Feeds:
Entradas
Comentarios

44-podcasts1

Acabo de descubrir, casi por accidente, Presidential, un podcast del Washington Post dedicado a explorar la personalidad y el legado de los cuarenta y cuatro individuos que han sido presidentes de Estados Unidos. Su presentadora, Lilliam Cunningham, entrevista a periodistas como Bob Woodward y a historiadores como David McCullough, buscando entender el papel que los presidentes han jugado en el desarrollo histórico estadounidense. Presidential arrancó el 5 de enero de 2016 con un programa dedicado a George Washington y culminará el 30 de octubre con un episodio dedicado a Barack Obama. Este podcast es una forma amena e interesante de entender la historia de Estados Unidos a través del análisis de la vida y obra de quienes han tenido la gran responsabilidad de ser sus máximos dirigentes.

 

Para oír el programa dedicado a Washington ir aquí.

 

3046530-poster-p-1-bernie-sanders-took-questions-on-reddit-yesterday-here-are-some-highlights

Conferencia dictada en la Facultad de Ciencias Sociales, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima, Perú, 7 de junio de 2016

Con un estilo y discurso transgresores, Bernie Sanders ha impactado el desarrollo de la campaña electoral estadounidense. El autoproclamado líder socialista ha identificado y criticado duramente las contradicciones del sistema político y económico de Estados Unidos, generando un fuerte apoyo entre sectores, principalmente blancos y jóvenes, cansados y frustrados con la creciente desigualdad, la concentración de la riqueza, la corrupción, etc. Aún está por verse los efectos que a corto y a largo plazo tendrá su campaña en la sociedad estadounidense.

El que su condición de socialista confeso no haya afectado negativamente su campaña, ha llamado la atención de los analistas políticos y resucitado el interés por el papel del socialismo en la historia de Estados Unidos. Al hablar del socialismo en los Estados Unidos nos enfrentamos a tres interrogantes básicas: primero, ¿por qué no se desarrolló un socialismo exitoso en Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX?; segundo, ¿por qué los trabajadores de la principal nación capitalista del siglo XX no desarrollaron conciencia de clase?; tercero, ¿por qué no ha existido en Estados Unidos un partido de los trabajadores capaz de retar al poder político y económico?

Diversos académicos y pensadores, estadounidenses y europeos, han buscado resolver estos interrogantes: Engels, Trotsky, Weber, Gramsci, Frederick Jackson Turner, William Appleman Williams, Eric Foner, Irving Howe, Sean Wiletz, Seymour Martin Lipset, Nick Salvatore, Werner Sombart, entre otros. Aunque éstos han elaborado una variedad de interesante de explicaciones, es necesario reconocer que no existe una repuesta definitiva al poco éxito del socialismo en Estados Unidos, y que tal vez nunca la haya. Por eso esta tarde me propongo compartir con ustedes un análisis general y algo esquemático, que pretende recoger las diversas explicaciones dadas al tema que nos convoca. Mi objetivo no es resolver un problema que otros más capaces no han podido, sino abrir un diálogo.

Lo primero que debo hacer es reconocer que en las primeras décadas del siglo XX, existió en Estados Unidos una izquierda significativa compuesta por populistas, anarquistas, feministas, socialistas cristianos, sindicalistas, intelectuales, fallidos revolucionarios europeos, Wobblies, etc. Éstos se nutrieron de la tradición y la historia de sus camaradas europeos, generaron espacios políticos de importancia y fueron víctimas de la represión de los años de la primera guerra mundial (1917-1921). Basta mencionar el 6% de los votos populares que recibió Eugene Debs en las elecciones generales de 1912. También es justo recordar la aportación intelectual y cultural de izquierda. A nivel internacional la izquierda estadounidense destacó luchando en la Brigada Lincoln contra el fascismo y promoviendo el desarrollo de los movimientos pacifistas.

 

Sin embargo, esto no es suficiente como para negar el hecho indiscutible de que, en contra de lo que el marxismo clásico había pronosticado, no se desarrolló en Estados Unidos un movimiento socialista exitoso. La revolución socialista no se desató en el centro del capitalismo como había vaticinado Marx, sino en su periferia. Esto conllevó un serio problema para los marxistas, ya que constituía una contradicción del marxismo que cuestionaba su validez. Por ello no debe sorprender que importantes figuras marxistas trataran de explicar esta situación.

Veamos ahora algunas de las explicaciones dadas al fracaso del socialismo en Estados Unidos. Comencemos con los factores culturales. Esta explicación está asociada directamente al concepto del excepcionalismo estadounidense, pues se ha querido ver la debilidad del socialismo y de la clase obrera como manifestaciones o confirmaciones de éste. En este sentido se ha planteado que el carácter excepcional, es decir único y superior, de la sociedad estadounidense bloqueó el avance del socialismo. La ausencia de un pasado feudal y el carácter de nación puramente burguesa -sin pasado mercantilista, ni nobleza, ni control de la Iglesia- dieron forma a un sistema de valores y a una ideología: el americanismo. Ser “americano” no se define en términos geográficos o históricos, sino ideológicos. Ser “americano” es compartir acríticamente un grupo de ideas: individualismo, “laissez-faire”, anti-estatismo, populismo e igualitarismo. En otras palabras, ser americano es una religión excluyente. De ahí que quienes violan sus preceptos sean tachados como “un-American”.

En consecuencia, los estadounidenses han desarrollado lo que el historiador Morris Berman identifica como una “identidad negativa”.  Según él, desde el periodo colonial, los Estadounidenses han desarrollado una identidad nacional a partir de lo que no son, siempre en rechazo de otra cosa, por ejemplo, el Viejo Mundo, la nobleza, etc. El problema con este tipo de identidad, subraya Berman, es que no permite ver qué realmente eres; no permite tomar conciencia. Esta ideología-religión secular se fundamenta en el rechazo a la disensión camuflado de patriotismo (un americano de verdad no critica a su país y menos en tiempos de guerra); en un fuerte sentido de misión divina, de una necesidad de propagar por el mundo la democracia y las bendiciones de la sociedad norteamericana (de hacer cumplir la voluntad de Dios); en el desarrollo de una identidad nacional que no está basada en un historia común, sino en un compromiso moral y religioso con el país; en una visión maniquea que reduce la realidad a una lucha entre el bien (los Estados Unidos) y el mal (sus opositores) y en la creencia en la universalidad de los valores y la forma de vida norteamericana. Originada en el siglo XVII por los puritanos creadores de la idea de ciudad sobre una colina, esta religión secular ha evolucionado a lo largo de la historia norteamericana.

Los valores que definen ser “americano”, especialmente el anti-estatismo y el individualismo, afectaron negativamente el atractivo del socialismo entre las masas de trabajadores estadounidenses. Las sospechas sobre el Estado y el rechazo al poder tiránico tienen un origen histórico. La Revolución se peleó contra un estado tiránico, la Declaración de Independencia implica que hay que desconfiar del Estado y la Constitución se diseñó para evitar un estado fuerte (división de poderes).

Los límites del sistema político partidista estadounidense han sido usados para explicar el problema que analizamos hoy. Según los propulsores de esta explicación, el sistema político estadounidense está diseñado para favorecer el bipartidismo dominado por los Republicanos y Demócratas porque induce a los votantes a optar por el mal menor. En vez de votar por el candidato de su selección con limitadas posibilidades de ser electo, los electores prefieren votar por uno que sí pueda ganar. Históricamente, el sistema ha limitado las posibilidades de éxitos para terceros partidos, entre ellos el Partido Socialista. Esta explicación enfrenta un problema: no todos los terceros partidos que han surgido en la historia de Estados Unidos han sido un fracaso. Por ejemplo, en 1912, Teodoro Roosevelt abandonó las filas Republicanas y fundó el Partido Progresista. El llamado Bull Moose Party obtuvo el 27% del voto popular por encima del 23% que obtuvo el Republicano. Gracias al cisma entre los republicanos Woodrow Wilson fue electo Presidente. Ochenta años más tarde, Ross obtuvo el 19% de los votos populares como candidato del Partido Reformista, lo que facilitó la llegada de William J. Clinton a la Casa Blanca. Otros casos meritorios son el de Robert LaFolllette quien en 1924 obtuvo el 16% de los votos como progresista y el de los independientes George Wallace con el 13% en 1968 y John Anderson con 6% en 1980. Sin embargo, es necesario reconocer que en el siglo XX ningún tercer partido logró llegar al poder.

Para algunos analistas la repuesta a los interrogantes que examinamos está en la heterogeneidad religiosa y étnica de la clase trabajadora. Entre 1871 y 1911, entraron a Estados Unidos 20 millones de inmigrantes. La llamada “nueva inmigración” coincide con el despegue económico de los Estados Unidos, y estuvo caracterizada por el arribo de millones de inmigrantes procedentes del sur y el este de Europa, en su mayoría católicos y judíos (griegos, polacos, italianos, rusos, etc.). Sólo en la década de 1880 llegaron unos dos millones de inmigrantes. La inmensa mayoría de éstos llegó huyéndole a la pobreza, al hambre y a la persecución política y/o religiosa.

La inmensa mayoría de los inmigrantes que llegaron a partir de 1880 se establecieron en los centros urbanos. La escasez de tierra disponible, la necesidad de mano de obra en las fábricas, la presencia de comunidades de inmigrantes en las ciudades y el apoyo de instituciones como las iglesias, convirtieron a los centros urbanos en la mejor alternativa de vida para los nuevos inmigrantes. Por ello no debe sorprender a nadie que antes de la primera guerra mundial, la mayoría de los trabajadores eran migrantes.

Entre los inmigrantes, la identidad de clase no pudo superar las diferencias religiosas y étnicas. A éstos les resultaba difícil pensar en términos de clase, apoyar sindicatos y/o involucrarse en política sindical. Además, los partidos políticos tradicionales usaron con éxito la diversidad de la clase trabajadora estadounidense en términos étnicos, religiosos y comunitarios. Demócratas y Republicanos apelaron a los trabajadores basados en la identidad nacional y religiosa de éstos, no en su identidad de clase.

Hay que reconocer que llegaron inmigrantes con trasfondos y experiencias socialistas que jugaron un papel muy importante en el desarrollo del socialismo en Estados Unidos (alemanes, europeos del este, escandinavos, judíos). Sin embargo, la mayoría, seducida por el mayor grado de libertad que disfrutaban y por las mejoras en su estándares de vida, se opuso al socialismo.

Esta última observación nos lleva a enfocar la explicación económica. A pesar de que el crecimiento económico del último cuarto del siglo XIX provocó un aumento en la desigualdad, el nivel de vida que disfrutaban los trabajadores estadounidenses era considerablemente superior que el de los europeos. Se calcula que a principios del siglo XX, los sueldos en Estados Unidos eran el doble que en Gran Bretaña, y el triple que en Italia y España. Además, la sociedad estadounidense desarrolló –gracias a la industrialización– una enorme capacidad para producir bienes baratos de consumo masivo que cautivaron a los trabajadores estadounidenses.

La desigualdad existente tampoco bloqueó las posibilidades de ascenso y movilidad, pues era posible que miembros de las clases bajas, o sus descendientes, pudieran ascender   y alcanzar mejores condiciones de vida.

El igualitarismo fue otro factor que le jugó en contra al socialismo, pues millones de inmigrantes llegaron a una sociedad que daba énfasis a la igualdad de oportunidades, no necesariamente a la igualdad de los resultados. Sin énfasis en valores aristocráticos y trasfondo familiares, en la sociedad estadounidense las diferencias de clase eran más débiles que en Europa, acostumbrada a siglos de distinción de clase y de castas. Por ende, era muy difícil convencer a los estadounidenses de pensar en términos de clase. En conclusión, el socialismo no apelaba porque proponía algo que los estadounidenses sentían que ya tenían: una sociedad democrática, sin clases y anti elitista.

El alegado dogmatismo de los socialistas estadounidenses es otra posible explicación a la debilidad del socialismo en Estados Unidos. Según los defensores de esta explicación, los socialistas estadounidenses eran muy dogmáticos, lo que no les permitió un acercamiento pragmático y de cooperación con los sindicatos, limitando así su crecimiento. Además, la Revolución Rusa y la creación de la Unión Soviética llevaron a un gran sectarismo entre los socialistas estadounidenses que no ayudó al crecimiento del movimiento. Sin embargo, esta explicación no toma en cuenta el conservadurismo que imperaba entre algunos sindicatos y lideres sindicales.

Por último, hay quienes alegan que la represión y la violencia frenaron el potencial del socialismo en Estados Unidos. Debe recordarse que tras la entrada de Estados Unidos a la primera guerra mundial, el gobierno federal mostró poca tolerancia hacia los opositores de la guerra. Se tomaron medidas para restringir la inmigración y fueron aprobadas leyes como la Ley del Espionaje, Sabotaje y Sedición de 1917 para reprimir a los disidentes, entre ellos los socialistas. Ley que sirvió para encarcelar al líder socialista Eugene Debs en 1918.

Una vez finalizada la guerra se desató un periodo de profundo sentimiento anti-comunista que es conocido como el “Red Scare”. Aunque bastante irracional, el “Red Scare” tuvo un origen histórico: la Revolución Rusa. En 1917, los bolcheviques tomaron el poder en Rusia e iniciaron un periodo de revolucionario que daría a la primera república socialista de la historia. Los sucesos en Europa preocuparon a muchos norteamericanos temerosos de que algo similar ocurriera en los Estados Unidos.

El miedo al peligro comunista llevó al gobierno a practicar una serie de redadas. En 1920, el Secretario de Justicia ordenó el arresto de 5,000 personas sospechosas de ser comunistas. Contra la mayoría de estas personas, en su inmensa mayoría trabajadores inmigrantes, existía muy poca o ninguna evidencia de acciones criminales. Aún así, éstos fueron arrestados y se les negó asistencia legal.

El caso de más famoso asociado al “Red Scare” es del de dos inmigrantes anarquistas italianos que fueron acusados de asesinato. Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti fueron acusados, juzgados y encontrados culpables de asalto y homicidio, y sentenciados a muerte a pesar de que la evidencia en su contra no era sustancial. Esto provocó una ola de indignación internacional y a nivel de la sociedad norteamericana. A pesar de los reclamos, las marchas, los piquetes y las protestas, Sacco y Vanzetti fueron ejecutados en 1927.

Aunque es indiscutible reconocer la persecución y represión de que fueron víctimas los socialistas en Estados Unidos, esto no responde del todo los interrogantes que enfrentamos. Los socialistas estadounidense no fueron los únicos en ser reprimidos por el Estado. Otros sufrieron tanta o más represión por pare de sus Estados y, sin embargo, fueron capaces de amenazar e inclusive tomar el poder.

Es necesario concluir que no hay una explicación definitiva a la pregunta del por qué del fracaso del socialismo en Estados Unidos. Sin embargo, sí podemos señalar que las principales teorías apuntan a factores de carácter económico e ideológico-cultural. A pesar de la desigualdad, la riqueza de la sociedad estadounidense permitió que lo niveles de vida de millones de estadounidenses mejorara y que, inclusive, tuviesen opciones de ascenso social. Los estadounidenses sentían en que vivían en una sociedad libre, igualitaria y democrática, por lo que el socialismo no les resultaba atractivo. La ideología predominante –“el americanismo” – fue fundamental en este proceso, funcionando como una religión excluyente, que limitó las posibilidades de otras ideologías para repercutir en la sociedad estadounidense. En otras palabras, los estadounidense sólo pueden adorar a un Dios y ese no ha sido el socialismo.

 

Norberto Barreto Velázquez

Universidad del Pacifico

Barreto_n@up.edu.pe

 

 

 

 

 

1110_TapaEl Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) acaba de publicar un libro que leeremos con interés. Se trata de Estados Unidos y la nueva correlación de fuerzas internacionales (Buenos Aires: CLACSO 2016). Coordinado por Marco A. Gandásegui, hijo, esta obra contiene una interesante colección de trabajos producidos por un grupo  de expertos latinoamericanos en temas estadounidenses. Estados Unidos y la correlación de fuerzas internacionales es el cuarto libro producido por el grupo de trabajo de Estudios sobre Estados Unidos del CLACSO, y está dividido en tres temas: la crisis de la hegemonía de Estados Unidos, la estructura interna de la nación estadounidense y las relaciones de Estados Unidos con América Latina.

Aquellos interesados en esta obra pueden descargarla gratis aquí.

 

Huellas2Acaba de salir el número 10 de la revista Huellas de Estados Unidos. Producida por   la Cátedra de Historia de Estados Unidos de la UBA, Huellas de Estados Unidos se ha convertido en un medio muy importante en el desarrollo de un análisis latinoamericano del pasado estadounidense. Como ya nos tienen acostumbrados, este número consta de una serie de interesantes artículos que examinan temas muy diversos de la historia de Estados Unidos: el cine y la guerra fría, el supremacismo blanco, la crisis de los setenta, la figura del esclavo rebelde, etc. Vaya nuevamente nuestro agradecimiento y felicitaciones a los editores Huellas de Estados Unidos por su gran trabajo y compromiso.

Para formato PDF ir aquí.

………………………………………….

………………………………………….

……………………………………………

………………………………………….

……………………………………………

……………………………………………

………………………………………….

………………………………………….

………………………………………….

………………………………………….

………………………………………….

The 1915 World Series and the Rise of the Modern American Sports Fan

By

We´re History  November 3, 2015
Boston Royal Rooters return to Boston, 1903 World Series

Boston Royal Rooters return to Boston, 1903 World Series. (Photo: Boston Public Library)

One hundred years ago, the Boston Red Sox beat the Philadelphia Phillies in the 1915 World Series. The victory occurred in the midst of a dominant run for Boston’s baseball teams, which won five championships between 1912 and 1918. This success even brought national recognition to the city’s most vociferous baseball fans, a group that called themselves the Royal Rooters. Both these teams and the Rooters have been the subject of numerous books, documentaries, and even songs, but their involvement in the 1915 World Series in particular has generated little interest from sportswriters or historians.

The lack of attention paid to the 1915 Series may be due to the dominant pitching and limited offense that was typical of baseball’s “dead-ball” era. Yet if events on the field represented their time, what happened off the field was new. Record crowds and celebrity guests indicated professional baseball’s increasingly respectable status in the nation’s northern cities, and a public battle over accommodations for the Rooters revealed that their cheering had become more than just a leisure activity. For these mostly prosperous and ambitious men, it had become a means of gaining political and economic influence.

The Royal Rooters had been accompanying Boston’s professional baseball teams on crucial late and postseason road trips since 1897. It appears they were the first group of fans in the United States to display this level of devotion, and their journeys to Baltimore that year, to Pittsburgh in 1903, and to New York in 1904 received substantial coverage in the Boston media and the sporting press. Much of the coverage focused on the Rooters’ gambling and rowdy behavior, an editorial decision that reinforced the idea that professional baseball, both on and off the field, was the realm of men who drank, gambled, and fought. This justly earned reputation made ballparks disreputable places that genteel women and children attended infrequently.

The Rooters’ behavior in many ways affirmed this tradition, even as several of them brought wives and daughters on these trips. Yet for the group’s leaders, fandom also reflected a belief that public allegiance to professional baseball in Boston could have political, economic, and social value. Connections existed between professional baseball and urban politics prior to the existence of the Rooters, but earlier politicians tended to avoid publicizing their sporting affiliations. In contrast, when Royal Rooter John F. Fitzgerald, a former U.S. Congressman and future Mayor of Boston, attempted to buy the Americans (soon to be known as the Red Sox) in 1904, he did so largely to keep his name in the paper between elections. When the Huntington Avenue Grounds opened in 1901 to house the newly formed Americans, Rooter Michael T. McGreevey moved his Third Base Saloon next to the park and fervently publicized his association with the team for the next two decades. McGreevey advertised on the park’s outfield walls, and made sure he appeared in published photographs with Red Sox players and management at spring training in Arkansas and California, at the 1912 groundbreaking for Fenway Park, and at World Series games throughout the 1910s. This strategy helped to facilitate McGreevey’s rise from poor laborer to prominent business owner, a path that John Keenan and Charley Lavis – the two men who led the Rooters during the 1915 World Series – also traveled.

When the Red Sox launched Boston’s decade of preeminence in professional baseball by reaching the 1912 World Series, the Rooters’ devotion to the team transformed from a regional into a national story. Their fandom received coverage in newspapers from the Tampa Morning Tribune to the Idaho Statesman, even prior to the near-riot that occurred before Game 7 of the Series when the Red Sox neglected to reserve the group’s usual seats.

The response to that fracas further reflects the influence that the Rooters’ popularity had gained them within baseball’s power structure. Although some observers have marked this moment as the beginning of the Rooters’ decline, the Boston press widely criticized the team for this incident. Moreover, American League President Ban Johnson immediately pronounced his admiration for the Rooters, and in 1913 the Boston Herald suggested that the subsequent departure of owner James McAleer and team treasurer Robert McRoy was a “direct result” of the episode. When the Boston Braves won their World Series championship in 1914, the Rooters once again traveled along, cheering the team and remaining a popular story in newspapers across the country.

By 1915, other politicians had begun to realize the value of publicly associating themselves with major league baseball. For example, James Michael Curley, Fitzgerald’s successor as mayor and chief political rival, had never displayed a previous interest in baseball but began pronouncing his support for the Red Sox that year. More nationally significant was the appearance of President Woodrow Wilson and his new fiancée, Edith Bolling Galt at Game 1 of the 1915 World Series. This occasion marked not only the first time a sitting President attended a World Series game, but also Wilson’s first public appearance with Galt. The fact that the president and his advisors perceived this game as an appropriate setting for presenting his betrothed to the American people just eighteen months after his wife’s death indicated professional baseball’s growing status as a reputable, family-friendly pastime.

So too did the 1915 World Series’ unprecedented popularity. In Boston, where Fenway Park was only three years old, the Red Sox borrowed newly opened Braves Field for their home games because they correctly anticipated fans would fill its larger seating capacity. Game 3 set a new major league baseball attendance record with 42,300 people packed into the stands, and Game 4 nearly matched that total with 41,096 spectators. Boston newspapers crowed over this achievement, and their simultaneous cautioning that readers should leave extra time to get to the park and anticipate challenges in navigating the crowds indicates that such attendance numbers were newsworthy.

Even before the Series started, the Rooters were at the center of another controversy that affirmed the game’s booming popularity would not endanger their status as professional baseball’s preeminent fans. Since 1897, opposing teams or league presidents had always reserved a block of tickets for them, but this time Phillies president William Baker refused to extend this courtesy, offering only scattered seats instead. In response, Red Sox owner Joseph Lannin pronounced that he would refuse to let the Red Sox play if the Rooters did not get their customary accommodations. Both executives’ proclamations were public relations gambits, and the Series was never in jeopardy, but the fact that the league commissioners stepped in to provide the Rooters’ tickets indicates their continuing influence within the baseball hierarchy.

These trailblazers continued to enjoy their celebrity role for a few more years; they attended the 1916 and 1918 World Series with the Red Sox, and even received tickets from the league for the 1917 Series despite the fact that neither Boston team reached the championship contest. After 1918, though, the Rooters largely disappeared from prominence, a decline that probably resulted from a combination of Prohibition and the collapse of both Boston baseball teams during the 1920s.

Baseball’s popularity continued to grow through much of the twentieth century, and in some ways the Rooters’ impact was temporary. It seems that no subsequent groups of fans in other cities emerged to parlay their hometown professional team’s success into personal improvements in their social and economic status. On the other hand, while the explicit material benefits of fandom dissipated after World War I, the “dead-ball era” was when the practice of rooting for professional baseball began to enter the cultural mainstream. Thus for those who wonder why today, as Jerry Seinfeld famously said, we “root for laundry” when we cheer for our favorite professional teams, perhaps we should consider whether our practice originates at least in part from our great-grandfathers’ efforts to improve their financial and social standing.

About the Author

Paul Ringel

Paul Ringel is Associate Professor of History at High Point University. He is the author of Commercializing Childhood: Children’s Magazines, Urban Gentility, and the ideal of the American Child, 1823-1918 (2015). He is also the Director of the William Penn Project, a service learning initiative through which students explore the history of High Point’s African-American high school during the Jim Crow era. His current research project is an exploration of the Royal Rooters, a group of celebrity baseball fans in early twentieth-century Boston.

A Somewhat Forgotten President: The Legacy of James K. Polk

James K. Polk

James K. Polk.(Photo: Library of Congress via Wikimedia Commons)

James K. Polk was not a man given to frivolity on his birthday. When he turned fifty-three on November 2, 1848, the eleventh president of the United States reflected gloomily in his diary. “I am solemnly impressed with the vanity and emptiness of worldly honours and worldly enjoyments,” he wrote, “and of the wisdom of preparing for a future estate.” After brooding over his waning time on earth and on the impending end of his term in office, Polk noted that he had spent the day, as he had spent so many others, “busily occupied in my office.”

Much as Polk ignored the occasion in favor of carrying out his administrative duties, most Americans will neglect to observe the 220th anniversary of Polk’s birth this week. There will be no presidential speeches in his honor, no parades, and no celebratory dinners, because in the popular imagination Polk has largely faded from memory. Indeed, Polk’s fame has faded to such an extent that only 17% Americans recently asked to rank past presidents based on “memorability” could even identify Polk as a president, let alone describe what he accomplished in his term in office. This placed Polk’s “memorability” somewhere between James Garfield and Warren G. Harding, two presidents most famous for dying while in office. Unlike those presidents, however, Polk left behind a slew of legislative accomplishments and a deeply fraught and complicated legacy.

In 1844, James Polk, then a little-known congressman from Tennessee, somewhat surprisingly won the nomination of the Democratic Party, and promised that given the divisions within the party and his relatively young age of forty-nine, he would only serve a single term in the White House if elected. Upon winning a closely contested national election against Whig candidate Henry Clay, Polk became the youngest man to hold the office of the presidency to that point in American history. But Polk’s relative youth and inexperience did not prevent him from fulfilling his presidential goals. He settled a festering boundary dispute with Great Britain over the Oregon Territory, secured passage of the Walker Tariff that amounted to a major reform, and helped establish the independent treasury system that lasted into the twentieth century. Polk’s most enduring accomplishment, however, was the waging of war against Mexico and signing the stunning treaty that marked its conclusion.

When running for office, Polk had pledged to annex Texas – which had broken away from Mexico nearly a decade before – to the United States at the earliest possible moment. His attempt to bring Texas into the Union promptly led to a boundary dispute with Mexico, a conflict that escalated into warfare when Polk ordered American troops into the disputed region. Polk then demonstrated himself an aggressive commander-in-chief, ordering a full-scale invasion of Mexico that ultimately led to the capture of Mexico City and demanding at the conclusion of the war more than a mere boundary adjustment. In February of 1848, the United States effectively imposed upon Mexico the Treaty of Guadalupe Hidalgo, which added an additional 525,000 square miles to the United States and stripped Mexico of nearly half of its territory. Between this acquisition and the territory added by resolving the dispute over the Oregon Territory, Polk added over one million square miles to the United States, more than any other single president before or since.

Despite reforming the tariff and the treasury and expanding the nation’s reach to the Pacific Ocean, Polk’s legacy is hardly an unambiguous triumph. Surely one reason that Polk has faded from the popular historical memory is that Americans tend to downplay events from our past that do not reflect the nation in the most positive light. We often forget the imperialist impulse that helped produce the war with Mexico, the fact that the growth of the United States into a continental power came directly at the expense of other nations, and that it was immigrants pouring into the Mexico from the United States rather than the reverse that caused the borders to shift and triggered a war. Simply put, Polk’s legacy can be difficult to assess because unlike a Washington, a Lincoln, or a Roosevelt, the chief accomplishment of his administration is one that cannot be remembered without acknowledging important moral questions.

Perhaps the most realistic way to remember James Polk on the 220th anniversary of his birth is to see him as representative of the tumultuous decade of the 1840s. Polk has sometimes been portrayed, both in his time and since, as a Machiavellian manipulator who engineered the Mexican-American War to cement his own place in history. But throughout his term in office, Polk remained constrained and limited by the powers granted to him. It is hard to blame Polk for the Mexican-American war, or for the blatant land grab at its conclusion, without noting that the American people voted for him in 1844, asked for the annexation of Texas, and generally supported the war when it erupted. We might fault Polk for using whatever means he deemed necessary to achieve the goals that he set for himself from the very beginning of his term, but he himself simply believed that he was carrying out the will of the American people. Whatever one believes about Polk, however, he deserves at the very least to be remembered. Arguably, no one-term president ever accomplished as much as he did.

About the Author

Daniel Burge

Daniel Burge is a PhD candidate at the University of Alabama. He holds a master’s degree from University of Maryland, Baltimore County and is currently working on his dissertation, which examines opposition to manifest destiny and the ways in which the opponents of manifest destiny appealed to the American public, beginning in the Oregon Debate of 1846 and ending in the attempt to annex Santo Domingo (1872). He is interested in opposition to imperialism, broadly defined, and especially how individuals utilized humor to offset and counteract the arguments of the imperialists.

 

Saturday Night Massacre

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 1.369 seguidores