un fenómeno cíclico en la historia de los Estados Unidos. Torruella entra  en este debate reconociendo de forma directa el carácter imperialista de la nación norteamericana y ello me parece digno de ser reconocido. Por otro lado, me resulta refrescante que un historiador puertorriqueño supere el insularismo analizando un tema crucial de nuestra historia desde un perspectiva internacional. Por último, me resulta esperanzador que un historiador puertorriqueño atienda la tan olvidada historia de nuestra metrópoli.

Reseña publicada por el periódico El Nuevo Día el 10 de febrero de 2008.