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Posts Tagged ‘Barack Obama’

Comparto con todos ustedes mi participación el pasado 8 de noviembre en el programa HablaPUCP, donde fui entrevistado por el Dr. Eduardo Dargent sobre el resultado de las elecciones estadounidenses.

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En un artículo publicado recientemente en la revista The American Conservative titulado “How we became Israel”, el historiador norteamericano Andrew Bacevich examina la israelificación de la política de seguridad nacional de los Estados Unidos. El término no es mío, sino del propio Bacevich, y hace referencia al alegado creciente uso por Estados Unidos de tácticas y estrategias practicadas por el estado de Israel. Bacevich no es un autor ajeno a este blog, ya  que he reseñado varios de sus escritos porque le considero uno de los analistas más honestos y, por ende, valientes de la política exterior de su país. En el contexto de un posible ataque israelí contra Irán –que arrastraría a los Estados Unidos a una guerra innecesaria y muy peligrosa– me parece necesario reseñar este artículo, ya que analiza elementos muy importantes de las actuales relaciones israelíes-norteamericanas.

Bacevich comienza su artículo  con una reflexión sobre la paz y la violencia. Según éste,  la paz tiene significados que varían de acuerdo con el país o gobierno que los defina. Para unos, la paz es sinónimo de armonía basada en la tolerancia y el respeto. Para otros, no es más que un eufemismo para dominar. Un país comprometido con la paz recurre a la violencia como último recurso y esa había sido, según Bacevich, la actitud histórica de los Estados Unidos. Por el contrario, si un país ve la paz como sinónimo de dominio, hará un uso menos limitado de la violencia Ese es el caso de Israel desde hace mucho tiempo y lo que le preocupa al autor es que, según él,  desde fines de la guerra fría también ha sido la actitud de los Estados Unidos.  De acuerdo con Bacevich:

“As a consequence, U.S. national-security policy increasingly conforms to patterns of behavior pioneered by the Jewish state. This “Israelification” of U.S. policy may prove beneficial for Israel. Based on the available evidence, it’s not likely to be good for the United States.”

Es claro que para Bacevich la llamada israelificación de la política de seguridad nacional de los Estados Unidos no es buen negocio para su nación. El autor le dedica el resto de su artículo a analizar este fenómeno.

Como parte de su análisis, el autor hace una serie de observaciones muy críticas y pertinentes sobre Israel. Comienza  examinando la visión sobre la paz del actual primer ministro israelí, partiendo de unas expresiones hechas por Benjamin Netanyahu en 2009, reclamando la total desmilitarización de la franja de Gaza y de la margen occidental del río Jordán como requisitos para un acuerdo de paz con los palestinos. Para Bacevich, estas exigencias no tienen sentido alguno porque los palestinos pueden ser una molestia para Israel, pero no constituyen una amenaza dada la enorme superioridad militar de los israelíes, cosa que se suele olvidar, añadiría yo, con demasiada facilidad y frecuencia. Bacevich concluye que para los israelíes la paz se deriva de la seguridad absoluta, basada no en la ventaja sino en la supremacía militar.

La insistencia en esa supremacía ha hecho necesario que Israel lleve a cabo lo que el autor denomina como “anticipatory action”, es decir, acciones preventivas contra lo que los israelíes han percibido como amenazas (“perceived threats”). Uno de los ejemplos que hace referencia el autor es el ataque israelí contra las facilidades nucleares iraquíes en 1981.  Sin embargo, con estas acciones los israelíes no se han limitado a defenderse, sino que  convirtieron la percepción de amenaza en oportunidad de expansión territorial. Bacevich da como ejemplos los ataques israelíes contra Egipto en 1956 y 1967 que, según él, no ocurrieron porque los egipcios tuvieran la capacidad de destruir a Israel. Tales ataques se dieron porque abrían la oportunidad de la ganancia territorial por vía de la conquista. Ganancia que en el caso de la guerra de 1967 ha tenido serias consecuencias estratégicas para Israel.

Bacevich examina otro elemento clave de la política de seguridad israelí: los asesinatos selectivos (“targeted assassinations”).  Los israelíes  han convertido la eliminación física de sus adversarios ­­–a través del uso del terrorismo, añadiría yo– en el sello distintivo del arte de la guerra israelí, eclipsando así métodos militares convencionales y dañando la imagen internacional de Israel.

Lo que  Bacevich no entiende y le preocupa, es por qué Estados Unidos han optado por seguir los pasos de Israel. Según éste, desde la administración del primer Bush, su país ha oscilado hacia la búsqueda del dominio militar global, hacia el uso de acciones militares preventivas y hacia a los asesinatos selectivos (en referencia al uso de vehículos aéreos no tripulados ­­–los llamados “drones”-  como arma antiterrorista creciente). Todo ello justificado, como en el caso de Israel,  como medida defensiva y como herramienta de seguridad nacional. Al autor se la hace difícil entender esta israelificación porque contrario a Israel, Estados Unidos es un país grande, con una gran población y sin enemigos  cercanos. En otras palabras, los norteamericanos tienen opciones y ventajas que los israelíes no poseen. A pesar de ello, Estados Unidos ha sucumbido “into an Israeli-like condition of perpetual war, with peace increasingly tied to unrealistic expectations of adversaries and would-be adversaries acquiescing in Washington’s will.”

Para Bacevich, este proceso de israelificación comenzó con la Operación Tormenta del Desierto, un conflicto tan rápido e impactante como la guerra de los siete días. Clinton contribuyó a este proceso con  intervenciones militares frecuentes (Haití, Bosnia, Serbia, Sudán, etc.). El segundo Bush –fiel creyente de la estrategia del “ Full Spectrum Dominance” (Dominación de espectro completo)– se embarcó en la liberación y transformación del mundo islámico. Bajo su liderato, Estados Unidos hizo, como Israel, uso de la guerra preventiva. De acuerdo con el autor, invadir Irak era visto por Bush y su gente como un acción preventiva contra lo que se percibía como una amenaza, pero también como  una oportunidad. Al atacar a Saddam Hussein, Bush no adoptó el concepto  de disuasión (“deterrence”) de la guerra fría, sino la versión israelí. La estrategia de “deterrence” de la guerra fría buscaba disuadir al oponente de llevar a cabo acciones bélicas mientras que la versión israelí está fundamentada en el uso desproporcionado de la fuerza. A los israelíes no les basta con amedrentar y han dejado atrás el bíblico ojo por ojo. Para ellos es necesario castigar desproporcionadamente para enviar una mensaje  de fuerza a sus enemigos. Basta recordar los 1,397 palestinos muertos en Gaza durante las tres semanas que duró la Operación Plomo Fundido a finales de 2008 y principios de 2009. De ellos, 345 eran menores de edad. [Según B'TSELEMThe Israeli Information Center for Human Rights in the Occupied Territories–, entre setiembre de 2000 y setiembre de 2012, las fuerzas de seguridad israelíes mataron a 6,500 palestinos en los territorios ocupados y a 69 en Israel. Durante ese mismo periodo, los palestinos asesinaron a 754 civiles y 343 miembros de las fuerzas de seguridad israelíes.]

De acuerdo con Bacevich, el objetivo de la administración Bush al invadir Irak era también enviar un mensaje: esto le puede pasar a quienes reten la voluntad de Estados Unidos. Desafortunadamente para Bush, la invasión y ocupación de Irak resultó un fracaso similar a la invasión israelí del Líbano en 1982.

El proceso de israelificación analizado por Bacevich tomó una nuevo giró bajo la presidencia de Obama, quien transformó el uso de los drones para asesinatos selectivos en la pieza clave de la política de seguridad nacional de Estados Unidos.

Bacevich concluye que, a pesar de que no favorece los intereses de Estados Unidos, el proceso de israelificación de la política de seguridad nacional estadounidense ya se ha completado, y que será muy difícil revertirlo dado el clima político reinante en la nación norteamericana.

Lo primero que debo señalar es que el uso del asesinato selectivo por el gobierno estadounidense como arma política no comenzó con los drones. Basta recordar los hallazgos del famoso Comité Church que en la década de 1970 investigó las actividades del aparato de inteligencia norteamericano en el Tercer Mundo. En un informe de catorce volúmenes, este comité legislativo documentó las actividades ilegales llevadas a cabo por la CIA, entre ellas, el asesinato e intento de asesinato de líderes del Tercer Mundo. ¿Cuántas veces ha intentado la CIA matar a Fidel Castro? ¿Cuántos miembros del Vietcong fueron capturados, torturados y asesinados por la CIA y sus asociados a través del Programa Phoenix en los años 1960? Lo que han hecho los drones es transformar la eliminación física de los enemigos  de Estados Unidos en un proceso a control remoto y, por ende, “seguro” para los estadounidenses.

A pesar estas críticas, considero que este ensayo es valioso por varias razones. Primero, porque refleja la creciente preocupación entre sectores académicos, militares y gubernamentales norteamericanos por la enorme influencia que ejerce Israel sobre la política exterior y doméstica de los Estados Unidos. Afortunadamente, no todos los estadounidenses creen que Estados Unidos debe apoyar a Israel incondicionalmente, especialmente, cuando es claro que tal apoyo tiene un gran costo político y económico para Estados Unidos. Segundo, porque desarrollar una discusión pública y abierta de este tema es extremadamente necesario para contrarrestar la influencia del “lobby” pro-israelí en los Estados Unidos (y a nivel mundial). En ese sentido, este ensayo cumple una función muy importante al criticar la política de seguridad de Israel desde una óptica  honesta. Bacevich no teme llamar las cosas por su nombre y no duda en describir la actual política de seguridad israelí como una basada en asesinatos selectivos y el uso desproporcionado de la fuerza, y que, además, no busca la paz, sino el dominio y la expansión territorial.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, Perú, 11 de noviembre de 2012

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Mañana 8 de noviembre estaré comentando los resultados de las elecciones norteamericanas en HablaPUCP, un programa de entrevistas de PuntoEdu, periódico de la Pontificia Universidad Católica del Perú,  transmitido todos los jueves a las 3 de la tarde. Quedan cordialmene invitados.

 

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Stephen M. Walt

El excepcionalismo norteamericano sigue siendo un tema de discusión en los medios estadounidenses gracias a los ataques de los pre-candidatos republicanos a la presidencia contra Obama por su supuesto rechazo a la excepcionalidad norteamericana. Una de las aportaciones más interesantes a esta discusión es un artículo del Dr. Stephen M. Walt aparecido en  la edición de noviembre  del 2011 de la revista Foreign Policy.  El Dr. Walt es profesor de la Escuela de Gobierno de la Universidad de Harvard y coautor junto a John Mearsheimer del controversial e importante libro The Israeli Lobby and the U. S. Foreign Policy (2007), analizando la influencia de los grupos de presión pro-israelíes sobre la política exterior norteamericana.

Titulado “The Myth of American Exceptionalism”, el artículo de Walt examina críticamente la alegada excepcionalidad de los Estados Unidos. Lo primero que hace el autor es reconocer el peso histórico y, especialmente político, de esta idea. Por más de doscientos años los líderes y políticos estadounidenses han  hecho uso de la idea del excepcionalismo. De ahí las críticas que recibe Obama por parte de los republicanos por su alegada abandono del credo de la excepcionalidad.

Esta pieza clave de la formación nacional norteamericana parte, según Walt, de la idea de que los valores, la historia  y el sistema político de los Estados Unidos no son sólo únicos, sino también universales. El autor reconoce que esta idea está asociada a la visión de los Estados Unidos como nación destinada a jugar un papel especial y positivo, recogida muy bien por la famosa frase de la ex Secretaria de Estado Madeleine Albright, quien en 1998 dijo que Estados Unidos era la nación indispensable (“we are the indispensable nation”).

Para Walt, el principal problema con la idea del excepcionalismo es que es un mito, ya que el comportamiento internacional de los Estados Unidos no ha estado determinado por su alegada unicidad, sino por su poder y por lo que el autor denomina como la naturaleza inherentemente competitiva de la política internacional (Walt compara la política internacional con un deporte de contacto (“contact sport”). Además, la creencia en la  excepcionalidad no permite que los estadounidenses se vean como realmente son: muy similares a cualquier otra nación poderosa de la historia. El predominio de esta imagen falseada tampoco ayuda a los estadounidenses a entender  cómo son vistos por otros países ni a comprender las críticas a la hipocresía de los Estados Unidos en temas como las armas nucleares, la promoción de la democracia y otros. Todo ello le resta efectividad a la política exterior de la nación norteamericana.

Como parte de su análisis,  Walt identifica y examina cinco mitos del excepcionalismo norteamericano:

  1. No hay nada excepcional en el excepcionalismo norteamericano: Contrario a lo que piensan muchos estadounidenses, el comportamiento de  su país no ha sido muy diferente al de otras potencias mundiales. Según Walt, los Estados Unidos no ha enfrentado responsabilidades únicas  que le han obligado a asumir cargas y responsabilidades especiales. En otras palabras, Estados Unidos no ha sido una nación indispensable como alegaba la Sra. Albright. Además, los argumentos  de superioridad moral y de buenas intenciones tampoco han sido exclusivos  de los norteamericanos. Prueba de ello son el “white man´s burden” de los británicos, la “mission civilisatrice” de los franceses o la “missão civilizadora” de los portugueses. Todo ellos, añado yo, sirvieron para justificar el colonialismo como una empresa civilizadora.
  2. La superioridad moral: quienes creen en la excepcionalidad de los Estados Unidos alegan que ésta es una nación virtuosa, que promueve la libertad, amante de la paz, y respetuosa de la ley y de los derechos humanos. En otras palabras, moralmente superior y siempre regida por propósitos nobles y superiores. Walt platea que Estados Unidos tal vez no sea la nación más brutal de la historia, pero tampoco es el faro moral que imaginan algunos de sus conciudadanos. Para demostrar su punto enumera algunos de los  “pecados” cometidos por la nación estadounidense: el exterminio y sometimiento de los pueblos americanos originales como parte de su expansión continental, los miles de muertos de la guerra filipino-norteamericana de principios del siglo XX, los bombardeos que mataron miles de alemanes y japoneses durante la segunda guerra mundial, las más de 6 millones de toneladas de explosivos lanzadas en Indochina en los años 1960 y 1970, los más de 30,000 nicaragüenses muertos en los años 1980 en la campaña contra el Sandinismo y los miles de muertos causados por la invasión de Irak.  A esta lista el autor le añade la negativa a firmar tratados sobre derechos humanos, el rechazo a la Corte Internacional de Justicia, el apoyo a dictaduras violadores de derechos humanos en defensa de intereses geopolíticos, Abu Ghraib, el “waterboarding” y el “extraordinary rendition”.
  3. El genio especial de los norteamericanos: los creyentes de la excepcionalidad han explicado el desarrollo y poderío norteamericano como la confirmación de la superioridad y unicidad de los Estados Unidos. Según éstos, el éxito de su país se ha debido al genio especial de los norteamericanos. Para Walt, el poderío estadounidense ha sido producto de la suerte, no de su superioridad moral o genialidad. La suerte de poseer una territorio grande y con abundante recursos naturales. La suerte de estar ubicado lejos de los problemas y guerras de las potencias europeas. La suerte de que las potencias europeas estuvieran enfrentadas entre ellas y no frenaran la expansión continental de los Estados Unidos. La suerte de que dos guerras mundiales devastaran a sus competidores.
  4. EEUU como la fuente de “most of the good in the World”: los defensores de la excepcionalidad ven a Estados Unidos como una fuerza positiva mundial. Según Walt, es cierto que Estados Unidos ha contribuido a la paz y estabilidad mundial a través de acciones como el Plan Marshall, los acuerdos de Bretton Wood y su retórica a favor de los derechos humanos y la democracia. Pero no es correcto pensar que las acciones estadounidenses son buenas por defecto. El autor plantea que es necesario que los estadounidenses reconozcan el papel que otros países jugaron en el fin de la guerra fría, el avance d e los derechos civiles, la justicia criminal, la justicia económica, etc.  Es preciso que los norteamericanos reconozcan sus “weak spots” como el rol de su país como principal emisor de  gases de invernadero, el apoyo del gobierno norteamericano al régimen racista de Sudáfrica, el apoyo irrestricto a Israel, etc.
  5. “God is on our side”: un elemento crucial del excepcionalismo estadounidense es la idea de que Estados Unidos es un pueblo escogido por Dios, con una plan divino a seguir. Para el autor, creer que se tiene un mandato divino es muy peligroso porque lleva a creerse  infalible y caer en el riesgo de ser víctima de gobernantes incompetentes o sinvergüenzas como el caso de la Francia napoleónica y el Japón imperial. Además, un examen de la historia norteamericana en la última década deja claro sus debilidades y fracasos: un “ill-advised tax-cut”, dos guerras desastrosas y una crisis financiera producto de la corrupción y la avaricia. Para Walt, los norteamericanos deberían preguntarse, siguiendo a Lincoln, si su nación está del lado de Dios y no si éste está de su lado.

Walt concluye señalando que, dado los problemas que enfrenta Estados Unidos, no es sorprendente que se recurra al patriotismo del excepcionalismo con fervor. Tal patriotismo podría tener sus beneficios, pero lleva a un entendimiento incorrecto del papel internacional que juega la nación norteamericana y  a la toma de malas decisiones. En palabras de Walt,

  Ironically, U.S. foreign policy would probably be more effective if Americans were less convinced of their own unique virtues and less eager to proclaim them. What   we        need, in short, is a more realistic and critical assessment of America’s true  character and contributions.

Este análisis de los elementos que componen el discurso del excepcionalismo norteamericano es un esfuerzo valiente y sincero  que merece todas mis simpatías y respeto. En una sociedad tan ideologizada como la norteamericana, y en donde los niveles de ignorancia e insensatez son tal altos, se hacen imprescindibles  voces como las  Stephen M. Walt. Es indiscutible que los norteamericanos necesitan superar las gríngolas ideológicas que no les permiten verse tal como son y no como se imaginan. El mundo entero se beneficiaría de un proceso así.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, 14 de diciembre de 2011

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El Pew Research Center acaba de publicar un estudio titulado American Exceptionalism Subsides The American-Western European Values Gap que hace pensar que la idea del excepcionalismo norteamericano atraviesa –como la nación estadounidense misma– por un periodo de crisis. El Pew Research Center es un “fact tank” no partidista, sin fines de lucro, concentrado en siete proyectos de investigación: el Project for Excellence in Journalism, el Pew Internet & American Life Project, el Pew Forum on Religion & Public Life, el Pew Hispanic Center, el Pew Global Attitudes Project, y el Social & Demographic Trends. Estos proyectos buscan proveer información sobre temas y tendencias que afecten tanto a Estados Unidos como al resto del Mundo para generar un diálogo informado a nivel nacional en los Estados Unidos.

De acuerdo con la encuesta del Pew, el 49% de los estadounidenses está de acuerdo con el siguiente planteamiento: “Our people are not perfect, but our culture is superior to others” (“Nuestro pueblo no es perfecto, pero nuestra cultura es superior a la de otros.”), mientras que el 46% la rechazó. En otras palabras, casi el 50% de los encuestados avalaron la alegada excepcionalidad –superioridad– norteamericana. Lo interesante es que las cifras de apoyo a la excepcionalidad cultural norteamericana han descendido de 55% en 2007 y 60% en 2002.

El escepticismo sobre el excepcionalismo norteamericano es menos fuerte entre los norteamericanos mayores de 50 años, pues según la encuesta, el 60% de ellos cree que la cultura estadounidense es superior. Sólo el 37% de los menores de 30 años comparten esa visión y el excepcionalismo como credo es menos popular entre quienes poseen un título universitario. No debe sorprender a nadie que el 63% de los conservadores afirme la superioridad norteamericana, mientras que el 66% de los liberales la rechaza.

Esta encuesta se da en el contexto de la campaña republicana para nominación presidencial, en la que un buen número de candidatos (Mitt Romney, Michelle Bachman, Michael Cain, Jon Hutsman, Ron Paul, Rick Perry, New Gringrich y Rick Santorum) luchan por ser el opositor de Barack Obama en las elecciones presidenciales de 2012. El excepcionalismo norteamericano ha sido un tema de debate en esta campaña, ya que varios precandidatos republicanos han lanzados duro ataques contra Obama, acusándole de no creer en la excepcionalidad de la nación norteamericana. Estas acusaciones contra el Presidente forman parte de la tendencia republicana a cuestionar no sólo la americanidad de Obama, sino su condición misma de ciudadano norteamericano, poniendo duda que éste naciera en territorio estadounidense. Además, son una reacción a la respuesta de Obama a una pregunta que le hizo un periodista en abril del 2009 sobre si creía en el excepcionalismo norteamericano:

“I believe in American exceptionalism, just as I suspect that the Brits believe in British exceptionalism and the Greeks believe in Greek exceptionalism. I’m enormously proud of my country and its role and history in the world. If you think about the site of this summit and what it means, I don’t think America should be embarrassed to see evidence of the sacrifices of our troops, the enormous amount of resources that were put into Europe postwar, and our leadership in crafting an Alliance that ultimately led to the unification of Europe. We should take great pride in that. And if you think of our current situation, the United States remains the largest economy in the world. We have unmatched military capability. And I think that we have a core set of values that are enshrined in our Constitution, in our body of law, in our democratic practices, in our belief in free speech and equality, that, though imperfect, are exceptional. Now, the fact that I am very proud of my country and I think that we’ve got a whole lot to offer the world does not lessen my interest in recognizing the value and wonderful qualities of other countries, or recognizing that we’re not always going to be right, or that other people may have good ideas, or that in order for us to work collectively, all parties have to compromise and that includes us. And so I see no contradiction between believing that America has a continued extraordinary role in leading the world towards peace and prosperity and recognizing that that leadership is incumbent, depends on, our ability to create partnerships because we create partnerships because we can’t solve these problems alone.”

Los comentarios de Obama fueron interpretados por la derecha como una rechazo a la sagrada idea de que los Estados Unidos son una nación excepcional, “a city upon the hill,” “a God chosen people”. Aunque en los últimos dos años Obama ha rectificado su posición con relación a este concepto –una de las piedras angulares de la identidad nacional norteamericana– sus opositores siguen haciendo muy buen uso de sus comentarios del 2009.

La encuesta del Pew Research Center me parece muy interesante y reveladora del impacto de la crisis económica en la idea que tienen norteamericanos de sí mismo y del papel de su país en el mundo, pero no estoy del todo seguro de que identifique un patrón hacia al abandono de un elemento que ha sido esencial en la creación de un consenso nacional por más de doscientos años.

Norberto Barreto Velázquez,PhD

Lima, 19 de noviembre de 2011

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El Tea Party se ha convertido en uno de los fenómenos políticos más importantes de la historia de los Estados Unidos. De ahí la gran cantidad de artículos y ensayos tratando de entenderle y de precisar cuál será su influencia en las elecciones presidencias del 2012. La edición de17 de agosto de 2011 del New York Times publica un artículo que va precisamente en ese sentido y cuyos argumentos me parecieron muy valiosos. Escrito por David E. Campbell y Robert D. Putnam, “Crashing the Tea Party” analiza cuál podría ser el efecto político para el Partido Republicano de seguir atado al Tea Party.  Campbell es profesor de ciencias políticas en la Universidad Notre Dame y Putnam es profesor de política pública en la John F. Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard.

Los autores plantean que los norteamericanos muestran una clara tendencia hacia el conservadurismo fiscal, es decir, a favor de un gobierno más pequeño, opuestos a la redistribución del ingreso y en contra de que el gobierno ayude a los pobres (tarea que debía estar en manos de las “private charities”).  Aquí creo que Putnam y Campbell caen en el común error de la academia norteamericana de no reconocer que hay más de un tipo de norteamericano. ¿Quiénes son los norteamericanos que caen dentro del patrón señalado por los autores? ¿Los afroamericanos educados y de clase media? ¿Los afroamericanos pobres y golpeados severamente por la crisis económica? ¿Los cubanos de Florida? ¿Los chicanos de Arizona? ¿Los blancos pobres? ¿Blancos del sur? ¿Blancos del noreste? ¿Blancos del Midwest?

Lo interesante, según los autores, es que a pesar de esta tendencia conservadora de la sociedad estadounidense, la antipatía hacía el Tea Party ha aumentado notablemente. Para justificar este planteamiento, Campbell y Putnam recurren a dos encuestasdel New York Time y CBS News. En la primera encuesta, celebrada en abril del 2010, el 18% de los encustados tenía una opinión desfavorable del Tea Party, el 21% tenían una opinión favorable y el 46% no opinaba. Catorce meses más tarde la segunda encuesta  demuestra que la simpatía por el Tea Party bajó a 20% mientras el rechazo creció hasta alcanzar el 40%.  Explicar por qué ocurre esto es el objetivo principal de este corto ensayo.

En su búsqueda repuestas, Campbell y Putnam llevan a cabo una revaluación crítica del Tea Party que me resultó muy pertinente.  En primer lugar, es necesario señalar que los planteamientos de los autores están basados en una serie de entrevistas realizadas en el verano norteamericano a un grupo representativo de 3,000 personas.

Lo primero que cuestionan los autores es la alegada inocencia política  de los miembros del Tea Party. Contrario a lo que se no has hecho crear, los simpatizantes del Tea Party no son un grupo de neófitos apolíticos forzados a entrar a la política por las circunstancias socioeconómicas. Según los autores, los simpatizantes del Tea Party estaban políticamente activos muchos antes de que este movimiento naciera. Además, muchos de ellos eran miembros activos del Partido Republicano.

En segundo lugar, los autores niegan que el Tea Party sea un producto de la recesión económica. Según Campbell y Putnam, quienes apoyan al Tea Party no pertenecen a los grupos sociales que más han sufrido las consecuencias de la crisis económica que vive la nación estadounidense. Desafortunadamente, los autores no profundizan con relación a este importante tema.

Interesantemente, los autores también cuestionan que el tamaño del gobierno sea otra factor de importancia detrás de los seguidores del Tea Party.

Una vez desmitificado el Tea Party, Campbell y Putnam identifican las cosas en común que tienen sus simpatizantes. En primer lugar y para sorpresa de nadie, son mayoritariamente blancos. Éstos compartían una opinión muy mala tanto inmigrantes como de afroamericanos mucho antes de que Barack Obama llegara a la Casa Blanca, y la sigue teniendo. En este punto me parece que los autores son bastante cuidadosos de no acusar directamente a los miembros del Tea Party de algo que me parece evidente: racismo. Sin el tema racial es imposible entender a este movimiento que, en parte, fue activado por la elección de un negro a la Presidencia.

El conservadurismo es otro elemento común entre los simpatizantes del Tea Party. Los autores mencionan el rechazo del aborto como un elemento fundamental de este movimiento. Este tema lleva a Campbell y Putnam al punto que querían llegar: la religión. Si algo identifica a los miembros del Tea Party es su mezcla de religión y política. Éstos consideran imprescindible que la religión juegue un papel más importante en la política norteamericana.  En su visión, Estados Unidos es un país que se ha olvidado de Dios y está pagando por ello. De ahí los exabruptos religiosos de una Michele Bachman y los llamadas a la oración del Gobernador de Texas Rick Perry. Esto también explica los fuertes vínculos de este movimiento con la derecha cristiana de los Estados Unidos.

Según los autores, el tema religioso es fundamental para entender el aumento en la oposición al Tea Party. Putnam y Campbell alegan que la mayoría de los estadounidenses son cada vez más conservadores económicamente hablando, pero a la vez se han ido alejando de la idea de mezclar política y religión.  En otras palabras, el fanatismo religioso es el talón de Aquiles del Tea Party –y de los Republicanos por asociación.

Los autores cierran su ensayo con un planteamiento categórico: los Republicanos arriesgan mucho al unir su destino con el del Tea Party, pues les podría pasar lo que le ocurrió a George S. McGovern –candidato a la presidencia por el Partido Demócrata en 1972– a quien el apoyo estridente de los pacifistas que se oponían a la guerra de Vietnam le costó el apoyo de los moderados y, por ende, la elección.

Habrá que esperar para ver si, como plantean Campbell y Putnam, el Tea Party termina siendo víctima de su fanatismo religioso. Crucemos los dedos.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

17 de agosto de 2011

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La excelente página cibernética TomDispatch publica un corto e interesante artículo del historiador norteamericano William J. Astore, titulado “Freedom Fighters for a Fading Empire”,  analizando la representación de las fuerzas armadas estadounidenses como un ente libertador. [Traducido al español por Rebelión.org bajo el título "Combatientes por la libertad de un imperio que se desvanece"]. Astore, un coronel retirado de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, se ha desempeñado como profesor en  la Naval Postgraduate School y en la USAF Academy. En la actualidad, Astore es catedrático en el Pennsylvania College of Technology.

Astore comienza su ensayo citando al Presidente Barack Obama, quien en una visita sorpresa a Afganistán a comienzos de diciembre de 2010, señaló que las fuerzas armadas de los Estados Unidos eran “the finest fighting force that the world has ever known” (“la mejor fuerza de combate que el mundo haya conocido”). De esta forma Obama reprodujo lo que, según Astore, es una tendencia entre los líderes norteamericanos: la representación de las fuerzas militares estadounidenses no sólo como las más poderosas y eficientes de la Historia, sino también como  una fuerza de liberación y democratización. Esta hiperbólica, pero sincera representación es un reflejo, según Astore, de la idea del excepcionalismo norteamericano, a la que le hemos dedicado algo de tiempo en esta bitácora.

 

El autor reconoce que aunque el ex oficial de la Fuerza Aérea que hay en él se sintió alagado con las palabras de Obama, el historiador en que se ha convertido, no. El objetivo de este artículo es examinar las palabras del presidente –y lo que ellas encierran– de forma crítica. Dos preguntas guían los pasos de Astore: ¿Poseen los Estados Unidos las mejores fuerzas armadas de la Historia? ¿Qué dice esta “retórica triunfalista” del “narcisismo nacional” estadounidense?

Astore comienza con la primera pregunta y llega rápidamente a una conclusión: en términos de “sheer destructive power” (“poder destructivo absoluto”) las fuerzas armadas de los Estados Unidos son, sin lugar a dudas,  las más poderosas del mundo actual. Para justificar este planteamiento a Astore le basta con mencionar la superioridad nuclear, aérea y naval de los Estados Unidos. Sin embargo, esto no significa que las fuerzas armadas estadounidenses sean “the finest military force ever”.  Para justificar este argumento el autor recurre al tema de los resultados frente a los enemigos recientes de los Estados Unidos: los Talibanes en 2001 y Saddam Hussein en 2003.  En ambos casos, los estadounidenses se impusieron fácilmente porque enfrentaron a un enemigo muy inferior. Astore también recurre a la historia para cuestionar la alegada superioridad histórica de las fuerzas armadas de los Estados Unidos. Según él, tras las victorias en las dos guerras mundiales, las cosas no marcharon bien para los militares norteamericanos: en Corea sufrieron un “empate frustrante”, en Vietnam una dolorosa derrota y la Operación Escudo del Desierto fue una “victoria defectuosa”. Además, acciones como la invasión de Granada y Panamá fueron, según Astore, meras refriegas. La mayor victoria de los Estados Unidos durante ese periodo, el fin de la Guerra Fría, tampoco fue responsabilidad de los militares, ya que los norteamericanos se impusieron gracias a su “poder económico y conocimiento tecnológico”. En otras palabras, el autor cuestiona el desempeño de las fuerzas armadas estadounidenses en la segunda mitad del siglo XX poniendo seriamente en duda su alegada superioridad histórica.

Una vez cuestionada la posición histórica de las fuerzas armadas estadounidenses, Astore enfoca su representación como una fuerza liberadora guiada por una misión: “spread democracy and freedom” (“difundir democracia y libertad”) . Citando al periodista Nir Rosen, Astore deja claro el significado de esta idea entre los estadounidenses:

“There’s… a deep sense among people in the [American] policy world, in the military, that we’re the good guys. It’s just taken for granted that what we’re doing must be right because we’re doing it. We’re the exceptional country, the essential nation, and our role, our intervention, our presence is a benign and beneficent thing.”

Astore rechaza de plano la supuesta bondad inherente de las acciones militares norteamericanas. Como bien han demostrado los eventos ocurridos en Iraq, el intervencionismo militar estadounidense  no liberó a los iraquíes, sino que les condenó a la guerra civil, al exilio, a la destrucción  y al miedo generalizado. En Afganistán, no le ha ido mejor a las fuerzas armadas, pues son vistas por el pueblo afgano como invasores aliados  de un gobierno corrupto y despreciado por su pueblo. En ambos países, la invasión y ocupación estadounidense vino acompaña de choques culturales, de malentendidos, de violencia indiscriminada (los “drones” que acaban con todos los asistentes a una boda afgana), de arrogancia y paternalismo. En este contexto es muy difícil sostener que los militares norteamericanos son los chicos buenos encargados de liberar y democratizar.

Por último, Astore es muy claro y convincente: esta narrativa basada en el autobombo no permite que los estadounidenses entiendan la magnitud, significado y costo humano y político de sus acciones militares a partir de los eventos de 9/11. La idea de que los soldados estadounidenses son una fuerza liberadora esconde la dura realidad imperial de la política exterior de los Estados Unidos en los últimos diez años.   Un grave error en un periodo de claro deterioro del poderío norteamericano. De acuerdo con el autor,

“Better not to contemplate such harsh realities. Better to praise our troops as so many Mahatma Gandhis, so many freedom fighters. Better to praise them as so many Genghis Khans, so many ultimate warriors.”

Este breve trabajo examina el lado militar del excepcionalismo norteamericano, dejando ver otra faceta del auto-engaño nacional que acompaña la cada vez más clara decadencia estadounidense. Concuerdo con Astore en su  acercamiento crítico de la representación altamente ideologizada de las fuerzas militares norteamericanos. Sin embargo, echo de menos el  matiz religioso que sectores más conservadores de la sociedad estadounidense le adjudican a sus soldados, marinos, pilotos, infantes de marina, etc. En otras palabras, Astore se concentra en la representación de las fuerzas armadas como defensores y promotores de la libertad y la democracia, dejando fuera su representación como cruzados; como defensores y promotores de la fe cristiana entre paganos y herejes.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, Perú, 8 de enero de 2011

NOTA: Todas las traducciones son mías.

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