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Archive for 31 marzo 2009

En un corto, pero interesantísimo ensayo que recoge la revista cibernética Rebelión en su edición del 21 de marzo de 2009, el diplomático venezolano Alfredo Toro Hardy nos lanza una pregunta muy relevante: “¿Se encuentra Estados Unidos volcado hacia el futuro o hacia el pasado?”. Independientemente de que su poder mundial se encuentre o no en un proceso de decadencia, nadie puede negar que  los Estados Unidos son un país fundamental para enfrentar los enormes retos que agobian a la humanidad. La actitud que asuman los norteamericanos ante temas como el calentamiento global, la pobreza o la proliferación de armas nucleares puede resultar determinante porque, inevitablemente, influirá en la posición que asuman otras naciones del planeta. Además, los Estados Unidos se encuentran en un momento muy difícil de su historia, caracterizado por una profunda crisis económica (además, de quiebra moral), cuya solución requerirá que se dejen atrás prácticas e ideas del pasado. En consecuencia, determinar hacia dónde miran los norteamericanos –si al pasado o al futuro– es un asunto fundamental.

Alfredo Toro Hardy

Alfredo Toro Hardy

Toro Hardy es actualmente embajador de Venezuela en España, posición que ha ocupado en países como el Reino Unido, Estados Unidos, Brasil, Chile, Irlanda y Bahamas. También ha representado a Venezuela en la CEPAL y ha servido como  Director del Instituto de Altos Estudios Diplomáticos del Ministerio de Relaciones Exteriores de su país. Toro es autor de dieciséis  libros y co-autor de otros diez en materia de relaciones internacionales. Entre sus obras destacan: Hegemonía e imperio (Bogotá, Villegas Editores, 2007), La guerra en Irak: sus causas, riesgos y consecuencias (Caracas, Editorial Panapo, 2003) y The Age of Villages: The Small Village vs. The Global Village. (Bogotá, Villegas Editores, 2002). Además de su carrera diplomática, Toro Hardy ha destacado como profesor visitante  de varias universidades (Universidad de Princeton y Universidad de Brasilia) y como director del Centro de Estudios Norteamericanos de la Universidad Simón Bolívar.

Para responder a la pregunta que le inquieta, Toro desarrolla un valiosísimo análisis de los rasgos de la cultura política e idiosincrasia nacional norteamericana. Su análisis repasa elementos que ya hemos visto en autores ya reseñados, pero también incluye elementos novedosos y un balanceado enfoque crítico que llamó poderosamente mi atención.

El primer tema que toca el autor es el religioso y lo hace de una forma directa, sin ambigüedades: para Toro, los “excesos de religiosidad” convierten a los norteamericanos en “un pueblo más cercano a los fundamentalista del Medio Oriente, que  a sus congéneres de Occidente”. Palabras muy duras, pero sustentadas con hechos: según Toro Hardy, el 39% de los estadounidenses “interpreta literalmente” el contenido de la Biblia, el 46% de los cristianos  (71% de los evangélicos) creen en el Armagedón y el 31% de los norteamericanos cree “en un Dios bravo vengativo que castiga al no creyente”. Para rematar, el autor afirma que sólo uno de cada cuatro estadounidenses cree en la teoría de la selección natural. ¡Pobre Darwin!

De la religión Toro pasa al análisis lo que él identifica como el puritanismo social, es decir,  la tendencia norteamericana a “penalizar, regular, legislar o asignarle  un carácter patológico a las más insignificantes amenazas sociales”. Este un tema que no hemos tratado anteriormente, pues apunta más la esfera doméstica que a las relaciones internacionales de los Estados Unidos.  Herencia del pasado puritano estadounidense, esta noción cultural es la que lleva al 70% de los norteamericanos a respaldar la pena de muerte. Toro Hardy es dolorosamente claro: “Ningún otro país occidental visualiza la retribución a los delitos con igual dureza ni evidencia tal predilección por la pena de muerte”.

La  próxima característica analizada por Toro es una que ya hemos discutido en varias ocasiones, lo que no le resta vital importancia: el excepcionalismo. Los norteamericanos, señala el autor, se consideran un pueblo escogido por Dios, excepcional, moralmente superior. Esto les lleva a vivir lo que Toro identifica como una religión seglar basada en “la convicción de disponer de un modelo societario superior y de constituir la expresión de una historia excepcional en los anales humanos.”  Esta es un pieza clave para entender las historia de los Estados Unidos, pues ha estado presente –conciente o inconcientemente– en la mayoría de las acciones norteamericanas a nivel internacional, desde la guerra hispano-cubano-norteamericana hasta el desastre iraquí.

ToroDel excepcionalismo el autor pasa a un tema de la mitología nacional norteamericana que no habíamos tocada anteriormente: el espíritu de la frontera. La frontera es un concepto fundamental en el desarrollo histórico de los Estados Unidos, que se origina en el momento mismo de la fundación de los primeros asentamientos coloniales ingleses en la costa este a principios del siglo XVII. Citando a Ziauddin Sardar y Merryl Wyn Davies, Toro aclara que la frontera no era solamente un espacio geográfico, sino también una “expresión de ideas acerca del significado de la historia. Un genuino espacio mítico”. El espíritu de la frontera  responde a la creencia de “ser un pueblo que se ha forjado a sí mismo enfrentando peligros y amenazas”. Los norteamericanos viven con temor a la “hostilidad circundante”, de ahí su necesidad a estar armados a nivel individual y nacional. De los pieles rojas a los talibanes, siempre habido un enemigo que enfrentar, una amenaza que frenar. En otras palabras, los estadounidenses viven en un “paranoia extrema”, pues el peligro no desaparece no importa cuán armados estén los ciudadanos o el país. Ello explica dos cosas: que el derecho a portar armas sea sagrado en la sociedad norteamericana y que en 2007 los norteamericanos poseían 240 millones de armas de fuego.

Toro concluye de forma muy atinada que los Estados Unidos son una sociedad aplastada por la carga del pasado”. La sociedad norteamericana vive con el ropaje de la tradición, la inmovilidad y la rigidez social. En palabras del autor,

“La suya es una cultura de la ‘virtud’ asentada en valores inmanentes definidos por los padres fundadores en la que Dios y la protección divina constituyen referencias cotidianas. Una sociedad proclive a los fundamentalismos por la fijación en sus raíces y por la percepción de su sentido de ‘misión’”.

Todo ello contrasta con Europa, pues los Estados Unidos son una sociedad joven que “luce aferrada a su pasado”, mientras los europeos no temen “reinventarse y reconfigurarse”. La vieja Europa no le tema a la innovación, a la experimentación ni a los retos, los norteamericanos sí.

Lo curioso y contradictorio, según Toro, es que a nivel de la industria, la ciencia, tecnología, el entretenimiento y la academia, los Estados Unidos son un país vigoroso, no una nación envejecida.

“Así las cosas no encontramos con la curiosa paradoja de un país que a pesar de liderar al mundo en tantos sectores, sigue hablando y pensando de manera extrañamente arcaica. La suya es una incomprensible amalgama entre  factores extremos de tradicionalismo y modernidad”.

Toro Hardy concluye que los Estados Unidos se encuentran simultáneamente a la vanguardia del mundo moderno “y rebelión en contra del mundo moderno”, lo que explica lo complicado que es entender a los estadounidenses.

Concuerdo con la apreciación de Toro y admiro sus capacidad para sintetizar y presentar de forma balanceada y honesta un tema tan importante. Su mirada es muy certera y refleja una observación cuidadosa de la sociedad estadounidense. A pesar de ello, sospecho lo  que deben estar pensando algunos optimistas: la victoria de Barack Obama marcó el triunfo del futuro sobre el pasado, así que para qué perder el tiempo preguntándonos hacía donde van los Estados Unidos. No tan rápido, por favor. Aunque la Casa Blanca la ocupe un afro-americano inteligente y en busca de respuestas para los grandes retos que enfrenta su país, la vocación al pasado de los norteamericanos sigue viva y a la espera de una oportunidad para  sabotear la necesaria transformación de los Estados Unidos. Los patrones culturales y las mentalidades no mueren súbitamente, ni se suicidan. De no ser el caso, cómo explicar entonces la resistencia, por ejemplo, que las propuestas para un  plan médico universal ha generado en diversos sectores de la sociedad norteamericana. Invito a quienes aún no estén convencidos a escuchar los comentarios del  locutor radial y comentarista político conservador Rush Limbaugh. Me atrevo a concluir que la batalla entre el pasado y el futuro continúa, y que su desenlace será crucial para el destino de los Estados Unidos y el mundo.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 31 de marzo de 2009

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