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Posts etiquetados ‘Barack Obama’

La excelente página cibernética TomDispatch publica un corto e interesante artículo del historiador norteamericano William J. Astore, titulado “Freedom Fighters for a Fading Empire”,  analizando la representación de las fuerzas armadas estadounidenses como un ente libertador. [Traducido al español por Rebelión.org bajo el título "Combatientes por la libertad de un imperio que se desvanece"]. Astore, un coronel retirado de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, se ha desempeñado como profesor en  la Naval Postgraduate School y en la USAF Academy. En la actualidad, Astore es catedrático en el Pennsylvania College of Technology.

Astore comienza su ensayo citando al Presidente Barack Obama, quien en una visita sorpresa a Afganistán a comienzos de diciembre de 2010, señaló que las fuerzas armadas de los Estados Unidos eran “the finest fighting force that the world has ever known” (“la mejor fuerza de combate que el mundo haya conocido”). De esta forma Obama reprodujo lo que, según Astore, es una tendencia entre los líderes norteamericanos: la representación de las fuerzas militares estadounidenses no sólo como las más poderosas y eficientes de la Historia, sino también como  una fuerza de liberación y democratización. Esta hiperbólica, pero sincera representación es un reflejo, según Astore, de la idea del excepcionalismo norteamericano, a la que le hemos dedicado algo de tiempo en esta bitácora.

 

El autor reconoce que aunque el ex oficial de la Fuerza Aérea que hay en él se sintió alagado con las palabras de Obama, el historiador en que se ha convertido, no. El objetivo de este artículo es examinar las palabras del presidente –y lo que ellas encierran– de forma crítica. Dos preguntas guían los pasos de Astore: ¿Poseen los Estados Unidos las mejores fuerzas armadas de la Historia? ¿Qué dice esta “retórica triunfalista” del “narcisismo nacional” estadounidense?

Astore comienza con la primera pregunta y llega rápidamente a una conclusión: en términos de “sheer destructive power” (“poder destructivo absoluto”) las fuerzas armadas de los Estados Unidos son, sin lugar a dudas,  las más poderosas del mundo actual. Para justificar este planteamiento a Astore le basta con mencionar la superioridad nuclear, aérea y naval de los Estados Unidos. Sin embargo, esto no significa que las fuerzas armadas estadounidenses sean “the finest military force ever”.  Para justificar este argumento el autor recurre al tema de los resultados frente a los enemigos recientes de los Estados Unidos: los Talibanes en 2001 y Saddam Hussein en 2003.  En ambos casos, los estadounidenses se impusieron fácilmente porque enfrentaron a un enemigo muy inferior. Astore también recurre a la historia para cuestionar la alegada superioridad histórica de las fuerzas armadas de los Estados Unidos. Según él, tras las victorias en las dos guerras mundiales, las cosas no marcharon bien para los militares norteamericanos: en Corea sufrieron un “empate frustrante”, en Vietnam una dolorosa derrota y la Operación Escudo del Desierto fue una “victoria defectuosa”. Además, acciones como la invasión de Granada y Panamá fueron, según Astore, meras refriegas. La mayor victoria de los Estados Unidos durante ese periodo, el fin de la Guerra Fría, tampoco fue responsabilidad de los militares, ya que los norteamericanos se impusieron gracias a su “poder económico y conocimiento tecnológico”. En otras palabras, el autor cuestiona el desempeño de las fuerzas armadas estadounidenses en la segunda mitad del siglo XX poniendo seriamente en duda su alegada superioridad histórica.

Una vez cuestionada la posición histórica de las fuerzas armadas estadounidenses, Astore enfoca su representación como una fuerza liberadora guiada por una misión: “spread democracy and freedom” (“difundir democracia y libertad”) . Citando al periodista Nir Rosen, Astore deja claro el significado de esta idea entre los estadounidenses:

“There’s… a deep sense among people in the [American] policy world, in the military, that we’re the good guys. It’s just taken for granted that what we’re doing must be right because we’re doing it. We’re the exceptional country, the essential nation, and our role, our intervention, our presence is a benign and beneficent thing.”

Astore rechaza de plano la supuesta bondad inherente de las acciones militares norteamericanas. Como bien han demostrado los eventos ocurridos en Iraq, el intervencionismo militar estadounidense  no liberó a los iraquíes, sino que les condenó a la guerra civil, al exilio, a la destrucción  y al miedo generalizado. En Afganistán, no le ha ido mejor a las fuerzas armadas, pues son vistas por el pueblo afgano como invasores aliados  de un gobierno corrupto y despreciado por su pueblo. En ambos países, la invasión y ocupación estadounidense vino acompaña de choques culturales, de malentendidos, de violencia indiscriminada (los “drones” que acaban con todos los asistentes a una boda afgana), de arrogancia y paternalismo. En este contexto es muy difícil sostener que los militares norteamericanos son los chicos buenos encargados de liberar y democratizar.

Por último, Astore es muy claro y convincente: esta narrativa basada en el autobombo no permite que los estadounidenses entiendan la magnitud, significado y costo humano y político de sus acciones militares a partir de los eventos de 9/11. La idea de que los soldados estadounidenses son una fuerza liberadora esconde la dura realidad imperial de la política exterior de los Estados Unidos en los últimos diez años.   Un grave error en un periodo de claro deterioro del poderío norteamericano. De acuerdo con el autor,

“Better not to contemplate such harsh realities. Better to praise our troops as so many Mahatma Gandhis, so many freedom fighters. Better to praise them as so many Genghis Khans, so many ultimate warriors.”

Este breve trabajo examina el lado militar del excepcionalismo norteamericano, dejando ver otra faceta del auto-engaño nacional que acompaña la cada vez más clara decadencia estadounidense. Concuerdo con Astore en su  acercamiento crítico de la representación altamente ideologizada de las fuerzas militares norteamericanos. Sin embargo, echo de menos el  matiz religioso que sectores más conservadores de la sociedad estadounidense le adjudican a sus soldados, marinos, pilotos, infantes de marina, etc. En otras palabras, Astore se concentra en la representación de las fuerzas armadas como defensores y promotores de la libertad y la democracia, dejando fuera su representación como cruzados; como defensores y promotores de la fe cristiana entre paganos y herejes.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, Perú, 8 de enero de 2011

NOTA: Todas las traducciones son mías.

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Uno de los fenómenos más interesantes de la política estadounidense de principios del siglo XXI es el surgimiento del Tea Party (Partido del Te). Producto de las protestas populares en contra del rescate económico de la administración Bush (hijo) y de las políticas instauradas por Barack Obama a su llegada a la Casa Blanca, el  Tea Party toma su nombre de uno de los eventos más importantes en la etapa previa al inicio de la guerra de independencia de los Estados Unidos. Sus miembros se oponen al incremento de los impuestos, la expansión del gobierno federal, la creación de un seguro de salud nacional, el déficit presupuestario, etc.

Dada su creciente popularidad, su naturaleza controversial y su fuerte conservadurismo, el Tea Party ha captado la atención de más de un analista estadounidense. Científicos políticos, sociólogos, economistas y politólogos han buscado entenderle y explicarle. Los historiadores no han estado ajenos a este fenómeno. Muestra de ello es el artículo publicado por TomDispatch el pasado mes de mayo bajo el título “History´s Mad Hatters: The Strange Career of the Tea Party Populism” (traducido al español y publicado por la revista SinPermiso con el título  “La tradición populista en Estados Unidos y la extravagante evolución del Tea Party”.) Escrito por los historiadores Steve Fraser (profesor visitante de la University of New York) y Joshua Freeman (profesor  de historia laboral en el Queens College de la City University of New York), este ensayo busca ubicar al Tea Party en el desarrollo del populismo estadounidense. Para ello, los autores elaboran un análisis general, pero muy valioso, de cuatro momentos en la evolución del populismo en los Estados Unidos: el movimiento Know Nothing de mediados del siglo XIX, el populismo agrario de los 1880 y 1890, la triada Long-Couhglin-Townsend de la era de la gran depresión y el populismo anti-segregacionista de los años 1960.

Pero antes de iniciar su análisis de la evolución del populismo,    Fraser y Freeman examinan el evento histórico de donde los seguidores del Tea Party han tomado el nombre de su movimiento.  El 16 de diciembre de 1773, un grupo de colonos norteamericanos molestos con un nuevo impuesto del gobierno colonial británico abordaron el HMS Darmouth –un barco de la Compañía Británica de las Indias Orientales­– y arrojaron por la borda la carga de té que se encontraba en sus bodegas.  A este episodio se le conoce como el Boston Tea Party y constituye un antecedente de gran importancia en el proceso de independencia de las Trece Colonias norteamericanas. Los responsables de este reto a las autoridades británicas eran miembros de una organización secreta conocida como los Hijos de la Libertad. Un dato curioso es que quienes abordaron el Darmouth aquella mañana de diciembre de 1773 lo hicieron disfrazado de indios mohicanos y armados con tomahawks (hachas de guerras indias).

El Boston Tea Party provocó una dura reacción de parte de las autoridades británicas, quienes decidieron imponer su autoridad en Massachusetts cerrando el puerto de Boston y limitando severamente el gobierno propio de la colonia. La reacción británica fue  calificada por las demás colonias como intolerable  y llevó a la celebración del Primer Congreso Continental con representación de doce de las trece colonias.  Las diferencias entres colonos británicos fueron agrandándose hasta convertirse en una guerra.

Como quienes lanzaron el te a la bahía de Boston en 1773, los seguidores del Tea Party se rebelan  ante la injusticia a la que se sienten sometidos, y como aquéllos exclaman “No me pisotees”.  Según los autores, este sentimiento de víctima y el reclamo de justicia que le acompaña, son elementos constantes  del populismo norteamericano hasta su actual renacer en el Tea Party.  El populismo estadounidense también ha oscilado históricamente entre el deseo de crear algo nuevo y el deseo de restaurar un orden que sus seguidores han creído o imaginado perdido.

Los autores comienzan su análisis histórico del populismo estadounidense examinando el movimiento Know Nothing desarrollado en los Estados Unidos en las décadas de 1840 y 1850.  Lo primero que es necesario aclarar es el origen de nombre de esta primera manifestación del populismo norteamericano. De acuerdo con Fraser y Freeman, los seguidores de este movimiento comenzaron a reunirse en secreto y cuando alguien les preguntaba algo éstos respondía que no sabían nada (“know nothing”) y de ahí les quedo el calificativo. Con el apoyo de pequeños granjeros, “modestos hombres de negocios” y “gente trabajadora”, este movimiento llegó a convertirse en un partido político, el American Party.

Los “Know Nothings” poseían una rara combinación entre  nativismo y antiesclavismo, pues se oponían abiertamente a la inmigración de irlandeses y alemanes católicos (como también de los chinos) y su segmento norteño rechazaba la esclavitud. Éstos iniciaron una de las características más constantes del populismo en los Estados Unidos: el pensamiento conspirativo. Según los Know Nothings, “tanto el Papado como la elite de propietarios de plantaciones esclavistas del sur conspiraban para socavar la posibilidad de que existiera una sociedad democrática de hombres sin dueño al que servir.”  La llegada de miles de pobres inmigrantes católicos era parte de este complot que amenazaba la idea que tenían los “Know Nothings” de los Estados Unidos como una sociedad de “individuos independientes, libres e iguales.”

En las últimas décadas del siglo XIX se desarrollo lo que los autores denominan una “insurgencia económica y política” en las zonas agrícolas de los Estados Unidos. Esta insurgencia toma la forma de un partido político –el Partido Populista o Partido del Pueblo– que dio un vuelto interesante al escenario político estadounidense. El blanco de esta segunda etapa populista era el capitalismo corporativo y financiero que, según sus críticos,  estaba acabando con la libertad y la forma de vida de los granjeros. Para los populistas de fines del siglo XIX, las grandes empresas habían secuestrado al gobierno, convirtiéndole en un instrumento de la plutocracia. Además, de buscar rescatar al Estado de las garras de capital industrial y financiero, los populistas se adelantaron a su tiempo al proponer la elección directa de los senadores federales, la jornada de ocho horas, la creación de subsidios agrícolas y “la propiedad pública de los ferrocarriles e infraestructuras públicas”. Quienes apoyaban al Partido Populista también querían “restaurar una sociedad  de productores independientes, un mundo sin proletariado y sin trusts empresariales”.

Convención del Partido del Pueblo, 1890

La década de 1930 fue testigo de la tercera manifestación populista de importancia analizada por Fraser y Freeman. Ésta se desarrolló en el contexto de la peor crisis económica de la historia de los Estados Unidos, por lo que no debe ser una sorpresa su lucha contra el capitalismo corporativo. Según los autores, el populismo de los años 1930 aportó, además, un nuevo elemento al movimiento: la paranoia anticomunista.

Huey P. Long

El populismo de la era de gran depresión tuvo tres tendencias: el “Share Our Wealth” del Senador por Louisiana Huey P. Long, la “Union for Social Justice” del sacerdote católico Charles E. Coughlin y la campaña del Doctor Francis Townsend a favor de un sistema de pensiones para los ancianos. Aunque con orígenes y objetivos diferentes, estos tres movimientos se unieron para formar el Union Party, crítico de Franklin D. Roosevelt y del Nuevo Trato. El programa de Long incluía pensiones y educación gratuita para todos los ciudadanos, la creación de  un impuesto contra quienes tuvieran ingresos por encima del millón de dólares, el establecimiento de un salario mínimo y la construcción de proyectos públicos. Coughlin era una figura  de gran popularidad gracias a su programa de radio semanal que era transmitido desde Detroit a través de las ondas de CBS. Durante los cinco años que Coughlin mantuvo su programa radial, su voz  llegó a los hogares de millones de estadounidenses, convirtiéndole en la figura católica más influyente del país. Éste era una crítico acérrimo del capitalismo por considerarle contrario a los valores cristianos. Townsend lideró una cruzada a favor de los desempleados y los ancianos.  Este médico proponía la creación de una programa   que le garantizará una pensión de $200 a todos los ciudadanos mayores de 60 años. El programa de Townsend sería financiado por un “impuesto sobre la actividad empresarial”.

Charles E. Coughlin

Long y Coughlin tenían algo en común, su rechazo visceral al comunismo. El padre inclusive hablaba de una supuesta conspiración  entre bolcheviques y banqueros “para traicionar a Estados Unidos”. Coughling, además, dio claras muestras de simpatía por los nazis y manifestó un claro antisemitismo. Long y Coughlin también criticaron duramente a las grandes empresas y alegaban respaldar al “hombre olvidado” frente a los abusos del gobierno federal y de las corporaciones.  Como muestra del deseo populista de preservar un pasado idealizado, ambos se proclamaban defensores  de las “economías locales”, los “códigos morales tradicionales”  y “los estilos de vida establecidos”.

De acuerdo con Fraser y Freeman, a partir de la década de 1960, el populismo sufrió un giro “claramente hacia la derecha, tornándose cada vez más restauracionista y menos transformador, cada vez más anti-colectivista y menos anti-capitalista”.  Como parte de esta transformación, temas tradicionales, pero secundarios, como la ortodoxia religiosa, el chauvinismo, la xenofobia y la política de miedo y paranoia  pasaron a  un primer plano.

Para ilustrar este cambio, los autores enfocan dos figuras políticas sumamente importantes en los años sesenta:   Barry Goldwater y George Wallace. Goldwater era senador por el estado de Arizona y considerado uno de los políticos más conservadores de su época.  Candidato a la presidencia por el Partido Republicano en las elecciones de 1964, Goldwater se opuso a las leyes de derechos civiles en clara defensa de los derechos de los estados frente al gobierno federal. Éste era también enemigo  de cualquier tipo o forma de colectivismo, “entre las que obviamente incluía a los sindicatos y al Estado de bienestar”. El senador llegó a denunciar la existencia de una “una trama ‘roja’ para debilitar las mentes de los estadounidenses mediante un aumento de los niveles de flúor en el canal de suministro de agua potable”.

Wallace fue gobernador del estado de Alabama y un férreo defensor de la segregación racial. Los autores los denominan “el otro eslabón perdido entre el populismo económico de antaño y el populismo cultural de finales del siglo XX”. Este líder anti-elitista, chauvinista y racista, también asumió la defensa de los trabajadores, “favoreció la expansión del sector público”, aumentó los salarios de maestros de su estado e incrementó el gasto en salud y educación de Alabama (ofreciendo libros de textos gratuitos). Como candidato presidencial defendió la expansión de seguro social y del Medicare (un programa de seguro de salud del gobierno estadounidense para personas mayores de 65 años).

George Wallace

El impacto político de este claro ejemplo de las contradicciones que suelen caracterizar al populismo puede medirse en los resultados de las elecciones presidenciales de 1968. Ese año Wallace aspiró a la presidencia de los Estados Unidos como candidato por un tercer partido, enfrentando al tradicional bipartidismo norteamericano,  y obtuvo casi diez millones de votos (13.5% del voto popular y 46 voto electorales).

Fraser y Freeman cierran su ensayo preguntándose, “¿qué tiene que ver esta  narración episódica y accidentada del populismo estadounidense con el Tea Party?” Su respuesta es variada. En primer lugar, el Tea Party nos remite, según los autores, “a la pretensión de superioridad moral, sentido de desposesión, anti-elitismo, patriotismo revanchista, pureza racial y militancia del “No me pisotees” que siempre ha constituido, al menos en parte, la mixtura populista”.  En segundo lugar, el anti-capitalismo no juega “papel alguno” en el movimiento del Tea party. Aunque sus seguidores reaccionaron a los rescates financieros bancarios, esto no significa que manifiesten el sentimiento en contra de las grandes corporaciones típico de sus predecesores históricos.  Una posible explicación a este fenómeno podría estar en la composición social del Tea Party. Según los autores, la mayoría de los seguidores del movimiento tienen mejores ingresos que la media de la población norteamericana, un mayor nivel educativo  y, por ende, mejores posibilidades de conseguir trabajo.  En otras palabras, tienen menos razones para quejarse del capitalismo. En tercer lugar, para los seguidores del Tea Party la  posibilidad de un redistribución del ingreso constituye una amenaza a su bolsillo,  por lo que la  rechazan totalmente. En palabras de Frase y Freeman,

“El “No me pisotees”, que antaño había sido un grito de rebeldía, ahora se ha metamorfoseado en: “Esto es mío. No te atrevas
a gravarlo   con      impuestos”. Hoy el enemigo a abatir no es la empresa, sino el Estado”.

En cuarto lugar, los promotores de este populismo del siglo XXI son mayoritariamente blancos, hombres de edad avanzada reaccionando a la presencia de un negro en las Casa Blanca y de una mujer en la dirección de la Cámara de Representantes. Éstos parecen también reaccionar a la creciente percepción de la decadencia del poder de los Estados Unidos.   A lo que habría añadir el tradicional miedo populista a los inmigrantes y  el temor a ser desplazados por la minorías raciales.

Por último, los autores reconocen que el Tea Party es producto de la frustración de sectores de la sociedad estadounidense que siente, no sin razón, que han sido traicionados por el egoísmo de sus elites económica y política. Lo que está por verse es si esa indignación  moral y política dará paso a un movimiento de alcance nacional.

Este ensayo de  Freeman y Fraser me parece útil porque compendia muy bien el desarrollo histórico del populismo norteamericano. Sus comentarios pueden servir de base para aquellos interesados en profundizar en el estudio de uno de los movimientos políticos más fascinantes de la historia de los Estados Unidos. En cuanto a su análisis del Tea Party, comparto sus observaciones, pero habría dado mayor énfasis al tema racial porque me parece que la presencia de un negro en Casa Blanca es el factor determinante detrás de las reacciones de muchos miembros del Tea Party.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 27 de junio de 2010

Nota: Todas las citas proceden de la versión en español del ensayo de Freeman y Fraser publicada por SinPermiso.

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La edición de julio de la revista paleo-conservadora norteamericana The American Conservative contiene un corto artículo del historiador norteamericano Andrew J. Bacevich que llamó mi atención. En su escrito titulado “Will Iraq Be  Forgotten Like Vietnam?”, Bacevich utiliza el tema de los más de 2,500 norteamericanos prisioneros de guerra  (Prissioners of War, POW) o perdidos en acción (Missing in Action, MIA) durante el conflicto de Vietnam para reflexionar en torno al tema de la memoria histórica en los Estados Unidos.

El autor comienza describiendo un cuadro que podría resultar familiar para quienes hayan vivido en un suburbio norteamericano: en el centro de Walpole (Massachussets) se encuentra, junto al asta de la bandera estadounidense, un estandarte negro con la siglas POW-MIA y la inscripción “You are not forgotten” (“No los hemos olvidado”). Esta bandera fue designada por el Congreso de los EEUU, en agosto de 1990, como “símbolo de la preocupación y compromiso de la nación norteamericana de resolver tanto como sea posible el destino de los norteamericanos que aún permanecen encancelados, perdidos o desaparecidos en el sudeste asiático” (U. S. Public Law 101-355, 10 de agosto de 1990).

Aunque la inscripción “You are not forgotten” enuncia un compromiso nacional de no olvidar a los perdidos en Vietnam, Bacevich reconoce que la realidad es otra, pues la mayoría de los estadounidenses –él incluído– hace tiempo que olvidó a quienes quedaron atrás en la junglas vietnamitas. Sólo los familiares de los POW-MIA mantienen vivo su recuerdo, pero este grupo está compuesto por un número muy limitado de personas.

A pesar de esta dura realidad, Bacevich plantea, no sin razón, que si la bandera ondeando en el centro de Walpole fuese removida, los habitantes de ese pueblo a 18 millas de Boston, levantarían su protesta e indignación.   ¿Por qué esta aparente contradicción? Para Bacevich la respuesta es sencilla: remover la bandera provocaría un “psychic void” (un vacío síquico) que los habitantes de Walpole no podrían tolerar porque, a pesar de los más de treinta años trascurridos desde su fin,  la guerra de Vietnam es un episodio inacabado de la historia estadounidense. Para el autor, desplegar la bandera de los POW-MIA es un testimonio de que Vietnam es “una parte del pasado que aún no ha sido totalmente relegada al pasado”. Esta acción conlleva, por un lado, el reconocimiento de un pérdida  como también de una gran falla nacional. Por el otro lado, también conlleva, nos dice Bacevich, la falsa pretensión de un ajuste de cuentas con el pasado y con la guerra de Vietnam en particular. En otras palabras, los perdidos en acción merecen volver a casa y el pueblo norteamericano merece saber por qué esos soldados fueron enviados al sudeste asiático.

Según Bacevich, esa reflexión histórica es prácticamente imposible porque  reexaminar lo ocurrido en Vietnam obligaría  a los norteamericanos a enfrentar “una plétora de verdades incómodas” no sólo sobre aquellos que  involucraron a la nación estadounidense en el conflicto indochino, sino también sobre la  forma de vida norteamericana y las premisas sobre las que ésta está basada. Muy pocos norteamericanos están dispuestos a enfrentar las duras realidades que abrir la puerta del tema vietnamita dejaría al descubierto porque ello les obligaría a revisar su forma de vida. Es por ello que, según Bacevich, prefieren calmar su conciencia con banderas, pretendiendo que les importa cuando en la realidad están desesperados por olvidar.

Para Bacevich, en la actualidad los norteamericanos continúan reproduciendo  el proceso de olvidar cuando pretenden recordar, pero no con relación a Vietnam. Hoy día es Irak la guerra que es necesario olvidar, dejar atrás para salvaguardar su forma de vida (yo añadiría, sus mitos nacionales, su comunidad imaginaria, su idea de nación cuyas acciones están siempre motivadas por objetivos nobles, su excepcionalismo y, sobre todo, su inocencia). De acuerdo con el autor, ya la administración Obama lo hizo al hacer causa común con los revisionistas de derecha que pretenden declarar la guerra en Irak un “gran triunfo” basados en el alegado éxito del “surge”, olvidando el costo humano de esa guerra antes y después del aumento de tropas norteamericanas a partir de 2007. La administración Obama está concentrado en su guerra en AfPak (Afganistán-Pakistán) y, convenientemente, ha dejado a Irak en el pasado.

Monumento a los Veteranos de Vietnam, Washington, D.C.

Bacevich cierra su escrito lanzando una interesante pregunta: ¿Se conocerá algún día la verdad sobre la guerra de Irak? Su respuesta es un categórico NO. Es muy probable que llegue el día que el Congreso estadounidense apruebe la construcción de un monumento a la guerra de Irak en la zona del Mall en la capital de los Estados Unidos, pero  según él, nunca investigará a fondo el fracaso norteamericano en tierras iraquíes porque “la verdad seguirá siendo inoportuna”. Desafortunadamente, la preferencia de los estadounidenses por una historia desinfectada y esterilizada continuará.

Norberto Barreto Velázquez.

Lima, Perú, 30 de mayo de 2010

Nota: Todas las traducciones del inglés son mi responsabilidad.

SOBRE EL PALEO CONSERVADURISMO PUEDEN SER CONSULTADOS LOS SIGUIENTES:

http://www.moral-politics.com/xpolitics.aspx?menu=Political_Ideologies&action=Draw&choice=PoliticalIdeologies.PaleoConservatism

http://usconservatives.about.com/od/typesofconservatives/a/PaleoCons.htm

http://es.wikipedia.org/wiki/Paleoconservadurismo

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Gracias al USHistoryBlog.com, me entero de la existencia de “100 Great Moments in American History You Can Catch on YouTube”, un recurso que podría resultar de gran ayuda para quienes estén interesados o involucrados en la enseñanza de historia norteamericana.  Publicado por OnlineSchool.com, 100 Great Moments in American History You Can Catch on YouTube es una lista de vínculos a  cien vídeos procedentes de YouTube relacionados al desarrollo histórico de los Estados Unidos.

La lista que compone 100 Great Moments in American History está subdividida en ocho categorías. La primera es titulada Inauguraciones presidenciales y recoge vídeos de la inauguración de varios presidentes estadounidenses, entre ellos, Harry S. Truman, Lyndon B. Johnson, Richard Nixon y Barack Obama. Vínculos mundiales, la segunda categoría, recoge vídeos  de eventos de historia norteamericana de trascendencia mundial como el ataque a Pearl Harbor, el caso Watergate y el 11/9. La tercera categoría –Asesinatos históricos–  está dedicada al tema  de los asesinatos políticos y destacan aquí los vídeos relacionados a la muerte de Abraham Lincoln, John F. Kennedy, Martín Luther King, Robert Kennedy y John Lennon. La cuarta categoría es titulada Discursos históricos y recoge los famosos “fireside chat” de Franklin D. Roosevelt y discursos de Malcom X, Ronald Reagan y George W. Bush, entre otros. La quinta categoría es titulada Momentos fuera de este mundo y agrupa vídeos asociados a la carrera espacial (el lanzamiento del Sputnik, el alunizaje, el desastre del transbordador Challenger, etc.). La sexta categoría  nos lleva al mundo cultural, pues agrupa vídeos relacionados a la historia musical estadounidense como la llegada de los Beatles a los Estados Unidos, Woodstock, las presentaciones de los Jackson 5 y los conciertos de Black Sabbath. La penúltima categoría atiende un elemento muy importante de la cultura norteamericana: los deportes. Aquí encontramos vídeos de la pelea de Cassius Clay y Sonny Liston, la victoria del equipo de hockey norteamericano sobre el soviético en las Olimpiadas de  Invierno de 1980 y la participación de Michael Phelps en las Olimpiadas de 2008. La última categoría –Momentos televisivos– agrupa vídeos relacionados con la historia de la televisión estadounidense: I Love Lucy, Star Trek, Saturday Night Live, The Tonight Show, MTV,  The O´Reilly Factor, Survivors, etc.

A pesar de que la selección de algunos vídeos podría ser cuestionada, 100 Great Moments in American History You Can Catch on YouTube constituye una herramienta útil para la enseñanza y el estudio de la historia de los Estados Unidos.

Norberto Barreto Velázquez,

Lima, Perú, 29 de noviembre de 2009

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Immanuel Wallerstein

Immanuel Wallerstein

El pasado 26 de setiembre, el diario mexicano La Jornada publicó un corto, pero muy interesante artículo de Immanuel Wallerstein titulado “La política estadounidense y las intervenciones militares”. En su ensayo, Wallerstein hace un análisis de la influencia de la política partidista sobre la política exterior norteamericana que me resultó muy interesante. Pero antes de analizar el contenido del ensayo de Wallerstein, es necesario hacer algunos comentarios sobre su autor. Wallerstein  es un sociólogo e historiador norteamericano considerado  uno de los  científicos sociales  más  importantes de la segunda mitad del siglo XX. Su trabajo ha dado vida a influyentes teorías sobre el desarrollo de la economía capitalista global. En su obra más importante, The modern world-system (El moderno sistema mundial), Wallerstein aporta un nuevo modelo teórico y de interpretación histórica, cultural y social. Wallerstein es hoy en día uno de los más famosos críticos anti-sistema y uno de los analistas más severos de la política exterior de los Estados Unidos.ModernWordII

En “La política estadounidense y las intervenciones militares”, Wallerstein reacciona al debate de las últimas semanas sobre cuál debe ser la estrategia que  la administración Obama debe seguir en Afganistán. Al autor le preocupa que el Presidente acepte las sugerencias de su Secretario de Defensa y de miembros del alto mando militar y opte por incrementar el número de soldados estadounidenses en territorio afgano. Es claro que Wallerstein considera tal posibilidad un grave error.

Al indagar cuál será la dirección que la administración Obama adoptará en una situación tan peligrosa como la de Afganistán, Wallerstein nos lanza un pregunta que me parece medular: “¿Por qué es  tan difícil para Estados Unidos zafarse de intervenciones militares que patentemente están perdiendo?”. En otras palabras, Wallerstein quiere saber qué mueve al gobierno de los Estados Unidos a insistir en intervenciones militares poco exitosas y sumamente peligrosas. El autor reconoce que para los analistas de izquierda la respuestas es muy sencilla: porque los Estados Unidos son una nación imperialista que interviene militarmente “con el fin de mantener su poder económico y político en el mundo”. A Wallerstein no le satisface esta respuesta porque, según él, la realidad histórica es que desde 1945 los norteamericanos no han ganado una sola confrontación militar de importancia. Si como alegan los izquierdistas, Estados Unidos interviene  para adelantar sus intereses hegemónicos, por qué sus intervenciones han sido tan incompetentes. Para demostrar su punto Wallerstein pasa revista a las principales intervenciones militares estadounidense de los últimos sesenta años. Según él, los norteamericanos fueron derrotados en  Vietnam, en Corea y la primera guerra del Golfo lograron un empate, es claro que están perdiendo en Afganistán y la invasión de Irak de seguro será juzgada como un fracaso por los historiadores. En otras palabras,  el autor se pregunta qué clase de imperio es éste que no gana una guerra. O en palabras de Wallerstein: “¿Qué impulsa a Estados Unidos a involucrarse en acciones de tal derrota política propia, especialmente si uno piensa en Estados Unidos como una potencia hegemónica que intenta controlar al mundo entero para sacarle ventaja?”

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Para el autor, la explicación está en la política interna de los Estados Unidos. Como toda gran potencia, los Estados Unidos son un país intensamente nacionalista. Según Wallerstein, todas las potencias –y en especial las hegemónicas–  “creen en sí mismas y en su derecho moral y político de afirmar sus (así llamados) intereses nacionales”.  Los Estados Unidos no son ni han sido la excepción. Es por ello que la inmensa mayoría de la población norteamericana es  y ha sido partidaria, desde un punto de vista patriótico, de que su país se afirme a nivel mundial “si es necesario militarmente”.   De ahí, que según el autor, el número de estadounidenses que ha mantenido una posición anti-imperialista desde 1945 sea una porción “políticamente insignificante” de la población. En otras palabras, desde la segunda guerra mundial, la mayoría de los norteamericanos han apoyado la afirmación imperialista de los Estados Unidos, motivados por un fuerte sentimiento patriótico.

Para Wallerstein, la política estadounidense no se divide entre opositores y simpatizantes del imperialismo, sino entre quienes son “fuertemente intervencionistas” y quienes favorecen el llamado aislacionismo. Sin embargo, estos últimos no son anti-militaristas, pues apoyan la inversión y el gasto militar, pero sí “son escépticos en cuanto a utilizar estas fuerzas en lugares ajenos”. El autor reconoce que tras esta división existe lo que él denomina como una “gama de posiciones intermedias”.

Intervencionistas o aislacionistas, la mayoría de los políticos norteamericanos no están dispuestos a buscar o proponer una reducción en el gasto militar por razones de política partidista. El aislacionismo tuvo una fuerte presencia en el Partido Republicano en el periodo previo a la segunda guerra mundial, pero a partir de 1945 se redujo y perdió fuerza.  Desde  el fin de la guerra, los republicanos han adoptado una actitud a favor de la inversión en el gasto militar y han criticado la supuesta debilidad o suavidad de la política exterior de los demócratas. La realidad histórica es que los republicanos no siempre han sido consistentes con su discurso y se han opuesto al envío de tropas estadounidenses a lugares como los Balcanes en la década de 1990. A pesar de estas incongruencias,   el público norteamericana tiende a ver a los republicanos como  halcones (“hawks”) patriotas.

Obama y Afganistán

Según Wallerstein, esta idea generalizad choca con la realidad histórica porque desde la segunda guerra mundial, los demócratas han sido más propensos a llevar a cabo intervenciones militares que sus opositores republicanos. A pesar de ello, los republicanos han acusado  sistemáticamente a los demócratas de ser palomas (“doves”), es decir, de faltarles valor, empuje y decisión en su política exterior. Esta acusación ha tenido un gran peso sobre la actitud de las administraciones demócratas de los últimos sesenta años. En palabras del autor, los demócratas han estado atrapados “en  la etiqueta de ser menos machos que los republicanos”, acusación ésta  muy costosa, políticamente hablando.

5_afganistan_tanquesWallerstein cree –podríamos decir, teme–  que la presión de este paradigma político puede terminar haciendo que el Presidente Obama opté por aumentar el número de soldados estadounidenses en Afganistán para no lucir ni débil, ni suave en su política exterior, ni hacerle daño a su partido.  Ello colocaría al joven presidente “en el sendero de la guerra de Vietnam”.

El autor cierra su ensayo señalando que es hora de que los norteamericanos “entiendan que las intervenciones militares estadounidenses en el extranjero son gastos militares increíblemente grandes en casa y no son la solución a sus problemas, sino el mayor impedimento para la supervivencia y el bienestar nacional estadounidense”.

Coincido plenamente con los planteamientos de Wallerstein. Es claro que la política partidista estadounidense juega –y siempre ha jugado– un papel muy importante en la formulación de la política exterior norteamericana. El autor identifica y explica muy bien la dinámica establecida entre los dos partidos principales norteamericanos desde  el inicio de la guerra fría: por un lado los republicanos con su patriotismo exagerado fomentando el militarismo y atacando a unos demócratas preocupados de ser acusados de débiles o de perder países ante el comunismo (China en 1949) o el terrorismo (Pakistán 20??).  Para entender la política exterior estadounidense no basta con enfocar sus intereses geopolíticos o económicos. Es también necesario atender el juego político doméstico en el que inciden elementos como el nacionalismo, el patriotismo, el excepcionalismo, el regionalismo, la religiosidad, el complejo industrial-militar, etc.

OBAMASTAN

Me llamó poderosamente  la atención la visión que tiene Wallerstein de los ciudadanos estadounidenses, pues es claro que considera que la mayoría de éstos han adoptado actitudes imperialistas en los últimos sesenta años. Guiados por un fuerte nacionalismo y patriotismo, los estadounidenses no lucen en el ensayo de Wallerstein como el pueblo inocente y manipulable por el gobierno y los medios que algunos analistas han señalado. Todo lo contrario, para Wallerstein, sólo una minoría del pueblo norteamericano ha adoptado una actitud crítica ante las intervenciones militares de su gobierno. La mayoría ha apoyado la proyección y la defensa de los intereses norteamericanos con el uso de la fuerza. La perenne inocencia del pueblo norteamericano queda de esta forma terriblemente comprometida.

Esperemos que los temores de Immanuel Wallerstein no se concreten y que por el bien de su país Obama evite caer en la trampa de enviar más tropas a ese matadero de imperios llamado Afganistán.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 29 de setiembre de 2009

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Chalmers Johnson

Chalmers Johnson

En un ensayo titulado “There Good Reasons to Liquidate Our Empire and Ten Steps to Take to Do So” (TomDispatch.com, 30 de julio de 2009), el historiador norteamericano Chalmers Johnson enfoca uno de los elementos más característicos del imperialismo norteamericano: la extensión de sus bases militares alrededor del mundo.  Johnson es profesor emérito de la Universidad de California (San Diego) y uno de los críticos más filosos de la política exterior norteamericana. Este antiguo asesor de CIA es  autor de un trilogía clave  en el desarrollo de la historiografía reciente del imperialismo norteamericano: Blowback: The Costs and Consequences of American Empire (New York: Metropolitan Books, 2000), The Sorrows of Empire: Militarism, Secrecy, and the End of the Republic (New York: Metropolitan Books, 2004) y Nemesis: The Last Days of the American Republic (Metropolitan Books, 2006).

A Johnson le preocupa el efecto que pueda tener el imperio de bases militares sobre el programa reformista del Presidente Barack Obama. Para el autor, las bases militares ­–y el militarismo del que son una expresión– podrían tener tres consecuencias devastadoras para los Estados Unidos: sobre extender (“over-stretch”) militarmente a los Estados Unidos, provocar un estado perpetuo de guerra y/o llevar a la nación norteamericana a la ruina económica. Todo ello podría provocar un colapso similar al que sufrió la Unión Soviética. Palabras fuertes de un historiador sin pelos en la lengua.  Veamos a que se refiere Johnson.

Citando un inventario realizado por el Pentágono en 2008, Johnson alega que los Estados Unidos poseen 865 bases militares en 46 países y territorios estadounidenses. Según ese mismo inventario, los Estados Unidos tenían desplegados 196,000 soldados en sus bases. Por ejemplo, en Japón hay 46,364 miembros de las fuerzas armadas estadounidenses, acompañados por 45,753 familiares y apoyados por 4,178 empleados civiles norteamericanos.  Sólo en la pequeña isla de Okinawa hay 13,975 soldados norteamericanos.

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Para Johnson, tal despliegue de poder militar no sólo es innecesario para garantizar la seguridad nacional de los Estados Unidos, sino que también excesivamente costoso. Citando un artículo de Anita Dancs, analista del “think tank” Foreign Policy in Focus, Johnson arguye que los Estados Unidos gastan $250 mil millones anuales en el mantenimiento de sus bases militares con un solo objetivo: garantizar su control de un imperio que nunca necesitaron y que “no pueden sostener”.

El autor identifica tres razones que, según él, hacen necesaria la eliminación de ese imperio de bases como un paso inevitable para el bienestar de los Estados Unidos:

  1. Los Estados Unidos ya no son capaces de mantener su hegemonía global  sin convocar a un desastre nacional. Según Johnson, los Estados Unidos no pueden mantener su rol hegemónico por razones económicas, pues son un país al borde de la bancarrota y en franca decadencia económica. Obviar esas realidades insistiendo en retener sus bases mundiales podría llevar al gobierno norteamericano a la insolvencia. Para justificar sus argumentos el autor recurre a cifras muy impresionantes, pues según él, para el 2010 el déficit presupuestario norteamericano será de $1.75 trillones, cifra que no incluye el presupuesto militar para el 2009 ascendente a $640 mil millones,  ni el costo de las guerras en Irak y Afganistán.  Johnson concluye que el pago de tal deuda tomara generaciones.
  2. Los Estados Unidos están destinados a ser derrotados en Afganistán. Según Johnson, las autoridades norteamericanos no han sido capaces de reconocer que tanto ingleses como soviéticos fracasaron en sus empresas militares en Afganistán empleando las mismas estrategias usadas por los Estados Unidos hoy en día. Esto constituye “uno de nuestros  más grandes errores estratégicos”.  Johnson critica que las acciones estadounidenses en Afganistán no estén basadas en el reconocimiento de la historia de una región que históricamente ha resistido con éxito la presencia de fuerzas foráneas. Éste crítica las tácticas estadounidenses, en especial, el uso de aviones a control remotos o “drones”, porque éstos provocan la muerte de civiles afganos inocentes,  enajenando el apoyo de quienes supuestamente los estadounidenses están “salvando para la democracia”. Además, las operaciones militares estadounidenses en Afganistán y Pakistán carecen de una inteligencia precisa sobre ambos países  y reflejan, por ende, una visión miope de la realidad política de la región.  Johnson cree que los Estados Unidos deben reconocer que la guerra en Afganistán está ya perdida y no desperdiciar más tiempo, vidas humanas y dinero en un conflicto que no pueden ganar.
  3. Es necesario que los Estados Unidos pongan fin a la vergüenza que acompaña su imperio de bases. El autor visualiza las bases militares como una especie de campo de juego sexual (“sexual playground”) donde los soldados norteamericanos comprometen con su conducta la imagen de los Estados Unidos. Según Johnson, miles de soldados norteamericanos son destinados a países cuya cultura no entienden y que, además, han sido enseñados a ver a sus habitantes como entes inferiores, lo que provoca serios problemas en su comportamiento, sobre todo, sexual. Para probar este punto el autor nos brinda cifras muy interesantes y reveladoras sobre la violencia sexual de que son objetos los residentes de las zonas aledañas a las bases militares norteamericanas ­–además de las mujeres que forman parte de las fuerzas armadas estadounidenses– y de cómo las autoridades militares norteamericanas no hacen, prácticamente, nada para frenar y castigar los delitos sexuales que comenten sus soldados. Para Johnson la solución está en reducir el tamaño de las fuerzas armadas trayendo de vuelta a los Estados Unidos a miles de soldados estadounidenses, desmantelando las bases donde éstos están desplegados.

Johnson no sólo identifica las razones que hacen necesario que los Estados Unidos desmantelen su imperio de bases, sino que también nos brinda diez medidas que él considera necesarias para ello. Entre ellas destacan: poner fin al mito creado por el complejo militar-industrial de que el establecimiento militar norteamericano es valioso en términos económicos, pues produce empleos e investigación científica. Johnson recomienda poner fin al uso de la fuerza como “el principal medio para alcanzar los objetivos de la política exterior” estadounidense.  El autor también sugiere reducir el tamaño del ejército, darle más ayuda médica a los veteranos afectados física o mentalmente, eliminar el ROTC, dejar de ser el principal exportador mundial de armas y restaurar la disciplina y la responsabilidad por sus acciones entre las tropas estadounidenses. NS_Rota

Johnson cierra su ensayo reconociendo que a lo largo de la historia pocos imperios han renunciado a “sus dominios” para salvar sus instituciones políticas. Es necesario, según el autor, que los Estados Unidos aprendan de dos ejemplos recientes (Gran Bretaña y la Unión Soviética) y tomen las medidas necesarias para frenar los efectos del imperialismo. El autor concluye su trabajo pronosticando que si los estadounidenses no aprenden de los errores  de los imperios que le antecedieron, será imposible evitar la “caída y decadencia” de los Estados Unidos de América.

Este corto ensayo nos brinda información valiosa sobre la extensión del militarismo norteamericano a nivel mundial y de sus consecuencias. Es claro que Johnson ve el mantenimiento de las  cientos  de bases militares norteamericanas como una rémora que compromete valiosos recursos económicos que podrían ser usados para enfrentar algunos de los serios problemas que enfrenta la nación estadounidense. Su enfoque es claramente aislacionista y moralista. Para él, los Estados Unidos deben reconocer que ya no son lo ricos y poderosos que solían ser, y concentrarse en sí mismos. Su tono refleja una visión muy pesimista del futuro de los Estados Unidos. Para Johnson, la nación norteamericana es un país en franca decadencia gracias a su obsesión belicista.  Es curioso que a principios del siglo XX analistas y críticos de la política exterior norteamericana, especialmente de la retención de las Filipinas como colonia y de la expansión de la marina de guerra, pronosticaron exactamente lo que hoy Johnson denuncia de forma tan severa.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 10 de septiembre de 2009

Nota: todas las traducciones del inglés son mías.

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El unilateralismo abierto y franco, el militarismo agresivo y el fuerte tono ideológico de la  política exterior de la presidencia de George W. Bush, provocaron en los Estados Unidos un intenso e interesantísimo debate académico en torno a la naturaleza imperialista de la nación norteamericana. En los último ocho años, autores como Chalmers Johnson, Fareed Zakaria, Robert Kagan, Max Boot, Francis Fukuyama, Niall Ferguson, Amy Kaplan, Noam Chomsky, Charles S. Maier, Michael Ignatieff, Howard Zinn, James Petras y Patrick K. O’Brien  (entre otros) se embarcaron en una intensa producción académica  (decenas de libros, artículos, ensayos, reportajes noticiosos y documentales) que giró en torno a una pregunta básica: ¿Son o actúan los Estados Unidos como un imperio? Tal interrogante ha estado directamente asociada con temas como el de la hegemonía norteamericana, el unilateralismo, el  neoconservadurismo, la guerra contra el terrorismo, el uso de la tortura, el choque de civilizaciones y otros.

Como he señalado anteriormente, éste no es un debate nuevo y hasta se podría plantear que es un proceso cíclico que responde a periodos o eventos traumáticos en el desarrollo de las relaciones exteriores de los Estados Unidos (por ejemplo, la guerra hispano-cubano-norteamericana o la guerra de Vietnam).  Estos periodos o  eventos traumáticos forzaron en su momento un análisis crítico de la política exterior estadounidense que llevó  a algunos analistas norteamericanos reconocer el carácter imperialista de ésta.  Lo novedoso del debate desarrollado en la primera década del siglo XXI es no sólo la fuerza con que la naturaleza imperialista de las acciones estadounidense ha sido reconocida por historiadores, sociólogos, politólogos y otros analistas estadounidenses, sino también cómo algunos de éstos vieron esas acciones como un proceso necesario. En otras palabras, como  algunos de estos analistas justificaron la “transformación” de los Estados Unidos en un imperio como un paso necesario para el bienestar de la nación norteamericana y la estabilidad y paz mundial.  Es necesario subrayar que un grupo significativo de estudiosos condenó las acciones norteamericanas, especialmente en Irak, y subrayó sus terribles consecuencias a corto y a largo plazo.

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Andrew J. Bacevich

Uno de los participantes más importantes de este debate lo es el historiador conservador Andrew J. Bacevich. Bacevich es un exCoronel del Ejército de los Estados Unidos, graduado de la Academia Militar de West Point, veterano de la guerra de Vietnam, que posee un Doctorado de la Universidad de Princeton y que actualmente se desempeña como profesor de Historia en la Universidad de Boston.  Además, Bacevich tiene el triste honor de haber perdido a su hijo, el Teniente Primero Andrew J. Bacevich, en Irak en mayo del 2007. Escritor prolífico, Bacevich  es  autor de los siguientes libros: American Empire: The Realities and Consequences of US Diplomacy (Cambridge, Massachusetts, Harvard University Press, 2002); The Imperial Tense: Prospects and Problems of American Empire (Chicago, Ivan R. Dee, 2003); The New American Militarism: How Americans are Seduced by War (New York, Oxford University Press, 2005); The Long War: A New History of U.S. National Security Policy since World War II (New York, Columbia University Press, 2007); y The Limits of Power: The End of American Exceptionalism (New York, Metropolitan Books, 2008).  A través de sus libros, artículos, ensayos y presentaciones públicas, Bacevich ha desarrollado una incisiva y sistemática crítica de las acciones y de las bases ideológicas y culturales de la política exterior estadounidense.  Ello resulta realmente admirable dada su orientación ideológica (pues se le considera un historiador conservador) y, sobre todo, por su transfondo personal y profesional.

En su edición del 28 de abril de 2009, TomDispatch.com incluyó un corto, pero valioso ensayo de Bacevich titulado “Farewell, the American Century Rewriting the Past by Adding In What’s Been Left Out” (publicado en español por Rebelión.org bajo el título “Adiós, siglo estadounidense”). En este trabajo, Bacevich reacciona a una columna de Robert Cohen titulada “Moralism on the Shelf”, que fue publicada en el Washington Post el 10 de marzo pasado. En su columna, Cohen reacciona a comentarios del presidente Barack Obama rechazando la  posibilidad de negociar con los talibanes moderados y propone que el llamado  “American Century”  (“siglo norteamericano”) ha llegado a su fin. Bacevich usa la columna de Cohen como excusa para hacer una reflexión crítica del significado (y limitaciones) de uno de los conceptos más importantes de la segunda mitad del siglo XX y de paso hacer un examen crítico de la política exterior norteamericana de los últimos sesenta años.

Luce

Henry Luce

Mi objetivo es reseñar el ensayo de Bacevich, pero antes es necesario hacer un poco de historia. A principios de 1941, la segunda guerra mundial llevaba un poco más de un año de iniciada y Alemania parecía invencible.  Tras aplastar a Polonia y noquear a  Francia, Hitler logró en menos de un año lo que las tropas imperiales alemanas no alcanzaron durante toda la primera guerra mundial, la conquista de Europa occidental continental.  Con Francia fuera de la guerra, Gran Bretaña resistía, casi sola, las embestidas del expansionismo nazi. En los Estados Unidos, el Presidente Franklin D. Roosevelt hacía todo lo que estaba a su alcance para ayudar a los británicos, pero sus esfuerzos se veían seriamente limitados por la apatía y el aislacionismo reinante en el Congreso y en sectores de la opinión pública estadounidense.
En febrero de 1941, el publicista norteamericano Henry Luce publicó en la revista Time un  corto ensayo titulado “The American Century” que se convertiría en uno de los documentos más importantes de la historia de los Estados Unidos en el siglo XX. Henry Luce era hijo de misioneros presbiterianos,  lo que explica que naciera en China en 1898. Graduado de la Universidad de Yale, en 1923 Luce  funda la revista  Time,  que sería la base para la creación de un imperio publicitario que incluiría publicaciones como Fortune y Life. Preocupado por la situación mundial, Luce escribió “The American Century” para llamar la atención de sus compatriotas ante la amenaza nazi.  En su breve escrito, Luce resaltó la responsabilidad de los Estados Unidos ante los eventos mundiales, pues según él, eran “la nación más poderosa y vital del mundo”, y como tal, debían hacer sentir su influencia y poder. Para Luce, era necesario que los norteamericanos entendieran que los Estados Unidos ya estaban involucrados en la guerra mundial y que sólo la nación estadounidense podía “definir de forma efectiva los objetivos de esta guerra.” Hijo de su momento histórico, “The American Century” buscaba luchar contra el aislacionismo sacudiendo a quienes se negaban a aceptar que los Estados Unidos debían intervenir en la guerra mundial para dar vida al “primer gran siglo norteamericano”. De esta forma, Luce anunció la hegemonía norteamericana de la posguerra.

Bacevich reconoce que aunque el chauvinismo, la religiosidad y la grandilocuencia de los argumentos de Luce no caen bien hoy en día, “The American Century” caló hondo en la mentalidad norteamericana, pues promovió la idea de los Estados Unidos  como “la fuente de salvación” del mundo, como el guía espiritual de la humanidad que sirvió de justificante ideológico-cultural de las políticas norteamericanas de la segunda mitad del siglo XX.  En otras palabras, Luce capturó en un frase la esencia de un momento histórico y aportó así un nuevo elemento a lo que el crítico cultural estadounidense  John Carlos Rowe denomina el “repertorio de métodos de dominación” del imaginario imperialista de los Estados Unidos.

Para Bacevich, la idea –él le llama mito– del siglo norteamericano tiene dos problemas básicos: primero, exagera el papel de los Estados Unidos y, segundo, “ignora y trivializa  asuntos en conflicto con el relato  triunfal” en el que ésta está basada. Con ello se perpetúa lo que Bacevich llama una “serie de ilusiones” que no permiten a los norteamericanos tomar conciencia de sí mismos, y que obstaculizan “nuestros esfuerzos para navegar por las aguas traidoras en las que se encuentra actualmente el país”.  La idea  de un supuesto siglo norteamericano perpetúa, por ende, una versión mítica del pasado estadounidense que no le permite a los norteamericanos entender los retos y problemas actuales.

Bacevich no tienes dudas de que el siglo XXI no es el siglo norteamericano, pero está conciente de que el pueblo y, en especial el liderato estadounidense aún permanecen bajo la “esclavitud” de esta idea. Por ello le combate demostrando su falsedad. Lo primero que hace Bacevich es reconocer que los Estados Unidos no derrotaron a la Wehrmacht, sino lo soviéticos. Segundo, Bacevich niega que los norteamericanos ganasen la guerra fría, pues según él, el imperio soviético fue víctima de la ineptitud de su liderato, no de las acciones de los norteamericanos. Tercero, Bacevich examina varios “errores cometidos por los Estados Unidos” que, según él, permiten ver la verdadera naturaleza del llamado siglo norteamericano: Cuba en 1898, la bomba atómica de 1945, Irán en 1953 y Afganistán desde la década de 1980.  Veamos cada uno de estos errores:

•    Cuba: En 1898, los Estados Unidos pelearon una guerra con España para, supuestamente, liberar a Cuba, pero la isla terminó convertida en un protectorado norteamericano, preparando así el camino hacia Fidel Castro y la Revolución Cubana, el fiasco de Bahía de Cochinos, la crisis de los misiles y Gitmo.
•    La bomba nuclear: Bacevich enfatiza la responsabilidad de los Estados Unidos en la creación de uno de los principales peligros que amenazan a la Humanidad: la proliferación de armas nucleares. Los Estados Unidos  no sólo crearon y usaron la bomba, sino que también definieron su posesión como “el parámetro de poder en el mundo de la posguerra” mundial, dejando a las demás potencias mundiales en una posición desventajosa. En otras palabras, la ventaja nuclear estadounidense obligó a las demás potencias a desarrollar su propio armamento nuclear, fomentando así la proliferación de las armas nucleares.
•   Irán: Bacevich reconoce que los problemas actuales de los Estados Unidos e Irán no se originan en la Revolución Iraní de 1979, sino en el papel que jugó la CIA en el derrocamiento, en 1953, del primer ministro iraní Mohammed Mossadegh.  En otras palabras,  el pueblo iraní fue condenado a vivir bajo la dictadura del Shah para que los norteamericanos pudieran obetener petróleo. Bacevich llega inclusive a reconocer que el anti-norteamericanismo que llevó a la toma de la embajada estadounidense en noviembre de 1979 no “fue enteramente sin motivo.”
•    Afganistán: Bacevich considera necesario reconocer el rol que jugaron los norteamericanos en la creación de los talibanes. Los gobiernos de Jimmy Carter y Ronald Reagan enviaron armas y dieron ayuda a los fundamentalistas afganos que libraran una guerra santa en contra de los soviéticos. En ese momento se creía que la política norteamericana era muy inteligente, pues les causaba serios problemas a la Unión Soviética. Sin embargo, el tiempo demostró que la política norteamericana en Afganistán  alimentó un  cáncer que terminó costándole muy caro a los Estados Unidos.

Bacevich reconoce que nadie puede asegurar que, por ejemplo, si a principios del siglo XX los Estados Unidos hubiesen enfocado el tema cubano de una forma diferente, Cuba no sería hoy un enemigo de los Estados Unidos. Lo que sí le parece indiscutible es que las acciones norteamericanas en Cuba, Irán y Afganistán lucen hoy en día como acciones y políticas erradas.  Además, demuestran la falsedad del mito del siglo norteamericano y subrayan la necesidad de reconocer los errores de la política exterior estadounidense. Según el autor, “sólo a través de la franqueza lograremos evitar repetir estos errores”.

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Pero no basta con reconocer los errores, los Estados Unidos deben pedir disculpas, deben hacer un acto de contrición.  Según Bacevich, los norteamericanos deben pedir perdón a los cubanos, japoneses, iraníes y  afganos (yo añadiría a los guatemaltecos, a los chilenos, a los vietnamitas, a los camboyanos, a los salvadoreños, a los palestinos, a los angoleños y a otros pueblos que sufrieron los efectos del “siglo norteamericano”) sin esperar ni pedir nada a cambio.  Bacevich es muy claro:

“No, les pedimos perdón, pero por nuestro propio bien –para liberarnos de los engreimientos acumulados del siglo norteamericano y para reconocer que Estados Unidos participó plenamente en la barbarie, locura y tragedia que definen nuestra época. Debemos responsabilizarnos por todos esos pecados.”

Bacevich concluyen que para resolver los problemas que enfrentan los Estados Unidos, los norteamericanos tienen que verse a sí mismos tal como son, y para ello es imprescindible dejar a un lado “las ilusiones encarnadas en el siglo norteamericano”.

Debo reconocer que la franqueza y dureza del análisis de Bacevich me dejo muy impresionado.  Su deconstrucción del mito del siglo norteamericano es muy efectiva, aunque no incluye elementos como la guerra filipino-norteamericana, la guerra de Vietnam, el conflicto árabe-israelí y las intervenciones en América Latina (Guatemala, Chile, Nicaragua, El Salvador, etc.) Concuerdo plenamente en que es necesario que el gobierno y el pueblo norteamericano hagan un examen crítico y honesto de su política exterior. Para ello necesario dejar atrás varios elementos  ideológicos que han servido de base y justificante moral, cultural y política para las acciones norteamericanas desde el siglo XIX. No se trata sólo de superar el mito del siglo norteamericano,  es también necesario examinar críticamente ideas como el excepcionalismo, el sentido de misión, la doctrina Monroe, el puritanismo social, la doctrina del pecado original, el espíritu de la frontera, etc. En otras palabras, no basta con reconocer el carácter mitológico del llamado siglo norteamericano, pero sería un paso importantísimo.  La mentalidad que ha predominado en la política exterior de los Estados Unidos en los últimos sesenta años (por lo menos) es muy compleja y responde a patrones culturales muy enraizados en la historia de los Estados Unidos.  Superarlos no será fácil, pero yo quiero pensar que es posible.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.
Lima, 24 de mayo de 2009

Las  traducciones del inglés son mías

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democracynowDemocracy Now! (¡Democracia Ahora!) es un programa noticioso norteamericano transmitido diariamente a través de más de 750 estaciones de radio y televisión. Su principal conductora y directora ejecutiva, Amy Goodman, es una prestigiosa y galardonada periodista norteamericana, coautora de varios libros y respetada a nivel mundial. Democracy Now! es, sin lugar dudas, una prueba del valor e importancia del periodismo independiente como alternativa a la cobertura noticiosa de las principales cadenas radiales y televisivas del mundo. Diariamente, millones de personas en el mundo obtienen al escuchar o ver Democracy Now!, información y una perspectiva periodística muy diferente a la que encontrarían en noticiarios tradicionales.

El pasado 13 de mayo, Amy Goodman realizó una interesante entrevista al gran historiador norteamericano Howard Zinn. Autor del ya clásico libro A People´s History of the United States (publicado en español por Ediciones Siglo XXI  bajo el título La otra historia de los Estados Unidos), Zinn es uno de los analistas más lúcidos de la sociedad y la historia estadounidense. En su entrevista con Goodman, Zinn enfoca temas como la política exterior del Presidente Barack Obama y su visión de la historia de los Estados Unidos. Zinn también comenta sobre el estreno en el History Channel de un documental titulado The People Speak basado en la lectura de pasajes de su libro A People´s History of the United States por actores como Matt Damon, Josh Brolin, Viggo Mortensen, Danny Glover, Marisa Tomei y Don Cheadle.

Aquí incluyo la entrevista divida en tres partes:

Primera parte

Segunda Parte

Tercera parte

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En un corto, pero interesantísimo ensayo que recoge la revista cibernética Rebelión en su edición del 21 de marzo de 2009, el diplomático venezolano Alfredo Toro Hardy nos lanza una pregunta muy relevante: “¿Se encuentra Estados Unidos volcado hacia el futuro o hacia el pasado?”. Independientemente de que su poder mundial se encuentre o no en un proceso de decadencia, nadie puede negar que  los Estados Unidos son un país fundamental para enfrentar los enormes retos que agobian a la humanidad. La actitud que asuman los norteamericanos ante temas como el calentamiento global, la pobreza o la proliferación de armas nucleares puede resultar determinante porque, inevitablemente, influirá en la posición que asuman otras naciones del planeta. Además, los Estados Unidos se encuentran en un momento muy difícil de su historia, caracterizado por una profunda crisis económica (además, de quiebra moral), cuya solución requerirá que se dejen atrás prácticas e ideas del pasado. En consecuencia, determinar hacia dónde miran los norteamericanos –si al pasado o al futuro– es un asunto fundamental.

Alfredo Toro Hardy

Alfredo Toro Hardy

Toro Hardy es actualmente embajador de Venezuela en España, posición que ha ocupado en países como el Reino Unido, Estados Unidos, Brasil, Chile, Irlanda y Bahamas. También ha representado a Venezuela en la CEPAL y ha servido como  Director del Instituto de Altos Estudios Diplomáticos del Ministerio de Relaciones Exteriores de su país. Toro es autor de dieciséis  libros y co-autor de otros diez en materia de relaciones internacionales. Entre sus obras destacan: Hegemonía e imperio (Bogotá, Villegas Editores, 2007), La guerra en Irak: sus causas, riesgos y consecuencias (Caracas, Editorial Panapo, 2003) y The Age of Villages: The Small Village vs. The Global Village. (Bogotá, Villegas Editores, 2002). Además de su carrera diplomática, Toro Hardy ha destacado como profesor visitante  de varias universidades (Universidad de Princeton y Universidad de Brasilia) y como director del Centro de Estudios Norteamericanos de la Universidad Simón Bolívar.

Para responder a la pregunta que le inquieta, Toro desarrolla un valiosísimo análisis de los rasgos de la cultura política e idiosincrasia nacional norteamericana. Su análisis repasa elementos que ya hemos visto en autores ya reseñados, pero también incluye elementos novedosos y un balanceado enfoque crítico que llamó poderosamente mi atención.

El primer tema que toca el autor es el religioso y lo hace de una forma directa, sin ambigüedades: para Toro, los “excesos de religiosidad” convierten a los norteamericanos en “un pueblo más cercano a los fundamentalista del Medio Oriente, que  a sus congéneres de Occidente”. Palabras muy duras, pero sustentadas con hechos: según Toro Hardy, el 39% de los estadounidenses “interpreta literalmente” el contenido de la Biblia, el 46% de los cristianos  (71% de los evangélicos) creen en el Armagedón y el 31% de los norteamericanos cree “en un Dios bravo vengativo que castiga al no creyente”. Para rematar, el autor afirma que sólo uno de cada cuatro estadounidenses cree en la teoría de la selección natural. ¡Pobre Darwin!

De la religión Toro pasa al análisis lo que él identifica como el puritanismo social, es decir,  la tendencia norteamericana a “penalizar, regular, legislar o asignarle  un carácter patológico a las más insignificantes amenazas sociales”. Este un tema que no hemos tratado anteriormente, pues apunta más la esfera doméstica que a las relaciones internacionales de los Estados Unidos.  Herencia del pasado puritano estadounidense, esta noción cultural es la que lleva al 70% de los norteamericanos a respaldar la pena de muerte. Toro Hardy es dolorosamente claro: “Ningún otro país occidental visualiza la retribución a los delitos con igual dureza ni evidencia tal predilección por la pena de muerte”.

La  próxima característica analizada por Toro es una que ya hemos discutido en varias ocasiones, lo que no le resta vital importancia: el excepcionalismo. Los norteamericanos, señala el autor, se consideran un pueblo escogido por Dios, excepcional, moralmente superior. Esto les lleva a vivir lo que Toro identifica como una religión seglar basada en “la convicción de disponer de un modelo societario superior y de constituir la expresión de una historia excepcional en los anales humanos.”  Esta es un pieza clave para entender las historia de los Estados Unidos, pues ha estado presente –conciente o inconcientemente– en la mayoría de las acciones norteamericanas a nivel internacional, desde la guerra hispano-cubano-norteamericana hasta el desastre iraquí.

ToroDel excepcionalismo el autor pasa a un tema de la mitología nacional norteamericana que no habíamos tocada anteriormente: el espíritu de la frontera. La frontera es un concepto fundamental en el desarrollo histórico de los Estados Unidos, que se origina en el momento mismo de la fundación de los primeros asentamientos coloniales ingleses en la costa este a principios del siglo XVII. Citando a Ziauddin Sardar y Merryl Wyn Davies, Toro aclara que la frontera no era solamente un espacio geográfico, sino también una “expresión de ideas acerca del significado de la historia. Un genuino espacio mítico”. El espíritu de la frontera  responde a la creencia de “ser un pueblo que se ha forjado a sí mismo enfrentando peligros y amenazas”. Los norteamericanos viven con temor a la “hostilidad circundante”, de ahí su necesidad a estar armados a nivel individual y nacional. De los pieles rojas a los talibanes, siempre habido un enemigo que enfrentar, una amenaza que frenar. En otras palabras, los estadounidenses viven en un “paranoia extrema”, pues el peligro no desaparece no importa cuán armados estén los ciudadanos o el país. Ello explica dos cosas: que el derecho a portar armas sea sagrado en la sociedad norteamericana y que en 2007 los norteamericanos poseían 240 millones de armas de fuego.

Toro concluye de forma muy atinada que los Estados Unidos son una sociedad aplastada por la carga del pasado”. La sociedad norteamericana vive con el ropaje de la tradición, la inmovilidad y la rigidez social. En palabras del autor,

“La suya es una cultura de la ‘virtud’ asentada en valores inmanentes definidos por los padres fundadores en la que Dios y la protección divina constituyen referencias cotidianas. Una sociedad proclive a los fundamentalismos por la fijación en sus raíces y por la percepción de su sentido de ‘misión’”.

Todo ello contrasta con Europa, pues los Estados Unidos son una sociedad joven que “luce aferrada a su pasado”, mientras los europeos no temen “reinventarse y reconfigurarse”. La vieja Europa no le tema a la innovación, a la experimentación ni a los retos, los norteamericanos sí.

Lo curioso y contradictorio, según Toro, es que a nivel de la industria, la ciencia, tecnología, el entretenimiento y la academia, los Estados Unidos son un país vigoroso, no una nación envejecida.

“Así las cosas no encontramos con la curiosa paradoja de un país que a pesar de liderar al mundo en tantos sectores, sigue hablando y pensando de manera extrañamente arcaica. La suya es una incomprensible amalgama entre  factores extremos de tradicionalismo y modernidad”.

Toro Hardy concluye que los Estados Unidos se encuentran simultáneamente a la vanguardia del mundo moderno “y rebelión en contra del mundo moderno”, lo que explica lo complicado que es entender a los estadounidenses.

Concuerdo con la apreciación de Toro y admiro sus capacidad para sintetizar y presentar de forma balanceada y honesta un tema tan importante. Su mirada es muy certera y refleja una observación cuidadosa de la sociedad estadounidense. A pesar de ello, sospecho lo  que deben estar pensando algunos optimistas: la victoria de Barack Obama marcó el triunfo del futuro sobre el pasado, así que para qué perder el tiempo preguntándonos hacía donde van los Estados Unidos. No tan rápido, por favor. Aunque la Casa Blanca la ocupe un afro-americano inteligente y en busca de respuestas para los grandes retos que enfrenta su país, la vocación al pasado de los norteamericanos sigue viva y a la espera de una oportunidad para  sabotear la necesaria transformación de los Estados Unidos. Los patrones culturales y las mentalidades no mueren súbitamente, ni se suicidan. De no ser el caso, cómo explicar entonces la resistencia, por ejemplo, que las propuestas para un  plan médico universal ha generado en diversos sectores de la sociedad norteamericana. Invito a quienes aún no estén convencidos a escuchar los comentarios del  locutor radial y comentarista político conservador Rush Limbaugh. Me atrevo a concluir que la batalla entre el pasado y el futuro continúa, y que su desenlace será crucial para el destino de los Estados Unidos y el mundo.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 31 de marzo de 2009

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