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Archive for the ‘Destino Manifiesto’ Category

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Pedro Salmerón Sanguinés
La Jornada     25 de febrero de 2014

Utilizar la historia o el mito para justificar las peores barbaridades, inventar esencias o necesidades y construir ideas de raza o nación, ha sido práctica común desde que existe la organización social basada en la opresión. Los imperios que se consolidaron en la época moderna, cuyas élites siguen dominando la economía mundial, no hicieron otra cosa para legitimar sus conquistas y genocidios. Un ejemplo muy claro de la manipulación de la historia lo presenta la construcción ideológica de Estados Unidos y su excepcionalidad.

Según esa idea, Estados Unidos tiene el derecho, sea por sanción divina o por obligación moral, de brindar civilización, democracia o libertad al resto del mundo, mediante la violencia si es necesario. Complementa esa idea otra, según la cual Estados Unidos tiene el destino manifiesto de expandirse por todo el continente y, posteriormente, llevar al mundo nuestro gran cometido de libertad y autogobierno (Howard Zinn, La Jornada, 27 y 28/7/05).

Esas ideas, que en sí no son muy distintas de las justificaciones divinas, raciales o ideológicas que otros imperios o estados totalitarios han usado para legitimarse, están en la base de un gigantesco proceso de falsificación de la historia.

La derecha estadunidense combate a quien cuestione esos mitos convertidos en dogmas: En los años treinta, los libros de texto que no fuesen de un patrioterismo conservador eran denunciados, prohibidos o quemados. Durante la guerra fría la persecución ideológica arreció. En las universidades se combinó la represión selectiva con la corrupción generalizada, es decir, la investigación a sueldo para justificar las políticas de guerra, agresión y contrainsurgencia:

Así se construyó una visión del pasado de los Estados Unidos como una historia de consenso, basada en las doctrinas del excepcionalismo norteamericano y del Destino Manifiesto, y en el mito de la conquista triunfante del oeste, que omitía cualquier mención sobre la raza, esclavitud, conquista de los pueblos nativos y restricciones opresoras sobre muchos grupos marginalizados incluyendo las mujeres (Josep Fontana, Historia: análisis del pasado y proyecto social [edición de 1999], pp. 264-266).

Al mismo tiempo, la teoría de la modernización sostenía que el milagro estadunidense, donde los planteamientos del marxismo no es que fueran equivocados, sino totalmente irrelevantes, podía repetirse en los países subdesarrollados, si seguían las mismas reglas que habían observado los norteamericanos.

Dichas reglas, impuestas por la combinación del poder económico y militar, se resumen en dos: libre mercado y sujeción a la economía estadunidense. Hannah Arendt lo explica con claridad prístina:

“Cuando se nos decía que la libertad era para nosotros la libre empresa, fue muy poco lo que hicimos para destruir tan enorme falsedad [...] Hemos afirmado que en los Estados Unidos la riqueza y el bienestar económico son los frutos de la libertad, pese a que debiéramos haber sido los primeros en saber que ese tipo de felicidad constituía la bendición de América con anterioridad a la Revolución y que su razón de ser era la abundancia natural bajo un gobierno moderado y no la libertad política ni la iniciativa privada, libre y sin freno, del capitalismo, el cual ha conducido en todos los países donde no existían riquezas naturales a la infelicidad y a la pobreza de las masas. En otras palabras, la libre empresa sólo ha sido una bendición para Estados Unidos” (Arendt, Sobre la revolución, p. 357).

La historia oficial en Estados Unidos tiene ese sentido. Dice Howard Zinn: Se puede mentir como un bellaco sobre el pasado. O se pueden omitir datos que pudieran llevar a conclusiones inaceptables.

Los manuales escolares omiten las diferencias de clases, la esclavitud, las guerras de conquista; omiten también las razones económicas, geográficas y demográficas que permitieron que Estados Unidos se convirtiera en imperio. Es una historia que, reduce el pasado a los encuentros y desencuentros, heroísmos e infamias de un grupo de elegidos, que por regla general son blancos, machos, militares y ricos, dice Eduardo Galeano sobre el libro de Zinn ( La otra historia de los Estados Unidos, p. 17. La cita de Galeano en cuarta de forros).

Frente a esto, las historias oficiales de los totalitarismos parecen burdas e ineficaces. El nazismo se apoyó en una de las mayores mentiras ideológicas de la modernidad: la diferencia de raza; y apoyado en ella, perpetró uno de los más atroces crímenes colectivos de la historia. Pero su mentira duró 12 años como política de Estado. El estalinismo falseó la historia de manera sistemática. Pero su dictadura historiográfica se derrumbó al cabo de un cuarto de siglo.

La mentira sistemática con la que Estados Unidos justifica sus guerras de agresión y la imposición de sus modelos económicos al mundo, lleva más de dos siglos vigente.

Pedro Samerón Sanguinés es Doctor en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México. 

Twitter: @salme_villista

psalme@yahoo.com

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H-Diplo Review Essay on Michael Scott Van Wagenen. Remembering the Forgotten War: The Enduring Legacies of the U.S.–Mexican War. Amherst and Boston: University of Massachusetts Press, 2012. 330 pp., 30 b&w illus. ISBN 978-1-55849-930-0.

Reviewed for H-Diplo by Douglas Murphy, National Park Service

9781558499294The fact that there are distinct differences in the way that citizens of the United States and Mexico recall the conflict between their two countries has long been a sort of elephant in the room. Observers seem eager to point out that it is there but rarely appear motivated to explain how it managed to squeeze through the doorway. Over the past thirty years, it has become a tradition for authors to point out that Americans “generally give scant attention to the sordid but successful adventure” 1 that transferred half of Mexico’s territory to the United States while at the same time noting that “the bitterness of the loss has not been erased from Mexican memory.”2 The cause of this divergence is generally left unstated, though readers are frequently left with the vague impressions that Mexicans have nurtured a grudge for decades and Americans have simply elected to sweep an unseemly chapter in their history under the rug.
Michael Van Wagenen has dared to venture into this room and finally asks how the elephant got there. He reviews more than 160 years of United States and Mexican history and a diversity of source materials in an effort to determine how memories of that war have evolved since 1846 and the implications of those recollections for each nation and in terms of the relations between the countries.
He reveals two very different approaches to memory. Mexico carefully crafted an official memory of the conflict, not as an expression of anger against the United States, but as part of an effort to set aside the shame of defeat and create national unity and support of the central state.    At the heart of this effort the “Niños Heroes”—six young military cadets who died in defense of their country— evolved into martyrs who “inspired pride in the indomitable Mexican spirit and forwarded …domestic and international goals” (138). By contrast, recollection of the war in the United States has always been a much more diffuse enterprise, with communities and individuals taking the lead in devising memorials and monuments to local heroes or connections. Many of the initial efforts to mark the war were swept away by the Civil War, which had a much larger and more direct impact on American lives. Many Mexican War veterans also served the Confederacy, and when the Union was restored, there was little effort to honor the men who had later turned against their country. By the twentieth century, only a few staunch descendants of the players in the grand drama of 1846-1848 continued to develop monuments and memorials, often to glorify themselves at the exclusion of others.
The author finds pitfalls in both routes to memory. In the United States, where the federal government has generally avoided the memory-making business, heritage groups and Chicano groups often find themselves at odds over interpretations of the war while the mass of population cares little at all. In Mexico, the effort to establish an official memory has been equally problematic. Efforts to wean generations of citizens on the legend of the Niños Heroes, for example, have occasionally backfired, with protesters co-opting the story to justify resistance to the government and its policies. The mythology of the Boy Heroes also occasionally conflicts with relations with the United States. In one of the more interesting themes of the book Van Wagenen describes how the Mexican government has struggled, occasionally in vain, to use the war to promote nationalist rather than anti-Yanqui sentiment. Likewise he recounts the complex dance that U.S. officials must undertake in order to respond to Mexico’s memory of the war and the complex array of memories on the home front.
The book delves into broad array of topics from U.S. town names and the Mexican national anthem in the nineteenth century to efforts to develop bi-national cooperation on documentaries and historic sites in the late twentieth century. Other topics include veteran’s pensions, Santa Anna’s captured leg, living history programs and battle reenactments, and even films about deserters and cannibalism. The reader comes away with a clear impression that the war has never been forgotten at all, but molded, misinterpreted, and distorted to serve many different ideologies and causes.
Despite this extensive coverage, the book also occasionally leaves the reader wanting more. In several instances, the author describes how certain groups recalled the war, sets forth a handful of examples, then suggests that this sentiment was shared by a much larger segment of the population. The conclusions are likely true, but because of the dearth of surveys or polls that would provide statistical support, it would be helpful to see additional citations and demonstrations that corroborate these assertions. Also absent is a discussion of formal education in the United States. While there is an interesting analysis of the ways in which Mexican authorities have utilized textbooks to portray the North American intervention and to inculcate children, there is no equivalent look at the United States. Anyone who has ever interacted with the American general public on the topic of the war with Mexico has frequently heard the lament, ‘they never taught that in school.’ Van Wagenen states with conviction that many Americans draw their limited, often-erroneous knowledge of the U.S.-

Mexican War from television programs like Davy Crockett and The Simpsons. Unfortunately he does not delve into the U.S. education system or explain why the conflict continues to receive scant attention in elementary and high school classrooms.
These omissions do not undermine the overall value of this work. The book still provides an important explanation of how two societies developed very different memories of a shared conflict. Although other readers will have differing ideas on what should have been added or left out, they will at least come away with an understanding of how the elephant entered the room and even gain some insight about where it might go from here.

1. Lester Langley, Mexamerica: Two Countries, One Future (New York: Crown Publishers, 1988), 281.

2. Jeffrey Davidow, The Bear and the Porcupine: The U.S. and Mexico (Princeton, N.J.: Markus Wiener Publishing, 2007), 14.

Douglas Murphy is Chief of Operations at Palo Alto Battlefield National Historical Park. He received his Ph.D. from the University of North Carolina at Chapel Hill. His publications on the U.S.-Mexican War include “The March to Monterrey (Tennessee) and the View From Chapultepec (Wisconsin), The Mexican War and U.S. Town Names,” Military History of the West, Fall 2010, and “Dogs of Destiny, Hounds From Hell, American Soldiers and Canines in the Mexican War,” Military History of the West, Spring 1996.  His book War Comes to the Rio Grande: The Opening Campaign of the Mexican War will be published by Texas A&M University Press in 2014.

URL: http://www.h-net.org/~diplo/essays/PDF/Murphy-Wagenen.pdf

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An Isolationist United States? If Only That Were True
Tim Reuter

Forbes, October 10, 2013

“Peace, commerce, and honest friendship with all nations, entangling alliances with none.”  Thomas Jefferson, First Inaugural Address.

This image depicts the Territorial acquisitions of the United States, such as the Thirteen Colonies, the Louisiana Purchase, British and Spanish Cession, and so on.  (Photo credit: Wikipedia)

This image depicts the Territorial acquisitions of the United States, such as the Thirteen Colonies, the Louisiana Purchase, British and Spanish Cession, and so on. (Photo credit: Wikipedia)

George Orwell once wrote that if “thought corrupts language, language can also corrupt thought.”  He derided his contemporaries for how their use and abuse of the term fascism emptied the word of any meaning.  The subsequent inability to define fascism degraded it “to the level of a swearword,” and a slur for use against anyone or anything deemed undesirable.

The same holds true for the word isolationism, and its use in American foreign policy discussions.  Proponents of American empire hurl the words isolationism and isolationist at their critics to tar them as ignoramuses and kooks.  The neoconservative movement’s scion, super hawk Bill Kristol, has dismissed, the non-interventionist and possible 2016 presidential candidate, Senator Rand Paul as a “neo-isolationist.”

Charles Krauthammer was more explicit in a Washington Post op-ed on August 1:

“The Paulites, pining for the splendid isolation of the 19th century, want to leave the world alone on the assumption that it will then leave us alone.  Which rests on the further assumption that international stability — open sea lanes, free commerce, relative tranquility — comes naturally, like the air we breathe.  If only that were true. Unfortunately, stability is not a matter of grace.  It comes about only by Great Power exertion… World order is maintained by American power and American will.  Take that away and you don’t get tranquility.  You get chaos.”

The specter of renewed intervention in the Middle East (attacking Syria) may have passed, but the slur remains.  Neoconservative intellectuals, obsessed with American military might, have stamped non-interventionists and the war weary public alike as isolationists.

But in the history of American foreign affairs, isolation has never meant a lonely existence.  Instead, it implied security.  The “splendid isolation” phrase mocked by Krauthammer comes from late Nineteenth Century British statesman who viewed Britain’s interests as distinct from continental Europe’s.  The English Channel separated British security concerns from the continent’s power politics and wars.  This geographic isolation helped demarcate differences between colonial security interests, which Britain routinely acted on, and homeland security.

Something similar was true for the United States.  German Chancellor Otto von Bismarck put the matter well: “The Americans are truly a lucky people.  They are bordered to the north and south by weak neighbors and to the east and west by fish.”  The Founding Fathers agreed.

Americans had the geographic luck of distance from Europe and its conflicts.  Out of this ability to avoid unnecessary wars that jeopardized life and liberty, came the Founders’ caution.  Before Jefferson’s aforementioned quip, George Washington stated the matter bluntly in his Farewell Address.  “It is our true policy to steer clear of permanent alliances with any portion of the foreign world.”

Such counsel contained a powerful strain of realism.  Strict neutrality was the infant nation’s best hope for survival amid international turmoil.  The global nature of the French Revolutionary and Napoleonic Wars threatened to ensnare and destroy the republic with one misstep or ill-fated alliance.  President James Madison nearly did just that in the War of 1812 when British forces burned Washington D.C.

In the republic’s harrowing early years, one should note the impossibility of isolation or having no foreign contact.  The world war meant the U.S. needed diplomatic relations and readiness for conflict.  Sometimes the two overlapped, such as when hostilities began in 1812 over the repeated impressment of American sailors into the Royal Navy.  But, the key for the Founders was to comprehend foreign threats and respond appropriately.

Prescribed aloofness from European power politics never concerned diplomacy or trade.  The Founders encouraged the latter, while the former became easier after Napoleon’s fall in 1815.  Indeed, diplomacy was critical to bolstering U.S. security.

The Louisiana Purchase of 1803 did more than add land.  It reduced the presence of France, and then Spain, in North America and secured American control of the Mississippi River.  The Adams-Onís Treaty of 1819 built off of Jefferson’s work.  It exchanged vague boundary claims in present-day Texas for Spanish Florida, and consolidated American control of land east of the Mississippi River.  Moreover, New Spain (Mexico and Central America) became independent soon thereafter.

In 1823, President James Monroe warned European nations against re-colonizing Latin America.  Such efforts would constitute a serious threat to U.S. security.  Despite America’s inability to enforce the Monroe Doctrine, and whether by design or accident, Britain tacitly approved.  Spanish re-conquest likely meant a reestablished mercantilist system.  If the Royal Navy kept prospective colonizers out, those new markets would likely stay open.  This overlap of British economic interests and American geopolitical interests benefited the United States immensely.

As Europe settled into peace, foreign crises abated and the market revolution began.  Over the succeeding years, U.S. economic growth exploded, the restraints of weakness fell away, and politicians’ desire to exercise power grew.  From 1815 to the Civil War, Americans made plenty of mischief abroad.  The U.S. declared one war (against Mexico 1846-1848), threatened another with Britain over border disputes regarding Canada out west (1845-1847), and issued ultimatums to Spain about freeing Cuba (the 1854 Ostend Manifesto).

The justification for this belligerency may sound familiar, freedom.  In July 1845, a young writer named John L. O’Sullivan published an editorial entitled “Annexation” in The United States Democratic Review.  This piece mixed freedom with foreign policy, and turned a famous phrase.  O’Sullivan opined about America’s “manifest destiny” to “overspread the continent allotted by Providence for the free development of our yearly multiplying millions.”

O’Sullivan did not mean territorial acquisition by force.  Instead, the spread of free peoples and success of free institutions would exercise a gravitational pull.  American energy and productivity would inexorably draw North America’s foreign territories into the Union.  California, then part of Mexico, was a case in point.

“Already the advance guard of the irresistible army of Anglo-Saxon emigration has begun to pour down upon it, armed with the plough and the rifle, and marking its trail with schools and colleges, courts and representative halls, mills and meeting-houses.  A population will soon be in actual occupation of California, over which it will be idle for Mexico to dream of dominion.”

Stated succinctly, freedom’s power lay internally.  Americans’ success as free people marked them as chosen by God to show the way to a better future.  Moreover, once the U.S. conquered North America, no European power would equal its strength.  O’Sullivan concluded:

“Away, then, with all idle French talk of balances of power on the American continent [emphasis in the original]… And whosoever may hold the balance, though they should cast into the opposite scale all the bayonets and cannon, not only of France and England, but of Europe entire, how would it kick the beam against the simple solid weight of two hundred and fifty, or three hundred millions-and American millions-destined to gather beneath the flutter of the stripes and stars, in the fast hastening year of the Lord 1945!”

Others shared such sentiments, including the new president.  In his first annual message to Congress in December 1845, President James Polk stated, “the expansion of free principles and our rising greatness as a nation are attracting the attention of the powers of Europe.”  That attention brought about the threat of a “ ‘balance of power’ ” system imposed “on this continent to check our advancement.”

The solution was territorial acquisition.  A trans-continental United States would, excluding British Canada, end European intrigue and mischief making in North America.  If it came at the expense of others, then so be it.  Such thinking was not confined to the younger generation.  President Andrew Jackson said of Mexico’s breakaway Texas province in 1844: it was “the key to our safety” and would “lock the door against future danger.”  Texas was duly annexed in February 1845, while the Oregon territory and California followed soon thereafter.

But ultimately, America’s exaltation of freedom did not stop with continental conquest.  It turned outward after Reconstruction and the beginning of the Industrial Revolution.  While not inevitable, the transition from Jefferson’s “empire of liberty,” to an imperial power built off early expansionist impulses.

As European nations carved up Africa, Americans watched a horror show closer to home.  In February of 1895, Cuba’s Spanish masters brutally suppressed an insurrection.  Mass arrests, concentration camps, and destruction of property continually wracked the island.  Such carnage, inflamed by mass media, attracted renewed American interest in obtaining Cuba.  However, the reasons for annexation had changed with the times.

Early interest fit into O’Sullivan’s model of gravitational pull.  As Monroe’s Secretary of State (1817-1825), John Quincy Adams labeled Puerto Rico and Cuba “natural appendages of the North American continent.”  Once free, both could “gravitate only towards the North American Union.”  His contemporaries and successors agreed: Madison tried to buy the island in 1810 and annexationists eagerly awaited its freedom in 1848 as revolution gripped Europe.  Yet, Cuba stayed Spanish real estate.

With wealth and power by the end of the Nineteenth Century, American opinions on imperialism had changed.  Given its proximity, Cuba was a logical target.  Some, such as Senator Henry Cabot Lodge of Massachusetts, appealed to security concerns.  He called Cuba a “necessity” to the defense of the Panama Canal upon its completion.  Others, namely Senator Morgan of Alabama, thought the prior generations’ wisdom was obsolete.  He unabashedly stated, “Cuba should become an American colony.”

While Cuba burned, jingoists kept agitating for colonialism on newer, and more expansive, grounds.  In April 1898, with war declared on Spain, freedom’s forceful expansion reached its supreme perversion in a speech by Senator Albert Beveridge of Indiana.  “The progress of a mighty people and their free institutions” begun at the Nineteenth Century’s start was nearing its apex.  “Fate has written our policy for us; the trade of the world must and shall be ours.”  This quest for an empire of trade wrested Cuba, Puerto Rico, Guam, and the Philippines from Spain in three months.

The turn from the past finished four years later in a faraway land.  On July 4, 1902 President Theodore Roosevelt extended pardons to all those involved in the Filipino insurrection.  This gesture came after roughly a million Filipinos died in a guerilla war against U.S. forces.  Upwards of 75,000 American soldiers suppressed the rebellion, captured Aguinaldo (the rebellion’s leader), and solidified American control over the nation’s new Pacific trade post.  All that remained was to “civilize and Christianize” the “little brown brothers.”  While it might take a while, Governor-General William Howard Taft estimated “fifty or one hundred years,” the empire would endure.

The neocons’ chest thumping about American power relies on alleged international benefits, open seas, outweighing the negatives of expense or quagmires.  They seemingly do not consider, or care about, domestic consequences; centralized power, distorted perceptions of the military’s role in protecting society, and intellectuals playing social engineers.

Some statesmen, in their humility, knew better.  Eighty-one years before Roosevelt’s pivot to imperialism, John Quincy Adams channeled his father’s generation.  On July 4, 1821, he issued as sublime a statement of U.S. foreign policy ever written.

“But she [America] goes not abroad, in search of monsters to destroy.  She is the well-wisher to the freedom and independence of all. She is the champion and vindicator only of her own… She well knows that by once enlisting under other banners than her own, were they even the banners of foreign independence, she would involve herself beyond the power of extrication, in all the wars of interest and intrigue, of individual avarice, envy, and ambition, which assume the colors and usurp the standard of freedom.  The fundamental maxims of her policy would insensibly change from liberty to force [emphasis added].”

How prophetic.  Yet, it seems the era of intervention that climaxed under President George W. Bush is at its end.  Its foundational ideas are in retreat despite the bellowing of its loudest spokesmen.   The next, and final, step for such bankrupt ideas and the isolationist slur is residence in the dustbin of history.

This article is available online at:

http://www.forbes.com/sites/timreuter/2013/10/10/an-isolationist-united-states-if-only-that-were-true/

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Originalmente publicado en La Historia Del Día:

Jorge Gómez Barata *
Altercom*

 

 

 
 

Todas las sociedades, en todas las épocas, han tenido en alta estima los méritos militares de sus hijos y muchas veces la carrera de las armas condujo a la política, más rentable y menos peligrosa. Estados Unidos, no son una excepción, necesitó guerras para conquistar territorios, riquezas, posiciones estratégicas, accesos y otros componentes geopolíticos y mantener la hegemonía. Para los imperios, la guerra no es una anomalía, sino un modo de ser.

 

Casi todos los presidentes norteamericanos, a partir de Madison, han tenido al menos una guerrita. McKinley fue el primero en provocar una y Polk lo emuló en México. Abrahán Lincoln condujo la única interna; Wilson rompió el aislacionismo al involucrarse en la primera Guerra Mundial. Roosevelt fue el que más brilló conduciendo al país durante la II Guerra Mundial. Truman protagonizó la mayor matanza sacrificando a Hiroshima, mientras…

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Gracias al gran trabajo de difusión del Reportero de la Historia, puedo compartir con mis lectores este interesante artículo escrito por Felipe Portales y publicado en Clarín. En su artículo, titulado “El negacionismo estadounidense”, Portales critica lo que él describe como la tendencia de los estadounidenses a negar “hechos evidentes de su realidad histórica”,  y que no es otra cosa que una manifestación de la idea del excepcionalismo norteamericano que hemos examinado en esta bitácora en varias ocasiones.

El negacionismo estadounidense

Felipe Portales

Clarín, 19 de agosto de 2013

El término “negacionismo” se ha acuñado para referirse a los intentos de negar la verdad histórica respecto del genocidio sufrido por el pueblo judío bajo el nazismo, el peor crimen contra la humanidad cometido en la historia. Pero en el fondo apunta a un concepto tan viejo como la misma humanidad: a la idea de que personas, grupos o naciones son muchas veces dominados por la tentación de negar hechos evidentes de su realidad histórica que vulneran gravemente la dignidad humana o la justicia o de atribuirles un significado exculpatorio, con el objeto de percibirse a sí mismos como impolutos.

Pareciera que el negacionismo adquiere un peso particularmente grave en situaciones de guerra virtual o real. Como lo afirma el dicho popular, la primera víctima de una guerra es la verdad. Pero en conexión con ello, constatamos desgraciadamente que ha predominado también el negacionismo en la generalidad de la autoconciencia nacional a lo largo de la historia, inclusive en tiempos de paz. De este modo, y partiendo por la desinformación tan común en la formación escolar de los pueblos, se va socializando la idea de que nuestra nación ha tenido siempre toda la razón en los conflictos internacionales en que se ha involucrado; de que prácticamente nunca ha hecho nada malo; y de que, en el peor de los casos, frente a hechos históricos completamente innegables y que hoy son incuestionablemente condenables, se considera que ellos fueron justificables en el contexto de la época. Y aún más, la formación escolar enfatiza también la excelencia general de la propia historia nacional en su ámbito propiamente interno. Todo esto en contradicción con la moral más elemental que postula y constata la esencial ambigüedad de la condición humana en esta tierra.

En este sentido, llama particularmente la atención el extremo a que se llega en Estados Unidos; y es muy preocupante, dada la gran hegemonía que aún tiene aquel país en el mundo.

De partida, la consideración estadounidense de que su democracia nace con su independencia no resiste análisis. ¡Cómo va a ser democracia un sistema social con esclavitud por casi un siglo! Además, fue de los últimos países occidentales en abolirla y para ello tuvo que padecer una cruenta guerra civil. Luego, durante otro siglo, Estados Unidos mantuvo una discriminación oficial y de apartheid contra los negros, que se mantuvo en ciertas instituciones nacionales y en varios Estados del sur. Recién en 1948 se terminó con ella en el Ejército y en 1954 respecto de la educación. Pero hubo que esperar hasta 1965 para que se le reconocieran a toda la población negra del país el conjunto de los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales. Es decir, solo se puede hablar de democracia en Estados Unidos –considerándolo como un sistema político basado en un sufragio universal efectivo- desde esa fecha bastante reciente. A lo anterior hay que agregar que con la complicidad o tolerancia –al menos- de muchas autoridades sureñas se mantuvo durante décadas una virtual violencia institucional contra los negros, representada principalmente por la acción del Ku Klux Klan

Otro elemento fundamental del negacionismo estadounidense lo constituyó su expansión hacia el oeste que fue justificada como un “mandato divino” (Ver Albert K. Weinberg.- Destino Manifiesto) y que incluyó el desplazamiento y exterminio de casi toda su población autóctona. Esto significó uno de los peores genocidios –si no el peor- cometidos por la humanidad durante el siglo XIX. Y en vez de haberlo reconocido posteriormente, la sociedad estadounidense se envaneció de aquel durante el siglo XX, convirtiendo por décadas la matanza de indígenas en uno de los temas “épicos” de su cinematografía; siendo solo desechado luego de su desastrosa experiencia bélica en Vietnam.

Un tercer elemento está referido a su auto-percepción de haber generado una sociedad de acuerdo a los valores cristianos del amor, cuando en realidad un ethos fundamental de su sociedad ha sido el individualismo, materialismo y consumismo que no pueden ser más antitéticos con los valores evangélicos. Dicho espíritu se ha reflejado en la conformación de una sociedad riquísima pero con una muy mala distribución de bienes, generando millones de personas que, escandalosamente, subsisten precariamente. Y, por otro lado, ha sido un país que ha agudizado las diferencias de ingreso a nivel mundial, desarrollando para ello un imperialismo y explotación económica que ha perjudicado especialmente a los pueblos latinoamericanos.

Un cuarto elemento ha sido la consideración de haber sido una nación promotora de la libertad y la democracia en el mundo, cuando uno de los elementos fundamentales y permanentes de su política exterior –especialmente respecto de América Latina- ha sido su imperialismo político. Así tenemos que se apoderó en el siglo XIX de cerca de la mitad de México; a fines del mismo siglo conquistó Puerto Rico y Filipinas, y hegemonizó Cuba; en la primera mitad del siglo invadió esporádicamente México y varios países del Caribe; luego de la segunda guerra mundial, a través de la Escuela de las Américas, deformó a la oficialidad de las Fuerzas Armadas de los países americanos en las doctrinas de la “seguridad nacional”, para que se ajustaran a sus intereses hemisféricos; para terminar en las décadas de los 60 y 70 apoyando numerosos golpes de Estado orientados por dicha doctrina.

Otro negacionismo particularmente chocante ha sido su “buena conciencia” respecto del uso de la bomba atómica en dos ocasiones contra cientos de miles de civiles inermes; sin duda el peor crimen de guerra efectuado en la historia. Y producto de ello ha seguido desarrollando de forma virtualmente demencial –y en lo que le han acompañado desgraciadamente varias otras naciones- un cada vez más apocalíptico arsenal nuclear.

Además, -y sin pretender ser exhaustivo- tenemos que en las últimas décadas la sociedad estadounidense parece creer que uno de sus objetivos fundamentales ha sido la promoción universal de los derechos humanos. Por cierto que en diversos casos lo ha hecho; pero más preponderante ha sido el apoyo brindado a dictaduras que se han subordinado a sus roles hegemónicos. Esto se ha visto especialmente en Asia, Africa y el Medio Oriente. Incluso, Estados Unidos ha llegado a invadir un país como Irak, en contra de la voluntad de Naciones Unidas. Y ha aplicado la violación del derecho internacional, la tortura y el asesinato como políticas oficiales. De este modo, ha ordenado la detención sin juicio por años de centenares de personas de diversas nacionalidades; ha aplicado “legalmente” formas de tortura como el “submarino”, el aislamiento por largos períodos de tiempo y el mantener detenidos en forma vejatoria e inhumana; y ha ordenado el asesinato de personas como fue el caso de Bin Laden.

Lo anterior se ha expresado en la región en el fomento o apoyo a las deposiciones de los presidentes de izquierda de Haití, Honduras y Paraguay; y en la sistemática hostilidad hacia gobiernos democráticos de izquierda de la región, como los de Bolivia, Ecuador y Venezuela; utilizando para ello argumentos reales o supuestos de violaciones de algunos derechos civiles y políticos. Mientras que respecto de gobiernos de derecha como los de Colombia y México, donde se viola gravemente el derecho a la vida, Estados Unidos ha mantenido una clara complacencia.

Por cierto, la sociedad estadounidense le ha aportado a la humanidad notables avances; particularmente en los ámbitos de la libertad religiosa; de la libertad académica; del desarrollo de la ciencia y tecnología para fines pacíficos; y de los modelos racionales de organización. Pero mientras continúe con sus negacionismos en temas tan relevantes como los anteriores y siga actuando sobre esas bases, no solo ensombrecerá todas sus contribuciones, sino que también estará colocando en grave peligro –particularmente por el riesgo de un conflicto nuclear- la subsistencia misma de la civilización humana.

Fuente: http://www.elclarin.cl/web/index.php?option=com_content&view=article&id=9014:el-negacionismo-estadounidense&catid=13&Itemid=12

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Revisando viejos archivos, encontré este ensayo sobre el expansionismo norteamericano que escribí hace ya varios años por encargo del Departamento de Educación del gobierno de Puerto Rico. Desafortunadamente,  el libro de ensayos del que debió formar parte nunca fue publicado. Lo comparto con mis lectores con la esperanza  que les sea interesante o útil.  

 La expansión territorial es una de las características más importantes del desarrollo histórico de los Estados Unidos. En sus primeros cien años de vida la nación norteamericana experimentó un impresionante crecimiento territorial. Las trece colonias originales se expandieron  hasta convertirse en  un país atrapado por dos océanos. Como veremos, este fue un proceso complejo que se dio a través de la anexión, compra y conquista de nuevos territorios

Es necesario aclarar que la expansión territorial norteamericana fue algo más que un simple proceso de crecimiento territorial, pues estuvo asociada a elementos de tipo cultural, político, ideológico, racial y estratégico. El expansionismo es un elemento vital en la historia de los Estados Unidos, presente desde el mismo momento de la fundación de las primeras colonias británicas en Norte América. Éste fue considerado un elemento esencial en los primeros cien años de historia de los Estados Unidos como nación independiente, ya que se veía no sólo como algo económica y geopolíticamente necesario, sino también como una expresión de  la esencia nacional norteamericana.

No debemos olvidar que la  fundación de las trece colonias que dieron vida a los Estados Unidos formó parte de un proceso histórico más amplio: la expansión europea  de los siglos XVI y XVII. Durante ese periodo las principales naciones de Europa occidental se lanzaron a explorar y conquistar  dando forma a vastos imperios en Asia y América. Una de esas naciones fue Inglaterra, metrópoli de las trece colonias norteamericanas. Es por ello que el expansionismo norteamericano puede ser considerado, hasta cierta forma, una extensión del imperialismo inglés.

Los Estados Unidos  experimentaron dos tipos de expansión en su historia: la continental y la extra-continental. La primera es la expansión territorial contigua, es decir, en territorios adyacentes  a los Estados Unidos.  Ésta fue  vista como algo natural y justificado pues se ocupaba terreno  que se consideraba “vacío” o habitado por pueblos “inferiores”. La llamada expansión extra-continental se dio a finales del siglo XIX y llevó a los norteamericanos a trascender los límites del continente americano para adquirir territorios alejados de los Estados Unidos (Hawai, Guam y Filipinas). Ésta  provocó una fuerte oposición y un intenso debate en torno a la naturaleza misma de la nación norteamericana, pues muchos le consideraron contraria a la tradición y las instituciones políticas de los Estados Unidos.

 El Tratado de París de 1783

El primer crecimiento territorial de los Estados Unidos se dio en el mismo momento de alcanzar su independencia. En 1783, norteamericanos y británicos llegaron a acuerdo por el cual Gran Bretaña reconoció la independencia de las  trece colonias y se fijaron los límites geográficos de la nueva nación. En el Tratado de París las fronteras de la joven república fueron definidas de la siguiente forma: al norte los Grandes Lagos, al oeste el Río Misisipí y al sur el paralelo 31. Con ello la joven república duplicó su territorio.

Los territorios adquiridos en 1783 fueron objeto de polémica,  pues surgió la pregunta de qué hacer con ellos. La solución a este problema fue la creación de las Ordenanzas del Noroeste (Northwest Ordinance, 1787). Con ésta ley se creó un sistema de territorios en preparación para convertirse en estados. Los nuevos estados entrarían a la unión norteamericana en igualdad de condiciones y derechos que los trece originales. De esta forma los líderes norteamericanos rechazaron el colonialismo y crearon un mecanismo para la incorporación política de nuevos territorios. Las Ordenanzas del Noroeste sentaron un precedente histórico que no sería roto hasta 1898: todos los territorios adquiridos por los Estados Unidos en su expansión continental serían incorporados como estados de la Unión cuando éstos cumpliesen los requisitos definidos para ello.

La compra de Luisiana

La república estadounidense nace en medio de un periodo muy convulso de la historia de la Humanidad: el periodo de las Revoluciones Atlánticas. Entre 1789 y 1824, el mundo atlántico vivió un etapa de gran violencia e inestabilidad política producida por el estallido de varias revoluciones socio-políticas (Revolución Francesa, Guerras napoleónicas, Revolución Haitiana, Guerras de independencia en Hispanoamérica). Estas revoluciones tuvieron un impacto severo en las relaciones exteriores de los Estados Unidos y en su proceso de expansión territorial.

Para el año 1801 Europa disfrutaba de un raro periodo de paz. Aprovechando esta situación   Napoleón Bonaparte obligó a España a cederle a Francia el territorio de Luisiana. Con ello el emperador francés buscaba crear un imperio americano usando como base la colonia francesa de Saint Domingue (Haití). Luisiana era una amplia extensión de tierra al oeste de los Estados Unidos en donde se encuentran ríos muy importantes para la transportación.

Esta transacción preocupó profundamente a los funcionarios del gobierno norteamericano por varias razones. Primero, ésta ponía en peligro del acceso norteamericano al río Misisipí y al puerto y la ciudad de Nueva Orleáns, amenazando así la salida al Golfo de México, y con ello al comercio del oeste norteamericano. Segundo, el control francés de Luisiana cortaba las posibilidades de expansión al Oeste. Tercero, la presencia de una potencia europea agresiva y poderosa como vecino de los Estados Unidos no era un escenario que agradaba al liderato estadounidense. En otras palabras, la adquisición de Luisiana por Napoleón amenazaba las posibilidades de expansión territorial y representaba una seria amenaza a la economía y la seguridad nacional de los Estados Unidos. Por ello no nos debe sorprender que algunos sectores políticos norteamericanos propusieran una guerra para evitar el control napoleónico sobre Luisiana. A pesar de la seriedad de este asunto, el liderato norteamericano optó por una solución diplomática. El presidente Thomas Jefferson ordenó al embajador norteamericano en Francia, Robert Livingston, comprarle Nueva Orleáns a Napoleón. Para sorpresa de Livingston, Napoleón aceptó vender toda la Luisiana porque el reinició de la guerra en Europa y el fracaso francés en Haití frenaron sus sueños de un imperio americano. En 1803, se llegó a un acuerdo por el cual los Estados Unidos adquirieron Luisiana por $15,000,000, lo que constituyó uno de los mejores negocios de bienes raíces de la historia.

La compra de Luisiana representó un problema moral y político para el Presidente Jefferson, pues éste era un defensor de una interpretación estricta de la constitución estadounidense. Jefferson pensaba que la constitución no autorizaba la adquisición de territorios, por lo que la compra de Luisiana podía ser inconstitucional. A pesar de sus reservas constitucionales, el presidente adoptó una posición pragmática y apoyó la compra de Luisiana. Para entender porque Jefferson hizo esto es necesario enfocar su visión de la política exterior y del expansionismo norteamericano. Jefferson era el más claro y ferviente defensor del expansionismo entre los fundadores de la nación norteamericana. Éste tenía un proyecto expansionista muy ambicioso que pretendía lograr de forma pacífica.  Según él, los Estados Unidos tenían el deber de ser ejemplo para los pueblos oprimidos expandiendo la libertad por el mundo. De esta forma Jefferson se convirtió en uno de los creadores de la idea de que los Estados Unidos eran una nación predestinada a guiar al mundo a una nueva era por medio del abandono de la razón de estado y la aplicación de las convicciones morales a la política exterior. Esta idea de Jefferson estaba asociada a la distinción entre  republicanismo y monarquía. Las monarquías respondían a los intereses de los reyes y las repúblicas como los Estados Unidos a los intereses del pueblo, por ende, las repúblicas eran pacíficas y las monarquías no. Jefferson rechazaba la idea de que las repúblicas debían de permanecer pequeñas para sobrevivir. Éste creía posible la expansión pacífica de los Estados Unidos, es decir, la transformación de la nación norteamericana en un imperio sin sacrificar la libertad y el republicanismo democrático.

Territorio adquirido en la compra de Luisiana

Para Jefferson, conservar el carácter agrario del país era imprescindible para salvaguardar la naturaleza republicana de los Estados Unidos, pues era necesario que el país continuara siendo una sociedad de ciudadanos libres e independientes. Sólo a través de la expansión se podía garantizar la abundancia de tierra y, por ende, la subsistencia de las instituciones republicanas norteamericanas. Al apoyar la compra de Luisiana, Jefferson superó sus escrúpulos con relación a la interpretación de la constitución para garantizar su principal razón de estado: la expansión.

La era de los buenos sentimientos

Años de controversias relacionadas a los derechos comerciales de los Estados Unidos culminaron en 1812 con el estallido de una guerra contra Gran Bretaña. El fin de la llamada Guerra de 1812 trajo consigo un periodo de estabilidad y consenso nacional conocido como la  Era de los buenos sentimientos. Sin embargo,  a nivel internacional la situación de los Estados Unidos era todavía complicada, pues era necesario resolver dos asuntos muy importantes: mejorar las relaciones con Gran Bretaña y definir la frontera sur. La solución de ambos asuntos estuvo relacionada con la expansión territorial.

Mejorar las relaciones con Gran Bretañas tras dos guerras resultó ser una tarea delicada que fue facilitada por realidades económicas: Gran Bretaña era el principal mercado de los Estados Unidos.En 1818, los británicos y norteamericanos resolvieron algunos de sus problemas a través de la negociación. Los reclamos anglo-norteamericanos sobre el territorio de  Oregon era  uno de ellos. Los británicos tenían una antigua relación  con la región gracias a sus intereses en el comercio de pieles en la costa noroeste del  Pacífico.  Por su parte, los norteamericanos basaban sus reclamos en los viajes del Capitán Robert Gray (1792) y en famosa la expedición de Lewis y Clark  (1804-1806). En 1818, los Estados Unidos y Gran Bretaña acordaron una ocupación conjunta de Oregon.  De acuerdo a ésta, el territorio permanecería abierto por un periodo de diez años.

Una vez resuelto los problemas con Gran Bretaña los norteamericanos se enfocaron en las disputas con España con relación a Florida. El interés norteamericano en la Florida era viejo y basado en necesidades estratégicas: evitar que Florida cayera en manos de una potencia europea. En 1819, España y los Estados Unidos firmaron el Tratado Adams-Onís por el que Florida pasó a ser un territorio norteamericano a cambio de que los Estados Unidos pagaran los reclamos de los residentes de la península hasta un total de $5 millones. La adquisición de Florida también puso fin a los temores de los norteamericanos de un posible ataque por su frontera sur.

La Doctrina Monroe

El fin de la era de las revoluciones atlánticas a principios de la década de 1820 generó nuevas preocupaciones en los  Estados Unidos. Los líderes estadounidenses vieron con recelo los acontecimientos en Europa, donde las fuerzas más conservadoras controlaban las principales reinos e imperaba un ambiente represivo y extremadamente reaccionario.  El principal temor  de los norteamericanos era la posibilidad da una intervención europea para reestablecer el control español en sus excolonias americanas. A los británicos también les preocupaba tal contingencia  y tantearon la posibilidad de una alianza con los Estados Unidos. La propuesta británica provocó un gran debate entre los miembros de la administración del presidente James Monroe. El Secretario de Estado John Quincy Adams  desconfiaba de los británicos y temía que cualquier compromiso con éstos pudiese limitar las posibilidades de expansión norteamericana. Adams temía la posibilidad de una intervención europea en América, pero estaba seguro que  de darse  tal intervención Gran Bretaña se opondría de todas maneras para defender sus intereses, sobre todo, comerciales. Por ello concluía que los Estados Unidos no sacarían ningún beneficio aliándose con Gran Bretaña. Para él, la mejor opción para los Estados Unidos era mantenerse actuando solos.

Los argumentos de Adams influyeron la posición del presidente Monroe quien rechazó la alianza con los británicos. El 2 de diciembre de 1823, Monroe leyó un importante mensaje ante el Congreso. Parte del  contenido de este mensaje pasaría a ser conocido como la Doctrina Monroe. En su mensaje, Monroe enfatizó la singularidad (“uniqueness”) de los Estados Unidos y definió el llamado principio de la “noncolonization,” es decir, el rechazo norteamericano a la colonización, recolonización y/o transferencia de territorios americanos. Además, Adams estableció una política de exclusión de Europa de los asuntos americanos y definió  así las ideas principales de la Doctrina Monroe. Las palabras de Monroe constituyeron una declaración formal de que los Estados Unidos pretendían convertirse en el poder dominante en el hemisferio occidental.

Es necesario aclarar que la Doctrina Monroe fue una fanfarronada porque en 1823 los Estados Unidos no tenían el  poderío para hacerla cumplir. Sin embargo, esta doctrina será una de las piedras angulares de la política exterior norteamericana en América Latina hasta finales del siglo XX y una de las bases ideológicas del expansionismo norteamericano.

El Destino Manifiesto

John L. O’Sullivan

En 1839, el periodista norteamericano John L. O’Sullivan escribió un artículo periodístico justificando la expansión territorial de los Estados Unidos. Según O’Sullivan, los Estados Unidos eran un pueblo  escogido por Dios y destinado a expandirse a lo largo de América del Norte. Para O’Sullivan, la expansión no era una opción para los norteamericanos, sino un destino que éstos no podían renunciar ni evitar porque estarían rechazando la voluntad de Dios. O’Sullivan también creía que los norteamericanos tenían una misión que cumplir: extender la libertad y la democracia, y ayudar a las razas inferiores.  Las ideas de O’Sullivan no eran nuevas, pero llegaron en un momento de gran agitación nacionalista y expansionista en la historia de los Estados Unidos.  Éstas fueron adaptadas bajo una frase que el propio O’Sullivan acuñó, el destino manifiesto, y se convirtieron en la justificación básica del expansionismo norteamericano.

La idea del destino manifiesto estaba enraizada en la visión de los Estados Unidos como una nación excepcional destinada a civilizar a los pueblos atrasados y expandir la libertad por el mundo. Es decir, en una visión mesiánica y mística que veía en la expansión norteamericana la expresión de la voluntad de Dios. Ésta estaba también basada en un concepto claramente racista que dividía a los seres humanos en razas superiores e inferiores. De ahí que se pensara que era deber de las razas superiores “ayudar” a las inferiores. Como miembros de una “raza superior”, la anglosajona, los norteamericanos debían cumplir con su deber y misión.

La anexión de Oregon

Como sabemos, en 1819, los Estados Unidos y Gran Bretaña acordaron ocupar de forma conjunta el territorio de Oregon. Ambos países reclamaban ese territorio como suyo y al no poder ponerse de acuerdo optaron por compartirlo.  Por los próximos veinte cinco años, miles de colonos norteamericanos emigraron y se establecieron en Oregon estimulados por el gobierno de los Estados Unidos.

Las elecciones presidenciales de 1844 estuvieron dominadas por el tema de la expansión. La candidatura de James K. Polk por los demócratas estuvo basada en la propuesta de “recuperar” Oregon y anexar Texas. Polk era un expansionista realista que presionó a los británicos dando la impresión de ser intransigente y estar dispuesto a una guerra, pero que en el momento apropiado fue capaz de negociar. En 1846, el Presidente Polk solicitó la retirada británica del territorio de Oregon aprovechando que complicada por problemas en su imperio, Gran Bretaña no estaba en condiciones para resistir tal pedido.  Tras una negociación se acordó establecer la frontera en el paralelo 49 y todo el territorio al sur de esa  frontera pasó a ser parte de los Estados Unidos.

American Progress, John Gast , 1872

Texas

En 1821, un ciudadano norteamericano llamado Moses Austin fue autorizado por el gobierno mexicano a establecer 300 familias estadounidenses en Texas, que para esa época era un territorio mexicano. La llegada de Austin y su grupo de emigrantes marcó el origen de una colonia norteamericana en Texas. El número de norteamericanos residentes en Texas creció considerablemente  hasta alcanzar un total de 20,000 en el año 1830. Las relaciones con el gobierno de México se afectaron negativamente cuando los mexicanos, preocupados por el gran número de norteamericanos residentes en Texas, buscaron reestablecer el control político del territorio. Para ello los mexicanos recurrieron a frenar la emigración de ciudadanos estadounidenses y a limitar el gobierno propio que disfrutaban los texanos (norteamericanos residentes en Texas). Todo ello llevó a los texanos a tomar acciones drásticas. En 1836, éstos se rebelaron contra el gobierno mexicano buscando su independencia.  Tras una derrota inicial en la Batalla del Álamo, los texanos derrotaron a los mexicanos en la Batalla de San Jacinto y con ello lograron su independencia.

Después de derrotar a los mexicanos y declararse independientes, los texanos solicitaron se admitiera a Texas como un estado de la unión norteamericana. Este pedido provocó un gran debate en los Estados Unidos, pues no todos los norteamericanos estaban contentos con la idea de que Texas, un territorio esclavista, se convirtiera en un estado de la unión. Los sureños eran los principales defensores de la concesión de la estadidad a Texas, pues sabían que con ello aumentaría la representación de los estados esclavistas en el Congreso (la asamblea legislativa estadounidense). Los norteños se  oponían a la concesión de la estadidad a Texas porque no quería fortalecer políticamente a la esclavitud dando vida a un nuevo estado esclavista. Además, algunos norteamericanos estaban temerosos de la posibilidad de un guerra innecesaria con México por causa de Texas, pues creían que el gobierno mexicano no toleraría que los Estados Unidos anexaran su antiguo territorio.

El tema de Texas sacó a flote las complejidades y contradicciones de la expansión norteamericana. La expansión podría traer consigo la semilla de la libertad como alegaban algunos, pero también de la esclavitud y la autodestrucción nacional. Cada nuevo territorio sacaba a relucir la pregunta sobre el futuro de la esclavitud en los Estados Unidos y esto provocaba intensos debates e inclusive la amenaza de la secesión de los estados sureños.

La guerra con México

La elección de Polk como presidente de los Estados Unidos aceleró el proceso de estadidad para Texas. Éste era un ferviente creyente de la idea del destino manifiesto y de la expansión territorial. Durante su campaña presidencial, Polk se comprometió con la anexión de Texas. En 1845, Texas fue no sólo anexada, sino también incorporada como un estado de la Unión. Ello obedeció a tres razones: la necesidad de asegurar la frontera sur, evitar intervenciones extranjeras en Texas y el peligro de una movida texana a favor de Gran Bretaña. Como habían planteado los opositores a la concesión de la estadidad a Texas, México no aceptó la anexión de Texas y  rompió sus relaciones diplomáticas con los Estados Unidos. Con la anexión de Texas, los Estados Unidos hicieron suyos los problemas fronterizos que existían entre los texanos y el gobierno de México, lo que eventualmente provocó una guerra con ese país. La superioridad militar de los norteamericanos sobre los mexicanos fue total. Las tropas estadounidenses llegaron inclusive a ocupar la ciudad capital del México.

Las fáciles victorias norteamericanos desataron un gran nacionalismo en los Estados Unidos y llevaron a algunos norteamericanos a favorecer la anexión de todo el territorio mexicano. Los sureños se opusieron a la posible anexión de todo México por razones raciales, pues consideraban a los mexicanos racialmente incapaces de incorporarse a los Estados Unidos.  Algunos estados del norte, bajo la influencia de un fuerte sentimiento expansionista, favorecieron la anexión de todo México. Tras grandes debates sólo fue anexado una parte del territorio mexicano.

Territorio arrebatado a México en 1848

En el Tratado de Guadalupe Hidalgo (1848)  que puso fin a la guerra, los Estados Unidos duplicaron su territorio al adquirir los actuales estados de California, Nuevo México, Arizona, Utah, y Nevada; México perdió la mitad de su territorio; México reconoció la anexión de Texas y los Estados Unidos acordaron pagarle  a México una indemnización de  $15 millones. Con ello los Estados Unidos lograron expandirse del océano Atlántico hasta el océano Pacífico. La guerra aumentó del poder de los Estados Unidos, fortaleció la seguridad del país y se abrió posibilidades de comercio con Asia a través de los puertos californianos. Sin embargo, la expansión alcanzada también expuso las debilidades domésticas de los Estados Unidos, exacerbando el  debate en torno a la esclavitud en los nuevos territorios, lo que endureció el problema del seccionalismo y llevó a la guerra civil. La victoria sobre México también promovió la expansión en territorios en poder de los amerindios norteamericanos lo que desembocó en  las llamadas guerras indias y en la reubicación forzosa de miles de nativos americanos.

Expansionismo y esclavitud

La década de 1850 estuvo caracterizada por un profundo debate en torno al futuro de la esclavitud en los Estados Unidos. Los estados sureños vieron en la expansión territorial un mecanismo para fortalecer la esclavitud incorporando territorios esclavistas a la unión norteamericana. Con ello pretendían alterar el balance político de la nación a su favor creando una mayoría de estados esclavistas. Es necesario señalar que los esfuerzos de los estados sureños fueran bloqueados por el  Norte que se oponía  a la expansión de la esclavitud.

El principal objetivo de los expansionistas en este periodo fue la isla de Cuba por ser ésta una colonia esclavista de gran importancia económica y estratégica para los Estados Unidos. En 1854, los norteamericanos trataron, sin éxito, de comprarle Cuba a España por $130 millones de dólares. Los Estados Unidos tendrían que esperar más de cuarenta años para  conseguir por las armas lo que no lograron por la diplomacia.

La compra de Alaska

William H. Seward

En el periodo posterior a la guerra civil la política exterior norteamericana estuvo desorientada, lo que frenó el renacer de las ansias expansionistas. El resurgir del expansionismo estuvo asociado a la figura del Secretario de Estado William H. Seward (1801-1872). Seward era un ferviente expansionista que tenía interés en la creación de un imperio norteamericano que incluyera  Canadá, América Latina y Asia. Los planes imperialistas de Seward no pudieron concretarse y éste tuvo que conformarse con la adquisición de Alaska.

Alaska había sido explorada a lo largo de los siglos XVII y XVIII por británicos, franceses, españoles y rusos. Sin embargo, fueron estos últimos quienes iniciaron la colonización del territorio. En 1867, los Estados Unidos y Rusia entraron en conversaciones con relación al futuro de Alaska. Ambos países tenían interés en la compra-venta de Alaska por diferentes razones. Para Seward, la compra de Alaska era necesaria para garantizar la seguridad del noroeste norteamericano y expandir el comercio con Asia. Por sus parte, los rusos necesitaban dinero, Alaska era un carga económica y la colonización del territorio había sido muy difícil. Además, el costo de la defensa de Alaska era prohibitivo para Rusia. En marzo de 1867 se llegó a un acuerdo de compra-venta por $7.2 millones.

El problema de Seward no fue comprar Alaska, sino convencer a los norteamericanos de la necesidad de ello. La compra enfrentó fuerte oposición, pues se consideraba que Alaska era un territorio inservible. De ahí que se le describiera con frases como  “Seward´s Folly,” Seward´s Icebox,” o “Polar Bear Garden.” Tras mucho debate, la compra fue eventualmente aceptada y aprobada por el Congreso. Lo que en su momento pareció una locura resultó ser un gran negocio para los Estados Unidos, pues hoy en día Alaska produce el 25% del petróleo de los Estados Unidos y posee el 30% de las reservas de petróleo estadounidenses.

Hawai

Para comienzos de la década de 1840, Hawai se había convertido en una de las paradas más importantes para los barcos norteamericanos en un ruta a China. Esto generó el interés de ciertos sectores de la sociedad norteamericana.  Los primeros norteamericanos en establecerse en las islas fueron comerciantes y misioneros.  A éstos le siguieron inversionistas interesados en la producción de azúcar. Antes de 1890 el principal objetivo norteameamericano no era la anexión de Hawai, sino prevenir que otra potencia controlara el archipiélago. La actitud norteamericana hacia Hawai cambió gracias a la labor misionera, la creciente importancia de la producción azucarera como consecuencia de la reciprocidad comercial con los Estados Unidos y la importancia estratégica de las islas. El crecimiento de la población no hawaiana (norteamericanos, japoneses y chinos)  despertó la preocupación de los locales, quienes se sentían invadidos y temerosos de perder el control de su país ante la creciente influencia de los extranjeros.  La muerte en 1891  del rey Kalākaua y el ascenso al trono de  su hermana Liliuokalani provocó una fuerte reacción de parte de la comunidad norteamericana en la islas, pues la reina era una líder nacionalista que quería reafirmar la soberanía hawaiana. Los azucareros y misioneros norteamericanos la destronan en 1893 y solicitaron la anexión a los Estados Unidos. Contrario a los esperado por los norteamericanos residentes en Hawai, la estadidad no les fue concedida. Además, el Presidente Grover Cleveland encargó a James Blount investigar lo ocurrido en Hawai.  Blount viajó  a las islas y redactó un informa muy criticó de las acciones de los norteamericanos en Hawai, concluyendo que a mayoría de los hawaianos favorecían a la monarquía. Cleveland era un anti-imperialista convencido por lo que el informe de Blount lo colocó en un gran dilema: ¿restaurar por la fuerza a la reina o anexar Hawai?  Lo controversial de ambas posibles acciones llevó a Cleveland a no hacer nada.

Liliuokalani, última reina de Hawaii

Ante la imposibilidad de la estadidad, los norteamericanos en Hawai optaron por organizar un gobierno republicano. El estallido de la Guerra hispano-cubano-norteamericana en 1898 abrió las puertas a la anexión de  Hawai. Noventa  y cinco  años más tarde el Presidente William J. Clinton firmó una  disculpa oficial por el derrocamiento de la reina Liliuokalani.

La expansión extra-continental

Como hemos visto, a lo largo del siglo XIX los norteamericanos se expandieron ocupando territorios contiguos como Luisiana,  Texas y California. Sin embargo, para finales del siglo XIX la expansión territorial norteamericana entró en una nueva etapa caracterizada por la adquisición de territorios ubicados fuera  de los límites geográficos de América del Norte. La    adquisición  de Puerto Rico, Filipinas, Guam y Hawai dotó a los Estados Unidos de un imperio insular.

La expansión de finales del siglo XIX difería del expansionismo de años anteriores por varias razones. Primero, los  territorios adquiridos no sólo no eran contiguos, sino que algunos de ellos estaban ubicados muy lejos de los Estados Unidos. Segundo, estos territorios tenían una gran concentración poblacional. Por ejemplo, a la llegada de los norteamericanos a Puerto Rico la isla tenía casi un millón de habitantes. Tercero, los territorios estaban habitados por pueblos no blancos con culturas, idiomas y religiones muy diferentes a los Estados Unidos. En las Filipinas los norteamericanos encontraron católicos, musulmanes y cazadores de cabezas. Cuarto, los territorios estaban ubicados en zonas peligrosas o estratégicamente complicadas. Las Filipinas estaban rodeadas de colonias europeas y demasiado cerca de una potencia emergente y agresiva: Japón. Quinto, algunos de esos territorios resistieron violentamente la dominación norteamericana. Los filipinos no aceptaron pacíficamente el dominio norteamericano y se rebelaron. Pacificar las Filipinas les costó a los norteamericanos miles de vidas y millones de dólares. Sexto, contrario a lo que había sido la tradición norteamericana, los nuevos territorios no fueron incorporados, sino que fueron convertidos en colonias de los Estados Unidos. Todos estos factores explican porque algunos historiadores ven en las acciones norteamericanas de finales del siglo XIX un rompimiento con el pasado expansionistas de los Estados Unidos. Sin embargo, para otros historiadores –incluyendo quien escribe– la expansión de 1898 fue un episodio más de un proceso crecimiento imperialista iniciado a fines del siglo XVIII.

Para explicar la  expansión extra-continental se han usado varios argumentos. Algunos historiadores  han alegado que los norteamericanos se expandieron más allá de sus fronteras geográficas por causas económicas. Según éstos, el desarrollo industrial que vivió el país en las últimas décadas del siglo XIX hizo que los norteamericanos fabricaran más productos de los que podían consumir. Esto provocó excedentes que generaron serios problemas económicos como el desempleo, la inflación, etc. Para superar estos problemas los norteamericanos salieron a buscar nuevos mercados donde vender sus productos y fuentes de materias primas. Esa búsqueda provocó la adquisición de colonias y la expansión extra-continental.

Otros historiadores han favorecidos explicaciones de tipo ideológico. Según éstos, la idea de que la expansión era el destino de los Estados Unidos jugó, junto al sentido de misión, un papel destacado en el expansionismo norteamericanos de finales del siglo XIX. Los norteamericanos tenían un destino que cumplir y nada ni nadie podía detenerlos porque era la expresión de la voluntad divina.

La religión y la raza también ha jugado un papel importante en la explicación de las acciones imperialistas de los Estados Unidos. Según algunos historiadores, los norteamericanos fueron empujados por el afán misionero, es decir, por la idea de que la expansión del cristianismo era la voluntad de Dios. En otras palabras, para muchos norteamericanos la expansión era necesaria para llevar con ella la palabra de Dios a pueblos no cristianos.  Como miembros de una raza superior –la anglosajona– los estadounidenses debían cumplir un papel civilizador entre las razas inferiores y para ello era necesaria la expansión extra-continental.

Alfred T. Mahan

Los factores militares y estratégicos también han jugado un papel de importancia en la explicación del comportamiento imperialista de los norteamericanos. Según algunos historiadores, la necesidad de bases navales para la creciente marina de guerra de los Estados Unidos fue otra causa del expansionismo extra-continental. Éstos apuntan a la figura del Capitán Alfred T. Mahan como una fuerza influyente en el desarrollo del expansionismo extra-continental . En 1890, Mahan publicó un libro titulado The Influence of Sea Power upon History que influyó considerablemente a toda una generación de líderes norteamericanos. En su libro Mahan proponía la construcción de una marina de guerra poderosa que fuera capaz de promover y defender los intereses estratégicos y comerciales de los Estados Unidos. Según Mahan, el crecimiento de la Marina debía estar acompañado de la adquisición de colonias para la construcción de bases navales y carboneras.

Una de las explicaciones más novedosas del porque del expansionismo imperialista recurre al género. Según la historiadora norteamericana Kristin Hoganson, el impulso imperialista era una manifestación de la crisis de  la masculinidad norteamericana amenazada por el sufragismo femenino y las nuevas actitudes y posiciones femeninas. En otras palabras, algunos norteamericanos como Teodoro Roosevelt defendieron y promovieron el imperialismo como un mecanismo para reafirmar el dominio masculino sobre la sociedad norteamericana.

La expansión norteamericana de finales del siglo XIX fue un proceso muy complejo y, por ende, difícil de explicar con una sola causa. En otras palabras, es necesario prestar atención a todas las posibles explicaciones del imperialismo norteamericano para poder entenderle.

La Guerra hispano-cubano-norteamericana

En 1898, los Estados Unidos y España pelearon una corta, pero muy importante guerra. La principal causa de la llamada guerra hispanoamericana fue la isla de Cuba. Para finales del siglo XIX, el otrora poderoso imperio español estaba compuesto por las Filipinas, Cuba y Puerto Rico. De éstas la más importante era, sin lugar a dudas, Cuba porque esta isla era la principal productora de azúcar del mundo. La riqueza de Cuba era fundamental para el gobierno español, de ahí que los españoles mantuvieron un estricto control sobre la isla. Sin embargo, este control no pudo evitar el desarrollo de un fuerte sentimiento nacionalista entre los cubanos. Hartos del colonialismo español, en 1895 los cubanos se rebelaron provocando una sangrienta guerra de independencia.  Al comienzo de este conflicto el gobierno norteamericano buscó mantenerse neutral, pero el interés histórico en la isla, el desarrollo de la guerra, las inversiones norteamericanas en la isla (unos $50 millones) y la cercanía de Cuba (a sólo 90 millas de la Florida) hicieron imposible que los norteamericanos no intervinieran buscando acabar con la guerra. La situación se agravó cuando el 15 de febrero de 1898 un barco de guerra norteamericano, el USS Maine, anclado en la bahía de la Habana, explotó  matando a 266 marinos. La destrucción del Maine  generó un gran sentimiento anti-español en los Estados Unidos que obligó al gobierno norteamericano a declararle la guerra a España.

El Maine hundido en la bahía de la Habana

La guerra fue una conflicto corto que los Estados Unidos ganaron con mucha facilidad gracias a su enorme superioridad militar y económica. En el Tratado de París que puso fin a la guerra hispanoamericana, España renunció a Cuba, le cedió Puerto Rico a los norteamericanos como compensación por el costo de la guerra y entregó las Filipinas a los Estados Unidos a cambio $20,000,000. A pesar de lo corto de su duración, esta guerra tuvo consecuencias muy importantes. Primero, la guerra marcó la transformación de los Estados Unidos en una potencia mundial. El poderío que demostraron los norteamericanos al derrotar fácilmente a España dio a entender al resto del mundo que la nación norteamericana se había convertido en un país poderoso al que había que tomar en cuenta y respetar. Segundo, gracias a la guerra los Estados Unidos se convirtieron en una nación con colonias en Asia y el Caribe lo que cambió su situación geopolítica y estratégica. Tercero, la guerra cambió la historia de varios países: España se vio debilitada y en medio de una crisis; Cuba ganó su independencia, pero permaneció bajo la influencia y el control indirecto de los Estados Unidos; las Filipinas no sólo vieron desaparecer la oportunidad de independencia, sino que también fueron controladas por los norteamericanos por medio de una controversial guerra; Puerto Rico pasó a ser una colonia de los Estados Unidos.

Con la expansión extra-continental de finales del siglo XIX se cerró la expansión territorial de los Estados Unidos, pero no su crecimiento imperialista ni su transformación en la potencia dominante del siglo XX.

            Norberto Barreto Velázquez, PhD

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Llega a mis manos otra aportación de la Cátedra de Historia de los Estados Unidos de Universidad de Buenos Aires (UBA) al estudio de la historia estadounidense. En esta ocasión se trata de un pequeño, pero muy especial  libro:  Hollywood, ideología y consenso en la historia de Estados Unidos (Ituzaingó, Provincia de Buenos Aires: Editorial Maipue, 2010). Editado por el Dr. Fabio Nigra, Hollywood, ideología y consenso es el producto de un proyecto de investigación titulado “Hollywood como historiador. La fórmula norteamericana para generar consenso  de a  través del cine” (7) en el que participaron investigadores relacionados, directa e indirectamente, con la Cátedra de  Historia de Estados Unidos de la UBA.

En la introducción de esta obra se nos informa que el objetivo de este proyecto era examinar películas relacionadas con la historia norteamericana, producidas por los grandes estudios de Hollywood para determinar su papel ideológico-cultural. De ahí que los ensayos que componen este libro partan de dos hipótesis comunes: primero, que los filmes examinados por los investigadores no tienen sólo una finalidad comercial, sino que también “transmiten un mensaje de fuerte impronta ideológica”; (7) segundo, que todas las películas analizadas  buscan construir o generar consenso a nivel doméstico en los Estados Unidos, para luego expórtale al exterior.

Los ensayos que componen esta obra –y el proyecto de investigación del que son resultado–  se colocan dentro de la corriente historiográfica  de la Historia contextual del cine. Esta corriente, asociada a figuras como Marc Ferro, Robert Rosenstone y Pierre Sorlin, plantea el uso de cine como herramienta para estudiar la historia. En otras palabras, las películas no sólo reflejan el pasado, sino que también pueden hablar sobre el pasado.  De acuerdo a los creadores de esta colección de ensayos,

 […] la Historia expresada a través del cine puede ser leída como un discurso que posee sus particularidades, pero también sostenemos que gracias a la fuerza de la imagen,  el género cinematográfico logra producir un registro profundo en el espectador. (8)

 Los filmes no son obras inocentes, sino productos culturales y discursivos que, por su influencia e impacto sobre el espectador, pueden ser usadas como herramientas ideológicas y políticas.

Los autores se concentran en el impacto de Hollywood en la creación de consensos en la sociedad norteamericana. Según éstos, el cine “logra, de alguna forma, altos niveles  de consenso en las particularidades ideológicas del mensaje que se encuentra detrás de la historia narrada en su capa más superficial.” (8) Lo que no se deja claro en esta introducción es por qué era necesaria la construcción del  consenso que tanto enfatiza. No se nos dice si jugaba un papel de cohesión nacional o de justificación de las acciones internacionales de Estados Unidos en el siglo XX. Preguntas que espero sean contestadas por los trabajos que componen esta libro.

Hollywood, ideología y consenso está compuesto por ocho ensayos. Los dos primeros son de la autoría del editor del libro, el Dr. Nigra, y en ellos se atiende los elementos teóricos que dan base a los demás ensayos que contiene el libro. El tercer ensayo, de Gilda Bevilacqua, trabaja el tema racial durante la guerra de civil estadounidense a través de examen de la película de Martin Scorsese Gangas de Nueva York (2002).  En el cuarto ensayo, Mariana Piccinelli enfoca el  Destino Manifiesto en el film El Álamo (2004). La película sobre el líder obrero Jimmy Hoffa dirigida por Danny DeVito  y protagonizada por Jack Nicholson (Hoffa, 1992) es estudiada por Anabella Forte en el quinto ensayo. El próximo trabajo, escrito por Leandro Della Molla, examina el tema racial  en la obra de Spike Lee Malcom X (1992). En el séptimo ensayo, Florencia Dadamo estudia la representación fílmica de la guerra de Vietnam a través de un clásico, Las Boinas Verdes (1968). El análisis de Charlie Wilson´s War (2007) le permite a  Valeria L. Carbone examinar el importantísimo tema de la invasión soviética de Afganistán. Por último, Augusto Fiamango le dedica el último trabajo de esta colección a uno de los grandes héroes norteamericanos y su lucha contra el “imperio del mal”: Rocky Balboa.  La selección de filmes y temas es muy amplia e interesante. Sin embargo, no pude dejar de echar de menos temas  cruciales como la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial.

Debo reconocer que este es un tema que me resulta muy interesante, pues también creó que las películas no son productos inocentes de la cultura del entretenimiento. Es por ello que reseñaré de forma individual  algunos de los ensayos que componen este trabajo. No por ello debo dejar de agradecer –nuevamente– a los integrantes y directivos de la Cátedra de Historia de los Estados Unidos por otra aportación al estudio de la historia estadounidense.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, 15 de agosto de 2011

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