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Posts Tagged ‘Historia de Estados Unidos’

El sociólogo norteamericano Norman Birnbaum examina la trascendencia histórica de los discursos pronunciados por John F. Kennedy en 1963, justo cuando estamos a punto de comemorar el cincuentenario del asesinato del trigésimo quinto presidente de Estados Unidos. 

Los otros discursos de Kennedy

Por Norman Birnbaum

16 de agosto de 2013

El país

Eva Vázquez

Eva Vázquez

La visita del presidente Kennedy a Berlín Occidental el 26 de junio de 1963, la entusiasta acogida de las multitudes y su apasionado discurso en el Ayuntamiento son ya legendarios. Allí proclamó que Estados Unidos defendería a la ciudad rodeada. Pero ya en agosto de 1961 Kennedy había comprendido que la construcción del Muro era, para la Unión Soviética y Alemania Oriental, el reconocimiento de la existencia de Berlín Occidental y sus ocupantes aliados. Hubo tensión entre las superpotencias (por el derecho de los aliados a entrar en Berlín Este), pero Jruschov y Kennedy retiraron sus carros de combate de Checkpoint Charlie. Algunos norteamericanos, como el general Clay, que había dirigido en 1948 el puente aéreo de abastecimiento a la ciudad, eran partidarios de derribar el Muro. Kennedy le escuchó con el mismo escepticismo que mostraría cuando los generales y asesores exigieron atacar Cuba durante la crisis de los misiles de noviembre de 1962. En Berlín, varios acuerdos locales sobre transacciones económicas y visitas familiares aliviaron a los habitantes de los dos lados. También se iniciaron los pasos hacia una reconciliación que sería el legado de Willy Brandt, continuado por Schmidt y Kohl.

En su breve discurso en el Ayuntamiento, Kennedy elogió el valor de los berlineses, denunció el poder comunista en términos muy duros y dijo que había escasas posibilidades de que la situación mejorase. Sus asesores Arthur Schlesinger y Theodore Sorensen, que estaban con él en Berlín, dieron a su siguiente discurso, en la Universidad Libre, un tono muy distinto, con la predicción de que el enfrentamiento entre los bloques sería sustituido por el reconocimiento de la coexistencia como interés común. Kennedy pidió a los ciudadanos de Occidente que, en lugar de malgastar energías en congratularse, promovieran la justicia social y económica en sus sociedades. Habló del movimiento de los derechos civiles y dijo que los “vientos de cambio” soplaban en contra del Telón de Acero: una frase tomada del primer ministro británico Harold Macmillan, que la había utilizado en Sudáfrica en 1960 para pedir el fin del apartheid.

Ese segundo discurso de Kennedy en Berlín expresó su visión política más general. En la primavera de 1963 estaba fue que eran factibles preocupado por la disparidad entre su imagen, muy muchas cosas que se favorable tanto en Estados Unidos como en el mundo, y creían imposibles unos logros que consideraba mediocres. No le gustaban los triunfalistas que veían la retirada de los misiles soviéticos de Cuba como una victoria sobre el adversario; él pensaba que se había evitado la guerra nuclear por los pelos. En la clase dirigente estadounidense, muchos, incluidos sus propios jefes militares, criticaban abiertamente que no hubiera aprovechado la crisis para expulsar a la URSS de Europa del Este o incluso para acabar con ella. Sabía que a Jrushchov le angustiaba la locura de Mao, dispuesto a asumir el peligro nuclear, y que muchos militares y políticos soviéticos no le perdonaban que dialogara con Estados Unidos. Kennedy temía otra crisis en la que los líderes políticos de las superpotencias no lograran arrebatar a sus generales el control de los acontecimientos. Los estadounidenses estaban aún atrapados en una cultura llena de imágenes de guerra nuclear y creían que ellos (y unos cuantos aliados obedientes) eran los únicos buenos. El presidente pensaba que la situación era aún muy delicada y deseaba contar con la cooperación soviética para fomentar la coexistencia. Pero antes tenía que tranquilizar a su propio país.

El 10 de junio pronunció en la American University de Washington un discurso en el que atrevió a ir mucho más allá que cualquier otro presidente. Insistió en la humanidad común de las poblaciones de los dos bloques, elogió a la Unión Soviética por sus sacrificios durante la guerra, se declaró dispuesto a colaborar para hacer posible, poco a poco, la coexistencia. Para su consternación, la reacción estadounidense fue tibia. En Rusia, la respuesta fue positiva, y el texto se publicó en la prensa, un hecho extraordinario para la época.

Kennedy estaba negociando con Jrushchov a traves de intermediarios extraoficiales. Su asesor científico, el físico Jerome Wiesner, había ido a Moscú para tantear la posibilidad de un acuerdo sobre la limitación de las pruebas nucleares. Tras el discurso del 10 de junio, Kennedy envió a Averell Harriman, que regresó con dicho tratado, que el Senado estadounidense ratificó por amplio margen ese otoño.

Mientras tanto, Estados Unidos se debatía con su más grave problema social. Los afroamericanos del sur exigían acabar con la segregación y que se les reconociera la plena igualdad civil teóricamente concedida desde hacía un siglo, y la sociedad estaba dividida. Al día siguiente de las palabras sobre la guerra fría, en un apasionado discurso televisado, Kennedy declaró que era un problema moral y necesitaba una respuesta moral. El discurso del 11 de junio no estaba planeado como el anterior, sino que fue una respuesta al intento del racista gobernador Wallace de Alabama de impedir que los afroamericanos asistieran a la universidad pública del Estado. En el plazo de unos días, Kennedy arriesgó su presidencia y sus posibilidades de reelección. Desafió el nacionalismo desmesurado y a quienes se beneficiaban de él y se atrevió a enfrentarse a las patologías más profundas del espíritu nacional. Cuando, dos semanas después, en la Universidad Libre de Berlín, pidió a las democracias occidentales que aceptaran los riesgos del progreso, era la encarnación de la autenticidad.

La guerra fría no terminó con la unificación de Alemania (profetizada por Kennedy en la Universidad Libre). Ya había perdido mucha intensidad. Sucesivos acuerdos internacionales, algunos tácitos e incluso negados, evitaron los peligros de conflictos involuntarios. Y las poblaciones de los dos bloques rechazaron la nuclearización de la política internacional.

Los choques continuaron. Pero, en 1973, Estados Unidos y la URSS no consintieron que Egipto e Israel les arrastraran y la URSS no a una guerra. Sus intervenciones como superpotencias consintieron que Egipto culminaron en derrotas militares y morales, para Estados e Israel les arrastraran a Unidos en Vietnam y para la Unión Soviética en Afganistán. una guerra La debacle del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia en 1968 se compensó con la brutalidad del apoyo estadounidense al golpe chileno de 1973. La temeridad de las superpotencias al estacionar nuevos misiles nucleares en Europa a finales de los setenta causó malestar en los dos bandos. La agitación hizo más poroso el Telón de Acero. En 1971 se firmaron los acuerdos de Helsinki, que tuvieron las consecuencias imprevistas. El bloque soviético aceptó las cláusulas sobre derechos humanos como algo inocuo. Pocos occidentales comprendieron su importancia: recuerdo a Kissinger dormitando en la reunión. Sin embargo, esas cláusulas fueron la base que dio legitimidad política a los grupos de oposición a las dictaduras en la Europa soviética y estimularon la democratización en Portugal y España.

Todo aquello podía no haber ocurrido. Poca gente lo predijo. Los discursos de Kennedy tuvieron gran trascendencia histórica porque mostraron que muchas cosas que se creían imposibles eran factibles. Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan y Bush padre abordaron las negociaciones con la URSS con normalidad. Los socialdemócratas y demócratas liberales de Alemania, con gran respaldo de la Iglesia protestante, lograron una serie de acuerdos con la República Democrática Alemana y la Unión Soviética. El Vaticano ejerció su propia diplomacia en el Este, con especial repercusión en Hungría y Polonia.

Los discursos de Kennedy de hace 50 años imaginaron la normalización de la política mundial y la eliminación gradual de la posibilidad de un fin apocalíptico para la humanidad. Hace 50 años, cualquier gran error político podía ser fatal. Hoy no son más que errores. Freud dijo que, cuando el psicoanálisis sustituía el sufrimiento neurótico por una infelicidad humana normal, eso era una gran victoria. El deseo de Kennedy de un mundo pacificado, hasta ahora, nos ha aportado una infelicidad normal, pero él se refirió además a algo más profundo. Si eso le costó su vida unos meses después es materia para otra reflexión.

Norman Birnbaum es catedrático emérito de la Universidad de Georgetown.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Fuente: http://elpais.com/elpais/2013/07/03/opinion/1372842683_799232.html

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In Defense of the Late, Great Howard Zinn

By Norman Markowitz

8-20-13

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The former right-wing Republican governor of Indiana, Mitch Daniels, now president of Purdue University, launched a contemptible but predictable assault on the late Howard Zinn, part of wave of attacks which have rightly been called “the assassination of a dead man.”

Meanwhile an informal poll taken last year by the History News Network, asking historians to name the “the least credible history book in print” had Zinn’s, whom I had the privilege of knowing, and his A People’s History of the United States come in “second.” Daniels has demanded to a state education official that this “truly execrable piece of disinformation” not be in use in Indiana schools.

First, let’s look at the nonsense results of the poll. Have the respondents looked at the books that are in print? Racist, reactionary works of history portraying slavery in the U.S. as abenign system, attacking Franklin Roosevelt for being behind the Pearl Harbor attack, hailing Joseph McCarthy has a heroic statesman?

And those are merely a few highlights of works about U.S history. And then there is Pat Buchanan’s Churchill, Hitler, and the Unnecessary War, whose interpretations of World War II would have won prizes from Hitler’s Reich Ministry of Propaganda seventy years ago.

The historians who are dismissing Howard Zinn today are giving left-handed compliments to the influence of his A People’s History of the United States, which has reached tens of millions through the world.

A People’s History was and is a general text, like William Appleman Williams’s Tragedy of American Diplomacy and Contours of American History – and for that matter Richard Hofstadter’s American Political Tradition and Age of Reform. Good history, as a distinguished professor of mine at the University of Michigan forty-five years ago, the late John Higham, is not based on the “jam-packed synthesis” saying everything from all sides that you are expected to say with footnotes and then, “this was my interpretation of this statement.” You end up saying nothing. All historians make choices as they develop their narratives. Williams and Hofstader were in their general texts as historians no better or worse than Howard Zinn. Their choices were different based on their frameworks. Howard Zinn, like William Appleman Williams, challenged the dominant ideology the conventional wisdom. His success tells us more about that conventional wisdom, its relevance, and also those who purveyed and continue to purvey it than his work

Frankly, I have my own interpretative difference with Howard Zinn on his treatment of Columbus, the American Revolution, and other issues, but that does not in any way limit my enormous respect for him as both a scholar and an activist, the opposite of many of his critics, the “scholar squirrels” as Gore Vidal called them, who amass great quantities of facts and footnotes and then bury them, either afraid to interpret them outside of conventional wisdoms or really not having any intellectual framework that would enable them to do so.

As a student at City College and a graduate student at the University of Michigan I learned to read between the lines of such works, taking what I regarded as the honest fair data from them and ignoring the interpretations that often contradicted such data.

The New York Times article quotes a number of historians who have criticized Zinn — who, by the way, was a political scientist and not a historian — defending his “right” to his interpretations. If this were the 1950s, that would be very important. Today, I would say, “big deal.” Some of these writers also have, in textbooks and other works, written broad interpretive histories of events which have had limited sales and recognition, to say the least.

It is the influence of Howard Zinn’s work in the U.S and internationally which Daniels and his political associates seek to censor and which some of his critics perhaps envy, along with his remarkable ability to beat the academic system.

John Silber, the viciously right-wing president of Boston University, denounced Zinn when he was a faculty member and froze his salary. In 1988, when I participated in a doctoral dissertation defense in history on a committee on which Zinn was a member (traveling to Boston University) the travel expenses and hotel accommodations expenses that I was supposed to receive were blocked, I was told, because Silber found out that Zinn was on the committee. Actually, this was the first time in which I was the victim of a kind of red-baiting where I had not been the target but an “innocent bystander,” and I found that amusing.

Meanwhile, Howard Zinn’s A People’s History of the United Statesearned him very large sums of money, greater than whole departments of his critics. In our capitalist society today, this is the kind of retribution that the capitalist class most understands.

John Silber (who actually ran as the Democratic candidate for governor of Massachusetts in 1990 in a bizarre election in which progressive voters voted Republican) died last year. Howard Zinn died three years ago. Silber is and will continue to be an ugly footnote to history, except perhaps for Mitch Daniels and his ilk.

Howard Zinn, following the tradition of the founder of the Progressive School of U.S. history, Charles Beard, wrote a “usable past” for the people, not for the economic/political establishments and their academic and popular servants. Beard, Williams, Zinn, and others had had to endure the vilifications of inquisitors that their works were “anti-American” because they disputed policies which usually resulted in disaster for the American people. That is an undertone of some of the attacks today.

He understood, unlike his academic critics, that intellectual freedom(which academic tenure gives those who receive it in the university world) means nothing unless you use it. And he used it brilliantly. Zinn’s diverse work, books, articles essays, plays, audio and video materials available through the internet, will continue to make history relevant to contemporary society whereas the work of his critics will be read and catalogued with the proper footnotes only be those like themselves.

Norman Markowitz is a professor of twentieth-century U.S. political history at Rutgers University, where he teaches from a Marxist perspective. He received his PhD from the University of Michigan in 1970.

Fuente: http://hnn.us/articles/defense-late-great-howard-zinn

 

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Gracias al gran trabajo de difusión del Reportero de la Historia, puedo compartir con mis lectores este interesante artículo escrito por Felipe Portales y publicado en Clarín. En su artículo, titulado “El negacionismo estadounidense”, Portales critica lo que él describe como la tendencia de los estadounidenses a negar “hechos evidentes de su realidad histórica”,  y que no es otra cosa que una manifestación de la idea del excepcionalismo norteamericano que hemos examinado en esta bitácora en varias ocasiones.

El negacionismo estadounidense

Felipe Portales

Clarín, 19 de agosto de 2013

El término “negacionismo” se ha acuñado para referirse a los intentos de negar la verdad histórica respecto del genocidio sufrido por el pueblo judío bajo el nazismo, el peor crimen contra la humanidad cometido en la historia. Pero en el fondo apunta a un concepto tan viejo como la misma humanidad: a la idea de que personas, grupos o naciones son muchas veces dominados por la tentación de negar hechos evidentes de su realidad histórica que vulneran gravemente la dignidad humana o la justicia o de atribuirles un significado exculpatorio, con el objeto de percibirse a sí mismos como impolutos.

Pareciera que el negacionismo adquiere un peso particularmente grave en situaciones de guerra virtual o real. Como lo afirma el dicho popular, la primera víctima de una guerra es la verdad. Pero en conexión con ello, constatamos desgraciadamente que ha predominado también el negacionismo en la generalidad de la autoconciencia nacional a lo largo de la historia, inclusive en tiempos de paz. De este modo, y partiendo por la desinformación tan común en la formación escolar de los pueblos, se va socializando la idea de que nuestra nación ha tenido siempre toda la razón en los conflictos internacionales en que se ha involucrado; de que prácticamente nunca ha hecho nada malo; y de que, en el peor de los casos, frente a hechos históricos completamente innegables y que hoy son incuestionablemente condenables, se considera que ellos fueron justificables en el contexto de la época. Y aún más, la formación escolar enfatiza también la excelencia general de la propia historia nacional en su ámbito propiamente interno. Todo esto en contradicción con la moral más elemental que postula y constata la esencial ambigüedad de la condición humana en esta tierra.

En este sentido, llama particularmente la atención el extremo a que se llega en Estados Unidos; y es muy preocupante, dada la gran hegemonía que aún tiene aquel país en el mundo.

De partida, la consideración estadounidense de que su democracia nace con su independencia no resiste análisis. ¡Cómo va a ser democracia un sistema social con esclavitud por casi un siglo! Además, fue de los últimos países occidentales en abolirla y para ello tuvo que padecer una cruenta guerra civil. Luego, durante otro siglo, Estados Unidos mantuvo una discriminación oficial y de apartheid contra los negros, que se mantuvo en ciertas instituciones nacionales y en varios Estados del sur. Recién en 1948 se terminó con ella en el Ejército y en 1954 respecto de la educación. Pero hubo que esperar hasta 1965 para que se le reconocieran a toda la población negra del país el conjunto de los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales. Es decir, solo se puede hablar de democracia en Estados Unidos –considerándolo como un sistema político basado en un sufragio universal efectivo- desde esa fecha bastante reciente. A lo anterior hay que agregar que con la complicidad o tolerancia –al menos- de muchas autoridades sureñas se mantuvo durante décadas una virtual violencia institucional contra los negros, representada principalmente por la acción del Ku Klux Klan

Otro elemento fundamental del negacionismo estadounidense lo constituyó su expansión hacia el oeste que fue justificada como un “mandato divino” (Ver Albert K. Weinberg.- Destino Manifiesto) y que incluyó el desplazamiento y exterminio de casi toda su población autóctona. Esto significó uno de los peores genocidios –si no el peor- cometidos por la humanidad durante el siglo XIX. Y en vez de haberlo reconocido posteriormente, la sociedad estadounidense se envaneció de aquel durante el siglo XX, convirtiendo por décadas la matanza de indígenas en uno de los temas “épicos” de su cinematografía; siendo solo desechado luego de su desastrosa experiencia bélica en Vietnam.

Un tercer elemento está referido a su auto-percepción de haber generado una sociedad de acuerdo a los valores cristianos del amor, cuando en realidad un ethos fundamental de su sociedad ha sido el individualismo, materialismo y consumismo que no pueden ser más antitéticos con los valores evangélicos. Dicho espíritu se ha reflejado en la conformación de una sociedad riquísima pero con una muy mala distribución de bienes, generando millones de personas que, escandalosamente, subsisten precariamente. Y, por otro lado, ha sido un país que ha agudizado las diferencias de ingreso a nivel mundial, desarrollando para ello un imperialismo y explotación económica que ha perjudicado especialmente a los pueblos latinoamericanos.

Un cuarto elemento ha sido la consideración de haber sido una nación promotora de la libertad y la democracia en el mundo, cuando uno de los elementos fundamentales y permanentes de su política exterior –especialmente respecto de América Latina- ha sido su imperialismo político. Así tenemos que se apoderó en el siglo XIX de cerca de la mitad de México; a fines del mismo siglo conquistó Puerto Rico y Filipinas, y hegemonizó Cuba; en la primera mitad del siglo invadió esporádicamente México y varios países del Caribe; luego de la segunda guerra mundial, a través de la Escuela de las Américas, deformó a la oficialidad de las Fuerzas Armadas de los países americanos en las doctrinas de la “seguridad nacional”, para que se ajustaran a sus intereses hemisféricos; para terminar en las décadas de los 60 y 70 apoyando numerosos golpes de Estado orientados por dicha doctrina.

Otro negacionismo particularmente chocante ha sido su “buena conciencia” respecto del uso de la bomba atómica en dos ocasiones contra cientos de miles de civiles inermes; sin duda el peor crimen de guerra efectuado en la historia. Y producto de ello ha seguido desarrollando de forma virtualmente demencial –y en lo que le han acompañado desgraciadamente varias otras naciones- un cada vez más apocalíptico arsenal nuclear.

Además, -y sin pretender ser exhaustivo- tenemos que en las últimas décadas la sociedad estadounidense parece creer que uno de sus objetivos fundamentales ha sido la promoción universal de los derechos humanos. Por cierto que en diversos casos lo ha hecho; pero más preponderante ha sido el apoyo brindado a dictaduras que se han subordinado a sus roles hegemónicos. Esto se ha visto especialmente en Asia, Africa y el Medio Oriente. Incluso, Estados Unidos ha llegado a invadir un país como Irak, en contra de la voluntad de Naciones Unidas. Y ha aplicado la violación del derecho internacional, la tortura y el asesinato como políticas oficiales. De este modo, ha ordenado la detención sin juicio por años de centenares de personas de diversas nacionalidades; ha aplicado “legalmente” formas de tortura como el “submarino”, el aislamiento por largos períodos de tiempo y el mantener detenidos en forma vejatoria e inhumana; y ha ordenado el asesinato de personas como fue el caso de Bin Laden.

Lo anterior se ha expresado en la región en el fomento o apoyo a las deposiciones de los presidentes de izquierda de Haití, Honduras y Paraguay; y en la sistemática hostilidad hacia gobiernos democráticos de izquierda de la región, como los de Bolivia, Ecuador y Venezuela; utilizando para ello argumentos reales o supuestos de violaciones de algunos derechos civiles y políticos. Mientras que respecto de gobiernos de derecha como los de Colombia y México, donde se viola gravemente el derecho a la vida, Estados Unidos ha mantenido una clara complacencia.

Por cierto, la sociedad estadounidense le ha aportado a la humanidad notables avances; particularmente en los ámbitos de la libertad religiosa; de la libertad académica; del desarrollo de la ciencia y tecnología para fines pacíficos; y de los modelos racionales de organización. Pero mientras continúe con sus negacionismos en temas tan relevantes como los anteriores y siga actuando sobre esas bases, no solo ensombrecerá todas sus contribuciones, sino que también estará colocando en grave peligro –particularmente por el riesgo de un conflicto nuclear- la subsistencia misma de la civilización humana.

Fuente: http://www.elclarin.cl/web/index.php?option=com_content&view=article&id=9014:el-negacionismo-estadounidense&catid=13&Itemid=12

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A finales del siglo XIX el ejército de los Estados Unidos era muy pequeño, por lo que la declaración de guerra a España obligó al gobierno norteamericano a organizar regimientos de soldados voluntarios. Éstos jugaron un papel muy importante en las Filipinas combatiendo a Aguinaldo y sus seguidores. Uno de ellos fue el Thirteenth Minnesota  Volunteer Infantry Regiment. Comparto con mis lectores una nota de Frederick L. John publicado en el MinnPost  sobre  la participación de este regiminto en la batalla de Manila.

Soldiers of the Thirteenth Minnesota Infantry regiment on guard around Manila, August 1898.
(Minnesota Historical Society/Goodhue County Historical Society)

The Thirteenth Minnesota and the Battle for Manila

By Frederick L. Johnson | MinnPost  08/13/13

On August 13, 1898, the Thirteenth Minnesota Infantry Regiment led an American advance against Spanish forces holding the Philippine city of Manila. Their participation was crucial to the outcome of this

important Spanish-American War battle. Capturing Manila did not appear to be a problem to American war planners. U.S. naval forces had already crushed a Spanish fleet defending the town during the Battle of Manila Bay. That victory came on May 1, 1898, during the first week of fighting in the Spanish-American War. The triumph left the port blockaded and 10,000 soldiers of Spain’s garrison trapped.

America’s small professional army needed help fighting the Spanish in the Philippines and elsewhere. State National Guard units, including three Minnesota regiments, were “federalized” into to the U.S. Army on April 25, 1898. Minnesota guardsmen gathered at the state fair grounds two weeks later. A week after that, the Thirteenth Minnesota Infantry, one of regiments called up, was equipped and on trains to San Francisco. On June 26 they shipped to the Philippines.

The Minnesotans endured a tedious Pacific Ocean crossing of over a month. Sea-sickness plagued the men. A monotonous diet and poor water made matters worse. A three-day stopover in Hawaii, however, refreshed them for the last leg of the journey.

The Thirteenth Minnesota, under the command of Brigadier General Arthur MacArthur, reached Manila Bay on July 31. Two weeks later, MacArthur’s men took up shoreline positions outside the city of Manila. It seemed that a mock battle to preserve Spanish honor might be arranged, and real fighting avoided. The Spanish seemed ready to surrender, but only if the Filipino rebel forces nearby were kept out of the city.

With no deal finalized, the Americans attacked on August 13. The U.S. fleet opened the battle, directing naval gunfire at Spanish positions. Then, disregarding a heavy thunderstorm, the American infantry launched a two-pronged assault on Manila’s walled city. The Thirteenth Minnesota and the

U.S. Twenty-Third Infantry led the army’s right wing forward.

MacArthur’s men faced challenges as they advanced. Spanish units in front of them wanted to fight and were awaiting the Americans. The Twenty-Third was ordered to hold its position, leaving the Minnesotans to spearhead the advance alone.

A fierce firefight erupted. Spanish troops in well-fortified positions directed their volleys at the Minnesota regiment. Captain Oscar Seebach, commanding Company G, the Red Wing unit, deployed the company across the open road. He walked among the men urging them to keep down and open fire. They began taking casualties.

A rifle shot pierced Seebach’s lungs and knocked him out of the battle. Three enlisted men were quickly wounded, and Sergeant Charles Burnsen suffered a fatal head wound. Firing continued until the Spanish troops began to withdraw. At 1:30 the gunfire ceased and the American units occupied Manila.

Considering their placement during the fighting, it was not surprising the Thirteenth Minnesota suffered more casualties than any other unit. Twenty-three members of the regiment were wounded or killed.

Negotiations with Spain brought an end to the Spanish-American War in December 1898, but the Thirteenth Minnesota was not sent home. Filipino rebels opposed American domination. By February 1899, American and Filipino troops were fighting each other. The Minnesota unit joined other U.S. regiments in patrolling Manila and conducting operations against the rebels.

On May 22, 1899, seven companies of the Minnesota regiment began a thirty-three day mission to defeat the rebel forces. They covered 120 miles, captured twenty-eight towns, and destroyed enemy supplies. Then the rainy season swept into the Philippines forcing an end to military operations. The Americans, Minnesotans included, complained about midsummer’s boredom, monotony and heat.

Sgt. Edmund Neill of the Minnesota Thirteen’s Company G wrote home reporting that the men would do their duty but longed to go home. The Red Wing man claimed that every letter sent to Minnesota from his unit contained protests against the injustice of keeping the men in the Philippines.

Orders sending the Minnesotans home came on July 13, 1899. A month later the men boarded the transport Sheridan. As the vessel pulled out of Manila Bay, the ship’s band played “Home Sweet Home.” Fighting continued between American and Filipino forces, however, until July 4, 1902, when President Theodore Roosevelt finally declared an end to the conflict.

Frederick Johnson, a native of Red Wing, Minnesota, has written eight books and numerous magazine features regarding state and local history. His works include histories of Lake Minnetonka, Richfield, Bloomington, Edina, Red Wing, and Goodhue County.

Fuente: http://www.minnpost.com/mnopedia/2013/08/thirteenth-minnesota-and-battle-manila

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Originalmente publicado en La Historia Del Día:

David Brooks

La Jornada

Lectura recomendada:

Howard Zinn: La otra historia de Estados Unidos (Descargar Libro)

 Howard Zinn

Howard Zinn, el gran historiador rebelde y popular (en todos sentidos), aún asusta a los poderosos, no obstante que murió en 2010. Justo con la noticia de su muerte, el entonces gobernador de Indiana, Mitch Daniels, buscó asegurar que la obra de Zinn no contaminara las escuelas de su estado. Sobre todo, el gobernador deseaba prohibir la obra más conocida de Zinn, A People’s History of the United States, que ofrece una versión de la historia desde abajo y que es el texto más vendido (más de un millón de ediciones) y usado en escuelas y universidades a lo largo del país.

En un intercambio de correos con altos funcionarios de educación de su estado, obtenido recientemente por la agencia Ap, Daniels escribió: “ese terrible académico antiestadunidense por fin ha muerto, y al…

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roosevelt102way_sq-6943e8ab2b83948dfb2f059bd2672e3dc2bd3cbb-s6-c30En 1921, Franklin D. Roosevelt (FDR) contrajo poliomelitis mientras vacacionaba con su familia. Esto limitó seriamente la movilidad, pero no la capacidad política del que considero uno de los tres presidentes más importantes en la historia de los Estados Unidos. A FDR le tocaron vivir los tiempos difíciles de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. Padre el Nuevo Trato y artífice de la victoria estadounidense frente al fascismo, FDR cambió el carácter doméstico y la posición mundial de los Estados Unidos.

Por claras razones políticas, FDR escondió su limitación física, por lo que no debe sorprender que no se dejara ver en silla de ruedas y menos fotografiar. Sólo contamos con una foto tomada en 1941 en la que aparece el presidente en silla de ruedas en compañía de una niña.

Hace pocos días el Dr. Ray Begovich (profesor de periodismo en Franklin College, Indiana) se encontraba investigando en los Archivos Nacionales norteamericanos y para su sorpresa tropezó con un corto video en el que FDR es empujado en su silla de ruedas. El pietaje en cuestión, único en su clase,  fue tomado en el crucero USS Baltimore durante un visita de FDR a la base de Pearl Harbor en julio de 1944.

Aunque el video dura menos de un minuto, es uno de esos detalles curiosos que le pueden alegrar la mañana a un historiador.

Comparto mi alegría con mis lectores.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, Perú, 15 de julio de 2013

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The New York Times

 


July 2, 2013

Why the Civil War Still Matters

 

By ROBERT HICKS

FRANKLIN, Tenn. — IN his 1948 novel “Intruder in the Dust,” William Faulkner described the timeless importance of the Battle of Gettysburg in Southern memory, and in particular the moments before the disastrous Pickett’s Charge on July 3, 1863, which sealed Gen. Robert E. Lee’s defeat. “For every Southern boy fourteen years old,” he wrote, “there is the instant when it’s still not yet two o’clock on that July afternoon.”

That wasn’t quite true at the time — as the humorist Roy Blount Jr. reminds us, black Southern boys of the 1940s probably had a different take on the battle. But today, how many boys anywhere wax nostalgic about the Civil War? For the most part, the world in which Faulkner lived, when the Civil War and its consequences still shaped the American consciousness, has faded away.

Which raises an important question this week, as we move through the three-day sesquicentennial of Gettysburg: does the Civil War still matter as anything more than long-ago history?

Fifty years ago, at the war’s centennial, America was a much different place. Legal discrimination was still the norm in the South. A white, middle-class culture dominated society. The 1965 Immigration and Nationality Act had not yet rewritten our demographics. The last-known Civil War veteran had died only a few years earlier, and the children and grandchildren of veterans carried within them the still-fresh memories of the national cataclysm.

All of that is now gone, replaced by a society that is more tolerant, more integrated, more varied in its demographics and culture. The memory of the war, at least as it was commemorated in the early 1960s, would seem to have no place.

Obviously, there are those for whom Civil War history is either a profession or a passion, who continue to produce and read books on the war at a prodigious rate. But what about the rest of us? What meaning does the war have in our multiethnic, multivalent society?

For one thing, it matters as a reflection of how much America has changed. Robert Penn Warren called the war the “American oracle,” meaning that it told us who we are — and, by corollary, reflected the changing nature of America.

Indeed, how we remember the war is a marker for who we are as a nation. In 1913, at the 50th anniversary of Gettysburg, thousands of black veterans were excluded from the ceremony, while white Union and Confederate veterans mingled in a show of regional reconciliation, made possible by a national consensus to ignore the plight of black Americans.

Even a decade ago, it seemed as if those who dismissed slavery as simply “one of the factors” that led us to dissolve into a blood bath would forever have a voice in any conversation about the war.

In contrast, recent sesquicentennial events have taken pains to more accurately portray the contributions made by blacks to the war, while pro-Southern revisionists have been relegated to the dustbin of history — a reflection of the more inclusive society we have become. As we examine what it means to be America, we can find no better historical register than the memory of the Civil War and how it has morphed over time.

Then again, these changes also imply that the war is less important than it used to be; it drives fewer passionate debates, and maybe — given that one side of those debates usually defended the Confederacy — that’s a good thing.

But there is an even more important reason the war matters. If the line to immigrate into this country is longer than those in every other country on earth, it is because of the Civil War.

It is true, technically speaking, that the United States was founded with the ratification of the Constitution. And it’s true that in the early 19th century it was a beacon of liberty for some — mostly northern European whites.

But the Civil War sealed us as a nation. The novelist and historian Shelby Foote said that before the war our representatives abroad referred to us as “these” United States, but after we became “the” United States. Somehow, as divided as we were, even as the war ended, we have become more than New Yorkers and Tennesseans, Texans and Californians.

And Gettysburg itself still matters, for the same reason Abraham Lincoln noted so eloquently in his famous address at the site on Nov. 19, 1863. The battle consecrated the “unfinished work” to guarantee “that this nation, under God, shall have a new birth of freedom — and that government of the people, by the people, for the people, shall not perish from the earth.”

In that way, the Civil War is less important to the descendants of those who fought in it than it is to those whose ancestors were living halfway around the globe at the time. For if you have chosen to throw your lot in with this country, the American Civil War is at the foundation of your reasons to do so.

True, we have not arrived at our final destination as either a nation or as a people. Yet we have much to commemorate. Everything that has come about since the war is linked to that bloody mess and its outcome and aftermath. The American Century, the Greatest Generation and all the rest are somehow born out of the sacrifice of those 750,000 men and boys. None of it has been perfect, but I wouldn’t want to be here without it.

Robert Hicks is the author of the novels “The Widow of the South” and “A Separate Country.”

 

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