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Reseña de “Estados Unidos más allá de la crisis”

Castillo Fernández, Dídimo y Gandásegui (Hijo), Marco A. (coordinadores): Estados Unidos más allá de la crisis, México, Siglo XXI y CLACSO, 2012. 537 páginas.*

Por Leandro Morgenfeld

Vecinos en conflicto 8 de julio de 2014

UnknownPara comprender América Latina hay que estudiar a Estados Unidos. Acostumbrados a interpretar nuestro pasado y presente a través del prisma de la academia anglosajona, a primera vista puede parecer extraño o antojadizo que se analice el devenir de la crisis estadounidense desde el punto de vista latinoamericano. Y eso es justamente lo que se propone este libro: desentrañar diversas aristas vinculadas con la actual crisis de la potencia hegemónica mundial, desde el punto de vista latinoamericano. Luego de seis años de labor colectiva, un conjunto de intelectuales de la región, en el marco de un Grupo de Trabajo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), presenta este libro, el tercero luego de Crisis de hegemonía de Estados Unidos y Estados Unidos: la crisis sistémica y las nuevas condiciones de legitimación. Coordinado por los sociólogos Dídimo Castillo Fernández y Marco A. Gandásegui, hijo, esta obra de nutre de 20 capítulos -sus autores son reconocidos investigadores de Argentina, Brasil, Colombia, Chile, Cuba, México, Panamá, Puerto Rico y Estados Unidos-, divididos en los tres grandes ejes que la articulan: Crisis mundial o crisis del capitalismo; Crisis de hegemonía y decadencia interna en Estados Unidos; Nueva geopolítica de Estados Unidos, escenarios para América Latina.
La primera parte trata sobre la crisis desatada en 2008 y las consecuencias para Estados Unidos y el resto del mundo a mediano y largo plazo. Theotonio Dos Santos analiza el carácter estructural de la misma; Carlos Eduardo Martins la compara con la de 1929 y avanza en planteos teóricos, abrevando en Marx, Braudel, Dos Santos y Marini; Orlando Caputo Leiva rebate los argumentos de quienes sostienen que es una crisis financiera; Jaime Ornelas Delgado se centra en el agotamiento del modelo económico neoliberal; y Gandásegui se ocupa de la crisis de hegemonía del sistema mundo, vinculándola con el cambio de época en el desarrollo capitalista.
La segunda parte plantea el debate sobre la declinación de Estados Unidos a nivel mundial. Adrián Sotelo Valencia sostiene el carácter estructural y global de la crisis, y discute con la idea de su posible encapsulamiento a partir de medidas correctivas; Katia Cobarrubias Hernández explica cómo la hegemonía financiera y monetaria de Estados Unidos, desde 1971, fue una de las causas de los desequilibrios actuales y terminó debilitando el propio dominio económico estadounidense; Daniel Munevar se centra en el déficit fiscal de Estados Unidos, su vínculo con la deuda pública y las opciones para evitar la depresión económica; Fabio Grobart Sunshine analiza el agotamiento relativo y la pérdida de liderazgo de Estados Unidos en materia de ciencia y tecnología, y las promesas incumplidas de Obama en relación a ese sector de punta; Castillo Fernández analiza los cambios en el proceso de producción y trabajo que acompañaron el neoliberalismo y el crecimiento de la informalidad, el desempleo y la precarización laboral, vinculados al aumento de la explotación; Alejandro I. Canales estudia la inmigración latinoamericana y la relaciona con el proceso de creciente precarización del trabajo; James Martín Cypher analiza las consecuencias regresivas de la crisis actual para los trabajadores y la clase media; y Jorge Hernández Martínez examina las redefiniciones ideológicas y los cambios en la geopolítica mundial a partir de la asunción de Obama, esencialmente continuador de la política exterior de Bush.
La tercera parte se centra en la nueva geopolítica de Estados Unidos, la política exterior de Obama hacia América Latina -en su primer año y medio como presidente- y también en los potenciales escenarios para la región. Darío Salinas Firgueredo analiza las supuestas amenazas actuales a la seguridad estadounidense, la ubicación de la región en la agenda de ese país y las respuestas latinoamericanas; Luis Suárez Salazar critica las estrategias del “gobierno permanente” de Estados Unidos hacia el resto del continente americano, enfatizando las continuidades Bush-Clinton-Bush(h)-Obama, por sobre las rupturas; Silvina M. Romano desarrolla una perspectiva crítica del vínculo entre democracia y desarrollo, y su relación con la seguridad, desde los años sesenta hasta la actualidad; Jaime Zuluaga Nieto se centra en los cambios en las políticas de seguridad y en su incidencia en América Latina, desde los atentados de septiembre de 2001; María José Rodríguez Rejas explica cómo las transformaciones en la política de seguridad hemisférica inciden en el proceso de militarización de América Latina, enfocándose en los proyectos del Plan México y el Plan Colombia; Catalina Toro Pérez indaga en las continuidades en la política de Washington hacia la región y se pregunta si hay posibilidad de alternativas; y Gian Carlo Delgado Ramos estudia el papel de los recursos naturales -en particular los minerales estratégicos- en las relaciones interamericanas, contraponiendo las nociones de seguridad que plantea el gobierno estadounidense con el concepto de “seguridad ecológica”.
Además, completan el libro una Presentación, escrita por Theotonio dos Santos, un Prólogo, de John Saxe-Fernández, y una Introducción, a cargo de los dos coordinadores de la obra. El reconocido teórico brasilero de la teoría de la dependencia reafirma justamente la necesidad imperiosa de estudiar a Estados Unidos y el sistema imperial desde el punto de vista de América Latina y recuerda los obstáculos enfrentados desde los años setenta: “Fue difícil establecer una tradición de investigación sobre Estados Unidos en la región. La idea es de que bastaban los estudios hechos en Estados Unidos para informarnos sobre lo que era y lo que pasaba en ese país” (p. 7). Reivindica este libro, entonces, como parte de la lucha contra los retrasos de la academia latinoamericana en institucionalizar el estudio sistemático de los intereses y estrategias de los poderes del centro del sistema imperialista, producto de la mentalidad subordinada y dependiente que promueven las oligarquías locales y sus aliados externos.
Este análisis del centro imperial, desde una de las regiones históricamente más subordinadas al poder de Washington, se inscribe en la creciente preocupación por la reversión de esa dependencia. En palabras de Saxe-Fernández, “Los lazos oligárquico-imperiales de sujeción económica, empresarial y policial militar, se basan en la propensión histórica de las oligarquías criollas a estar satisfechas y hasta propiciar arreglos de coparticipación en la apropiación del excedente y en el manejo fiscal, presupuestal y de seguridad de las naciones que depredan: ya hay condiciones y contradicciones para superar esa trabazón de intereses” (p. 21). El desafío de este colectivo de investigación, que se proyecta a futuro en el marco de un nuevo Grupo de Trabajo CLACSO para el período 2013-2016, es entender el carácter de la crisis estadounidense, el devenir de la declinación imperial y las alternativas que este proceso presenta para Nuestra América en el siglo XXI, en la marco de su histórica lucha emancipadora.

*Revista de la Red Intercátedras de Historia de América Latina Contemporánea (Segunda Época), Año 1, N° 1, Córdoba, Junio de 2014. ISSN 2250.7264

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Originalmente publicado en La Historia Del Día:

Jorge Gómez Barata *
Altercom*

 

 

 
 

Todas las sociedades, en todas las épocas, han tenido en alta estima los méritos militares de sus hijos y muchas veces la carrera de las armas condujo a la política, más rentable y menos peligrosa. Estados Unidos, no son una excepción, necesitó guerras para conquistar territorios, riquezas, posiciones estratégicas, accesos y otros componentes geopolíticos y mantener la hegemonía. Para los imperios, la guerra no es una anomalía, sino un modo de ser.

 

Casi todos los presidentes norteamericanos, a partir de Madison, han tenido al menos una guerrita. McKinley fue el primero en provocar una y Polk lo emuló en México. Abrahán Lincoln condujo la única interna; Wilson rompió el aislacionismo al involucrarse en la primera Guerra Mundial. Roosevelt fue el que más brilló conduciendo al país durante la II Guerra Mundial. Truman protagonizó la mayor matanza sacrificando a Hiroshima, mientras…

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The New York Times

 


July 2, 2013

Why the Civil War Still Matters

 

By ROBERT HICKS

FRANKLIN, Tenn. — IN his 1948 novel “Intruder in the Dust,” William Faulkner described the timeless importance of the Battle of Gettysburg in Southern memory, and in particular the moments before the disastrous Pickett’s Charge on July 3, 1863, which sealed Gen. Robert E. Lee’s defeat. “For every Southern boy fourteen years old,” he wrote, “there is the instant when it’s still not yet two o’clock on that July afternoon.”

That wasn’t quite true at the time — as the humorist Roy Blount Jr. reminds us, black Southern boys of the 1940s probably had a different take on the battle. But today, how many boys anywhere wax nostalgic about the Civil War? For the most part, the world in which Faulkner lived, when the Civil War and its consequences still shaped the American consciousness, has faded away.

Which raises an important question this week, as we move through the three-day sesquicentennial of Gettysburg: does the Civil War still matter as anything more than long-ago history?

Fifty years ago, at the war’s centennial, America was a much different place. Legal discrimination was still the norm in the South. A white, middle-class culture dominated society. The 1965 Immigration and Nationality Act had not yet rewritten our demographics. The last-known Civil War veteran had died only a few years earlier, and the children and grandchildren of veterans carried within them the still-fresh memories of the national cataclysm.

All of that is now gone, replaced by a society that is more tolerant, more integrated, more varied in its demographics and culture. The memory of the war, at least as it was commemorated in the early 1960s, would seem to have no place.

Obviously, there are those for whom Civil War history is either a profession or a passion, who continue to produce and read books on the war at a prodigious rate. But what about the rest of us? What meaning does the war have in our multiethnic, multivalent society?

For one thing, it matters as a reflection of how much America has changed. Robert Penn Warren called the war the “American oracle,” meaning that it told us who we are — and, by corollary, reflected the changing nature of America.

Indeed, how we remember the war is a marker for who we are as a nation. In 1913, at the 50th anniversary of Gettysburg, thousands of black veterans were excluded from the ceremony, while white Union and Confederate veterans mingled in a show of regional reconciliation, made possible by a national consensus to ignore the plight of black Americans.

Even a decade ago, it seemed as if those who dismissed slavery as simply “one of the factors” that led us to dissolve into a blood bath would forever have a voice in any conversation about the war.

In contrast, recent sesquicentennial events have taken pains to more accurately portray the contributions made by blacks to the war, while pro-Southern revisionists have been relegated to the dustbin of history — a reflection of the more inclusive society we have become. As we examine what it means to be America, we can find no better historical register than the memory of the Civil War and how it has morphed over time.

Then again, these changes also imply that the war is less important than it used to be; it drives fewer passionate debates, and maybe — given that one side of those debates usually defended the Confederacy — that’s a good thing.

But there is an even more important reason the war matters. If the line to immigrate into this country is longer than those in every other country on earth, it is because of the Civil War.

It is true, technically speaking, that the United States was founded with the ratification of the Constitution. And it’s true that in the early 19th century it was a beacon of liberty for some — mostly northern European whites.

But the Civil War sealed us as a nation. The novelist and historian Shelby Foote said that before the war our representatives abroad referred to us as “these” United States, but after we became “the” United States. Somehow, as divided as we were, even as the war ended, we have become more than New Yorkers and Tennesseans, Texans and Californians.

And Gettysburg itself still matters, for the same reason Abraham Lincoln noted so eloquently in his famous address at the site on Nov. 19, 1863. The battle consecrated the “unfinished work” to guarantee “that this nation, under God, shall have a new birth of freedom — and that government of the people, by the people, for the people, shall not perish from the earth.”

In that way, the Civil War is less important to the descendants of those who fought in it than it is to those whose ancestors were living halfway around the globe at the time. For if you have chosen to throw your lot in with this country, the American Civil War is at the foundation of your reasons to do so.

True, we have not arrived at our final destination as either a nation or as a people. Yet we have much to commemorate. Everything that has come about since the war is linked to that bloody mess and its outcome and aftermath. The American Century, the Greatest Generation and all the rest are somehow born out of the sacrifice of those 750,000 men and boys. None of it has been perfect, but I wouldn’t want to be here without it.

Robert Hicks is the author of the novels “The Widow of the South” and “A Separate Country.”

 

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AHA

La American Historical Association (AHA), la asociación de historiadores  más antigua y prestigiosa de los Estados Unidos, acaba de reinaugurar su blog AHA Today. Por la variedad de sus contenidos, éste es un recurso muy valioso para aquellos interesados en el estudio e investigación de la historia estadounidense.

 

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Originalmente publicado en La Historia Del Día:

Dídimo Castillo Fernández. Marco A. Gandásegui, hijo. [Coordinadores]

CLACSO Coedicioneshttp://www.clacso.org.ar/

ISBN 978-607-03-0437-8

CLACSO.  Siglo XXI Editores. Facultad de Ciencias Políticas y Sociales/UAEM.

México DF. Noviembre de 2012

 Estados Unidos más alláde la crisis

 

El presente libro, Estados Unidos. Mas allá de la crisis, está integrado por 20 capítulos resultantes de la investigación realizada por el grupo de trabajo Estudios sobre Estados Unidos del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO). El libro analiza la crisis capitalista actual, su carácter y efectos sobre Estados Unidos, así como sus relaciones con América Latina y el resto del mundo. La recesión, que afectó sobre todo a Estados Unidos, tiene por lo menos dos interpretaciones. La primera, que sostiene que el ciclo económico debe contrarrestarse con políticas que garanticen la recuperación del sector financiero mediante políticas de austeridad. La segunda interpretación de la crisis tiene como eje lo que los analistas consideran el colapso de…

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Black History Month

188093_113842875308104_6230891_n[1]En Estados Unidos se dedica el mes de febrero a conmemorar y recordar los eventos históricos  y personajes de la comunidad afroamericana. El llamado Black History Month, que se viene celebrando desde la década de 1920,  ha servido para reafirmar la identidad de los afroamericanos, subrayando sus aportaciones, recordando los abusos e injusticias a las que fueron sometidos desde que sus ascentros llegaron encadenados de África y celebrando a sus héroes y mártires. La página web de la American Historical Association nos regala una lista de recursos on-line relacionados con el Black History Month. La lista ha sido recopilada por Jessica Pritchard e incluye una impresionante selección de mapas, documentos, biografías, etc. Comparto con ustedes esta lista de recursos. No puedo dejar de preguntarme si una celebración similar sería posible en el Perú. ¿En Puerto Rico?

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima 9 de febrero de 2013

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Tapa definitiva Vecinos en conflictoAcabo de leer un libro que me resultó, además de interesante, muy instructivo. Me refiero a Vecinos en conflicto: Argentina y Estados Unidos en las Conferencias Panamericanas (1880-1955). Escrito por Leandro Morgenfeld y publicado en 2011 por Ediciones Continente, Vecinos en conflicto es un estudio concienzudo del desarrollo de las relaciones argentino-estadounidenses desde las últimas décadas del siglo XIX hasta mediados del siglo XX.  Morgenfeld no es un autor ajeno a esta bitácora, pues en octubre pasado compartimos sus comentarios sobre el cincuentenario de la Crisis de los misiles. Doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires, Morgenfeld es, sin lugar a dudas, uno de los analistas latinoamericanos de las relaciones interamericanas más destacados en la actualidad.

Este libro, tesis doctoral de su autor, enfoca el desarrollo de las relaciones argentino-estadounidenses a través de un análisis profundo de la interacción entre ambas naciones en las diez conferencias panamericanas realizadas entre 1889 y 1954.  Según Morgenfeld, durante gran parte de ese periodo, Argentina saboteó o entorpeció los intentos norteamericanos de usar las conferencias panamericanas como herramienta para adelantar sus intereses económicos y geopolíticos en el hemisferio occidental. Este enfrentamiento argentino-norteamericano estuvo definido por varios factores: el carácter competitivo  de las economías argentina y estadounidense, las políticas arancelarias norteamericanas, la orientación europeísta de la Argentina –dada la dependencia de su oligarquía en el mercado británico–, el nacionalismo argentino y las aspiraciones hegemónicas de Estados Unidos.

La extensión y profundidad del análisis de este libro –unidos a la naturaleza de esta bitácora– me obligan a limitar mis comentarios a los puntos más significativos del trabajo de Morgenfeld. Comenzaré con su enfoque teórico.

Leandro-Morgenfeld

Leandro Morgenfeld

Morgenfeld parte de una visión materialista histórica en la que las relaciones internacionales se fundamentan en elementos de carácter económico-sociales comprendidos “en el marco de las relaciones políticas, económicas, sociales, estratégicas e ideológicas más generales.” (422) De ahí que afirme que las políticas externas de Argentina y Estados Unidos estuvieron “determinadas por los intereses económicos sociales que defendían las clases dirigentes de sus países”. (424) Morgenfeld, consciente de las limitaciones de este tipo de argumento, plantea que “esto no quiere decir que respondieran mecánica ni automáticamente  a las necesidades de las clases dominantes y de los capitales argentinos y estadounidenses, sino que la dirección de dichas políticas podía desplegarse, en el mediano y largo plazo, según los límites que imponían estas necesidades.” (424) El autor reconoce, además, la influencia de otros factores en este proceso: las coyunturas en que se desarrollaron cada una de las conferencias panamericanas, las luchas políticas internas, las disputas de carácter ideológico, los aspectos estratégicos, los aspectos culturales y los individuos (las ambiciones personales de los representantes poíticos y diplomáticos de cada país).  En otras palabras, Morgenfeld tiene claro que los factores económicos-sociales no se dan un vacío político, ideológico o cultural.  Este es un acercamiento que me parece valioso, ya que resalta la importancia de las clases sociales en el estudio de las relaciones internacionales sin caer en determinismos.

Delegados de la Primera Conferencia Panamericana, Washington, 1889

Delegados de la Primera Conferencia Panamericana, Washington, 1889

Como parte de su enfoque materialista, el autor se muestra muy preocupado por ubicar las relaciones argentino-estadounidense en el contexto del desarrollo del capital y de las luchas inter-imperialistas. De ahí que preste atención al papel y evolución de Argentina como país dependiente y exportador, y el de Estados Unidos como potencia industrial y financiera ascendente. Esta evolución, y  el carácter competitivo de las economías de ambos países, determinó la participación de la delegación argentina en las conferencias panamericanas. En otras palabras, las disputas comerciales causadas por el efecto del proteccionismo estadounidense sobre los productos argentinos fue un factor determinante en la actitud que Argentina asumió frente a las propuestas norteamericanas. Durante el periodo analizado por el autor, los intereses agropecuarios norteamericanos fueron capaces de bloquear o limitar el acceso de los productos argentinos al mercado del vecino del norte, mientras que Argentina importaba cada vez más productos estadounidenses.  Los delegados argentinos en las conferencias buscaron, infructuosamente, revertir esta relación asimétrica. Esta situación unida al hecho de que hasta mediados del siglo XX la relación con Estados Unidos era mucho menor que la que los argentinos mantenían con Europa, llevaron a Argentina “a ser quizás el país más escéptico respecto al proyecto panamericano que impulsaba el país del Norte para consolidar su hegemonía en la región”. (428)

Para detener el avance norteamericano en América Latina, Argentina buscó “encolumnar tras de sí a los países latinoamericanos, con desigual éxito, según las coyunturas diversas.” (428) Argentina logró sabotear los planes estadounidenses  en la misma Primera Conferencia Panamericana celebrada en Washington en 1889. En los primeros años del siglo XX, Argentina mantuvo en jaque a los estadounidenses al cuestionar el intervencionismo norteamericano en el Caribe y América Central. Entre 1914 y 1929,Argentina mantuvo lo que el autor describe como un triángulo económico con Estados Unidos y Gran Bretaña. El vecino norteamericano pasó a ser su principal inversor  extranjero mientras se mantuvo una relación comercial especial con los británicos. Durante este periodo el gobierno argentino mantuvo sus críticas contra las intervenciones estadounidenses en América Central y contra el proteccionismo estadounidense. Durante los años de crisis iniciados en 1929, se mantuvo la relación triangular.

Pan-American Conference in Rio de Janeiro, 1906

Delegados de la Tercera Conferencia Panamericana, Rio de Janeiro, 1906

El principal conflicto en las relaciones argentino-estadounidenses se dio durante la segunda guerra mundial por la negativa de Argentina a romper relaciones diplomáticas con los países del Eje, por lo que quedo fuera del sistema interamericano. El gobierno argentino insistió en mantener su neutralidad por la “fuerza y presión de los sectores nacionalistas, neutralistas y antiestadounidenses.” (429)  Gran Bretaña, consciente de que Estados Unidos buscaba desplazarle, fue mucho más tolerante con la neutralidad argentina. Una vez acabado el conflicto mundial, las necesidades geopolíticas de la recién estrenada guerra fría jugaron a favor de la readmisión de Argentina en el sistema interamericano.

En el periodo de la posguerra, Argentina asumió una actitud mucho más cooperativa con Estados Unidos  por varias razones. Primero, porque la reciente dependencia en las importaciones estratégicas, préstamos e insumos militares estadounidenses debilitó la capacidad de resistencia argentina. Segundo, porque el fracaso de su proyecto de desarrollo, obligó a Perón a buscar un acercamiento con Estados Unidos, dulcificando las posiciones y actitudes argentinas. Perón buscaba ayuda económica y financiamiento estadounidenses y por ello adoptó una estrategia de negociación. Tercero, porque el poderío e influencia de Estados Unidos hacían más difícil a Argentina enfrentar a su vecino del Norte o influir sobre las demás naciones americanas. A pesar de todo ello, las relaciones bilaterales no siempre fueron buenas, especialmente, por la política “tercermundista” de Perón.

Morgenfeld concluye que la  “continuidad que se observa, en los 75 años analizados, es el enfrentamiento o bien la reticencia argentina a seguir las políticas estadounidenses en el continente”. (430) Es necesario subrayar que la actitud argentina frente a las aspiraciones hegemónicas norteamericanas no fue producto de visiones o actitudes anti-imperialistas o latinoamericanistas, sino mas bien consecuencia de la vinculación-dependencia de la oligarquía argentina con Europa. De acuerdo con el autor, Argentina fue incapaz de desarrollar una agenda propia o de promover la integración latinoamericana frente a Estados Unidos por su condición de nación dependiente y la actitud europeísta y racista de su oligarquía.

George Marshall se dirige a la Novena Conferencia Panamericana en Bogotá, 1948

No puedo terminar si hacer un varios cometarios finales. Comenzaré con el tema del panamericanismo, que por razones obvias es uno central en esta obra. Para el autor, el panamericanismo estadounidense respondía a  “necesidades geoestratégicas” y económicas. El gobierno estadounidense impulsó el panamericanismo como una herramienta para enfrentar la presencia de otras potencias capitalistas en la región americana y el América del Sur en particular. Es necesario recordar que los europeos –especialmente, los británicos– disfrutaron hasta la primera guerra mundial de una posición dominante en el comercio y las inversiones extranjeras en América del Sur.  El panamericanismo respondía, según el autor, a las necesidades de “los grandes exportadores estadounidenses” que querían ampliar sus mercados externos  y del interés de  los capitalistas financieros de ampliar su presencia en América del Sur.  En términos estratégicos, el panamericanismo buscaba “afirmar la unidad –bajo la hegemonía estadounidense­– del continente americano, que incluyera formas de resolver los litigios, de llegar acuerdos de paz, de establecer la defensa continental y de repeler potenciales ataques extracontinentales. Era la puesta en práctica, en algún sentido, de la vieja doctrina Monroe.” (423) En conclusión, los estadounidenses usaron  el panamericanismo como una herramienta para expansión de su capital y para “horadar” la presencia hegemónica británica en América del Sur.

Uno de los puntos que más me sorprendió de este libro es que su autor identifica la presencia de puertorriqueños como miembros de la delegación estadounidense a dos conferencias panamericanas: la Tercera Conferencia Panamericana (Rio de Janeiro, 1906) y la Octava Conferencia Panamericana (Lima, 1938). A la reunión de Rio acudió Tulio Larrinaga y a la conferencia de Lima Emilio del Toro, Juez Presidente de la Corte Suprema de Puerto Rico. Por razones obvias, Morgenfeld no le presta mayor atención a este punto que también ha pasado inadvertido para la historiografía puertorriqueña. ¿Quién decidió la presencia de estos puertorriqueños en la delegaciones estadounidenses? ¿Qué se buscaba con ello? ¿Qué papel jugaron ambos durante las reuniones panamericanas? Estas son peguntas que, a mi entender, merecen ser atendidas, ya que podrían aportar en el estudio de un tema más amplio: el papel jugado por la colonia más antigua del mundo en la diplomacia latinoamericana de su metrópoli.

Debo también destacar un elemento metodológico: Vecinos en conflictos es el resultado de un impresionante trabajo de investigación en  archivos argentinos y estadounidenses. Morgenfeld consultó las fuentes contenidas por el Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto de la República Argentina (AMREC) y por la National Archives and Records Administration (NARA) en Washington D.C.. La combinación y análisis crítico de fuentes argentinas y estadounidenses le imprimen a este libro una gran profundidad y seriedad metodológica.

Relaciones Peligrosas. Argentina y EEUUPara terminar, este libro es una aportación muy valiosa al estudio no sólo de las relaciones argentino-estadounidenses, sino también de las relaciones interamericanas en general. Morgenfeld hace un excelente trabajo analizando la interacción argentino-estadounidense en las conferencias panamericanas en un marco regional amplio. Vecinos en conflicto subraya también  la importancia del estudio de Estados Unidos en América Latina. Es por todo ello que me genera gran expectativa la salida del próximo libro de Morgenfeld  Relaciones peligrosas. Argentina y Estados Unidos(Buenos Aires: Capital Intelectual, diciembre 2012), que, además, se da en una coyuntura muy interesante como consecuencia del embargo de la Fragata Libertad y del fallo del Juez Thomas Griesa, ordenándole a Argentina pagar $1450 millones a los fondos buitre.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, 1ro de diciembre de 2012

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