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Immanuel Wallerstein

Immanuel Wallerstein

El pasado 26 de setiembre, el diario mexicano La Jornada publicó un corto, pero muy interesante artículo de Immanuel Wallerstein titulado “La política estadounidense y las intervenciones militares”. En su ensayo, Wallerstein hace un análisis de la influencia de la política partidista sobre la política exterior norteamericana que me resultó muy interesante. Pero antes de analizar el contenido del ensayo de Wallerstein, es necesario hacer algunos comentarios sobre su autor. Wallerstein  es un sociólogo e historiador norteamericano considerado  uno de los  científicos sociales  más  importantes de la segunda mitad del siglo XX. Su trabajo ha dado vida a influyentes teorías sobre el desarrollo de la economía capitalista global. En su obra más importante, The modern world-system (El moderno sistema mundial), Wallerstein aporta un nuevo modelo teórico y de interpretación histórica, cultural y social. Wallerstein es hoy en día uno de los más famosos críticos anti-sistema y uno de los analistas más severos de la política exterior de los Estados Unidos.ModernWordII

En “La política estadounidense y las intervenciones militares”, Wallerstein reacciona al debate de las últimas semanas sobre cuál debe ser la estrategia que  la administración Obama debe seguir en Afganistán. Al autor le preocupa que el Presidente acepte las sugerencias de su Secretario de Defensa y de miembros del alto mando militar y opte por incrementar el número de soldados estadounidenses en territorio afgano. Es claro que Wallerstein considera tal posibilidad un grave error.

Al indagar cuál será la dirección que la administración Obama adoptará en una situación tan peligrosa como la de Afganistán, Wallerstein nos lanza un pregunta que me parece medular: “¿Por qué es  tan difícil para Estados Unidos zafarse de intervenciones militares que patentemente están perdiendo?”. En otras palabras, Wallerstein quiere saber qué mueve al gobierno de los Estados Unidos a insistir en intervenciones militares poco exitosas y sumamente peligrosas. El autor reconoce que para los analistas de izquierda la respuestas es muy sencilla: porque los Estados Unidos son una nación imperialista que interviene militarmente “con el fin de mantener su poder económico y político en el mundo”. A Wallerstein no le satisface esta respuesta porque, según él, la realidad histórica es que desde 1945 los norteamericanos no han ganado una sola confrontación militar de importancia. Si como alegan los izquierdistas, Estados Unidos interviene  para adelantar sus intereses hegemónicos, por qué sus intervenciones han sido tan incompetentes. Para demostrar su punto Wallerstein pasa revista a las principales intervenciones militares estadounidense de los últimos sesenta años. Según él, los norteamericanos fueron derrotados en  Vietnam, en Corea y la primera guerra del Golfo lograron un empate, es claro que están perdiendo en Afganistán y la invasión de Irak de seguro será juzgada como un fracaso por los historiadores. En otras palabras,  el autor se pregunta qué clase de imperio es éste que no gana una guerra. O en palabras de Wallerstein: “¿Qué impulsa a Estados Unidos a involucrarse en acciones de tal derrota política propia, especialmente si uno piensa en Estados Unidos como una potencia hegemónica que intenta controlar al mundo entero para sacarle ventaja?”

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Para el autor, la explicación está en la política interna de los Estados Unidos. Como toda gran potencia, los Estados Unidos son un país intensamente nacionalista. Según Wallerstein, todas las potencias –y en especial las hegemónicas–  “creen en sí mismas y en su derecho moral y político de afirmar sus (así llamados) intereses nacionales”.  Los Estados Unidos no son ni han sido la excepción. Es por ello que la inmensa mayoría de la población norteamericana es  y ha sido partidaria, desde un punto de vista patriótico, de que su país se afirme a nivel mundial “si es necesario militarmente”.   De ahí, que según el autor, el número de estadounidenses que ha mantenido una posición anti-imperialista desde 1945 sea una porción “políticamente insignificante” de la población. En otras palabras, desde la segunda guerra mundial, la mayoría de los norteamericanos han apoyado la afirmación imperialista de los Estados Unidos, motivados por un fuerte sentimiento patriótico.

Para Wallerstein, la política estadounidense no se divide entre opositores y simpatizantes del imperialismo, sino entre quienes son “fuertemente intervencionistas” y quienes favorecen el llamado aislacionismo. Sin embargo, estos últimos no son anti-militaristas, pues apoyan la inversión y el gasto militar, pero sí “son escépticos en cuanto a utilizar estas fuerzas en lugares ajenos”. El autor reconoce que tras esta división existe lo que él denomina como una “gama de posiciones intermedias”.

Intervencionistas o aislacionistas, la mayoría de los políticos norteamericanos no están dispuestos a buscar o proponer una reducción en el gasto militar por razones de política partidista. El aislacionismo tuvo una fuerte presencia en el Partido Republicano en el periodo previo a la segunda guerra mundial, pero a partir de 1945 se redujo y perdió fuerza.  Desde  el fin de la guerra, los republicanos han adoptado una actitud a favor de la inversión en el gasto militar y han criticado la supuesta debilidad o suavidad de la política exterior de los demócratas. La realidad histórica es que los republicanos no siempre han sido consistentes con su discurso y se han opuesto al envío de tropas estadounidenses a lugares como los Balcanes en la década de 1990. A pesar de estas incongruencias,   el público norteamericana tiende a ver a los republicanos como  halcones (“hawks”) patriotas.

Obama y Afganistán

Según Wallerstein, esta idea generalizad choca con la realidad histórica porque desde la segunda guerra mundial, los demócratas han sido más propensos a llevar a cabo intervenciones militares que sus opositores republicanos. A pesar de ello, los republicanos han acusado  sistemáticamente a los demócratas de ser palomas (“doves”), es decir, de faltarles valor, empuje y decisión en su política exterior. Esta acusación ha tenido un gran peso sobre la actitud de las administraciones demócratas de los últimos sesenta años. En palabras del autor, los demócratas han estado atrapados “en  la etiqueta de ser menos machos que los republicanos”, acusación ésta  muy costosa, políticamente hablando.

5_afganistan_tanquesWallerstein cree –podríamos decir, teme–  que la presión de este paradigma político puede terminar haciendo que el Presidente Obama opté por aumentar el número de soldados estadounidenses en Afganistán para no lucir ni débil, ni suave en su política exterior, ni hacerle daño a su partido.  Ello colocaría al joven presidente “en el sendero de la guerra de Vietnam”.

El autor cierra su ensayo señalando que es hora de que los norteamericanos “entiendan que las intervenciones militares estadounidenses en el extranjero son gastos militares increíblemente grandes en casa y no son la solución a sus problemas, sino el mayor impedimento para la supervivencia y el bienestar nacional estadounidense”.

Coincido plenamente con los planteamientos de Wallerstein. Es claro que la política partidista estadounidense juega –y siempre ha jugado– un papel muy importante en la formulación de la política exterior norteamericana. El autor identifica y explica muy bien la dinámica establecida entre los dos partidos principales norteamericanos desde  el inicio de la guerra fría: por un lado los republicanos con su patriotismo exagerado fomentando el militarismo y atacando a unos demócratas preocupados de ser acusados de débiles o de perder países ante el comunismo (China en 1949) o el terrorismo (Pakistán 20??).  Para entender la política exterior estadounidense no basta con enfocar sus intereses geopolíticos o económicos. Es también necesario atender el juego político doméstico en el que inciden elementos como el nacionalismo, el patriotismo, el excepcionalismo, el regionalismo, la religiosidad, el complejo industrial-militar, etc.

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Me llamó poderosamente  la atención la visión que tiene Wallerstein de los ciudadanos estadounidenses, pues es claro que considera que la mayoría de éstos han adoptado actitudes imperialistas en los últimos sesenta años. Guiados por un fuerte nacionalismo y patriotismo, los estadounidenses no lucen en el ensayo de Wallerstein como el pueblo inocente y manipulable por el gobierno y los medios que algunos analistas han señalado. Todo lo contrario, para Wallerstein, sólo una minoría del pueblo norteamericano ha adoptado una actitud crítica ante las intervenciones militares de su gobierno. La mayoría ha apoyado la proyección y la defensa de los intereses norteamericanos con el uso de la fuerza. La perenne inocencia del pueblo norteamericano queda de esta forma terriblemente comprometida.

Esperemos que los temores de Immanuel Wallerstein no se concreten y que por el bien de su país Obama evite caer en la trampa de enviar más tropas a ese matadero de imperios llamado Afganistán.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 29 de setiembre de 2009

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Chalmers Johnson

Chalmers Johnson

En un ensayo titulado “There Good Reasons to Liquidate Our Empire and Ten Steps to Take to Do So” (TomDispatch.com, 30 de julio de 2009), el historiador norteamericano Chalmers Johnson enfoca uno de los elementos más característicos del imperialismo norteamericano: la extensión de sus bases militares alrededor del mundo.  Johnson es profesor emérito de la Universidad de California (San Diego) y uno de los críticos más filosos de la política exterior norteamericana. Este antiguo asesor de CIA es  autor de un trilogía clave  en el desarrollo de la historiografía reciente del imperialismo norteamericano: Blowback: The Costs and Consequences of American Empire (New York: Metropolitan Books, 2000), The Sorrows of Empire: Militarism, Secrecy, and the End of the Republic (New York: Metropolitan Books, 2004) y Nemesis: The Last Days of the American Republic (Metropolitan Books, 2006).

A Johnson le preocupa el efecto que pueda tener el imperio de bases militares sobre el programa reformista del Presidente Barack Obama. Para el autor, las bases militares ­–y el militarismo del que son una expresión– podrían tener tres consecuencias devastadoras para los Estados Unidos: sobre extender (“over-stretch”) militarmente a los Estados Unidos, provocar un estado perpetuo de guerra y/o llevar a la nación norteamericana a la ruina económica. Todo ello podría provocar un colapso similar al que sufrió la Unión Soviética. Palabras fuertes de un historiador sin pelos en la lengua.  Veamos a que se refiere Johnson.

Citando un inventario realizado por el Pentágono en 2008, Johnson alega que los Estados Unidos poseen 865 bases militares en 46 países y territorios estadounidenses. Según ese mismo inventario, los Estados Unidos tenían desplegados 196,000 soldados en sus bases. Por ejemplo, en Japón hay 46,364 miembros de las fuerzas armadas estadounidenses, acompañados por 45,753 familiares y apoyados por 4,178 empleados civiles norteamericanos.  Sólo en la pequeña isla de Okinawa hay 13,975 soldados norteamericanos.

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Para Johnson, tal despliegue de poder militar no sólo es innecesario para garantizar la seguridad nacional de los Estados Unidos, sino que también excesivamente costoso. Citando un artículo de Anita Dancs, analista del “think tank” Foreign Policy in Focus, Johnson arguye que los Estados Unidos gastan $250 mil millones anuales en el mantenimiento de sus bases militares con un solo objetivo: garantizar su control de un imperio que nunca necesitaron y que “no pueden sostener”.

El autor identifica tres razones que, según él, hacen necesaria la eliminación de ese imperio de bases como un paso inevitable para el bienestar de los Estados Unidos:

  1. Los Estados Unidos ya no son capaces de mantener su hegemonía global  sin convocar a un desastre nacional. Según Johnson, los Estados Unidos no pueden mantener su rol hegemónico por razones económicas, pues son un país al borde de la bancarrota y en franca decadencia económica. Obviar esas realidades insistiendo en retener sus bases mundiales podría llevar al gobierno norteamericano a la insolvencia. Para justificar sus argumentos el autor recurre a cifras muy impresionantes, pues según él, para el 2010 el déficit presupuestario norteamericano será de $1.75 trillones, cifra que no incluye el presupuesto militar para el 2009 ascendente a $640 mil millones,  ni el costo de las guerras en Irak y Afganistán.  Johnson concluye que el pago de tal deuda tomara generaciones.
  2. Los Estados Unidos están destinados a ser derrotados en Afganistán. Según Johnson, las autoridades norteamericanos no han sido capaces de reconocer que tanto ingleses como soviéticos fracasaron en sus empresas militares en Afganistán empleando las mismas estrategias usadas por los Estados Unidos hoy en día. Esto constituye “uno de nuestros  más grandes errores estratégicos”.  Johnson critica que las acciones estadounidenses en Afganistán no estén basadas en el reconocimiento de la historia de una región que históricamente ha resistido con éxito la presencia de fuerzas foráneas. Éste crítica las tácticas estadounidenses, en especial, el uso de aviones a control remotos o “drones”, porque éstos provocan la muerte de civiles afganos inocentes,  enajenando el apoyo de quienes supuestamente los estadounidenses están “salvando para la democracia”. Además, las operaciones militares estadounidenses en Afganistán y Pakistán carecen de una inteligencia precisa sobre ambos países  y reflejan, por ende, una visión miope de la realidad política de la región.  Johnson cree que los Estados Unidos deben reconocer que la guerra en Afganistán está ya perdida y no desperdiciar más tiempo, vidas humanas y dinero en un conflicto que no pueden ganar.
  3. Es necesario que los Estados Unidos pongan fin a la vergüenza que acompaña su imperio de bases. El autor visualiza las bases militares como una especie de campo de juego sexual (“sexual playground”) donde los soldados norteamericanos comprometen con su conducta la imagen de los Estados Unidos. Según Johnson, miles de soldados norteamericanos son destinados a países cuya cultura no entienden y que, además, han sido enseñados a ver a sus habitantes como entes inferiores, lo que provoca serios problemas en su comportamiento, sobre todo, sexual. Para probar este punto el autor nos brinda cifras muy interesantes y reveladoras sobre la violencia sexual de que son objetos los residentes de las zonas aledañas a las bases militares norteamericanas ­–además de las mujeres que forman parte de las fuerzas armadas estadounidenses– y de cómo las autoridades militares norteamericanas no hacen, prácticamente, nada para frenar y castigar los delitos sexuales que comenten sus soldados. Para Johnson la solución está en reducir el tamaño de las fuerzas armadas trayendo de vuelta a los Estados Unidos a miles de soldados estadounidenses, desmantelando las bases donde éstos están desplegados.

Johnson no sólo identifica las razones que hacen necesario que los Estados Unidos desmantelen su imperio de bases, sino que también nos brinda diez medidas que él considera necesarias para ello. Entre ellas destacan: poner fin al mito creado por el complejo militar-industrial de que el establecimiento militar norteamericano es valioso en términos económicos, pues produce empleos e investigación científica. Johnson recomienda poner fin al uso de la fuerza como “el principal medio para alcanzar los objetivos de la política exterior” estadounidense.  El autor también sugiere reducir el tamaño del ejército, darle más ayuda médica a los veteranos afectados física o mentalmente, eliminar el ROTC, dejar de ser el principal exportador mundial de armas y restaurar la disciplina y la responsabilidad por sus acciones entre las tropas estadounidenses. NS_Rota

Johnson cierra su ensayo reconociendo que a lo largo de la historia pocos imperios han renunciado a “sus dominios” para salvar sus instituciones políticas. Es necesario, según el autor, que los Estados Unidos aprendan de dos ejemplos recientes (Gran Bretaña y la Unión Soviética) y tomen las medidas necesarias para frenar los efectos del imperialismo. El autor concluye su trabajo pronosticando que si los estadounidenses no aprenden de los errores  de los imperios que le antecedieron, será imposible evitar la “caída y decadencia” de los Estados Unidos de América.

Este corto ensayo nos brinda información valiosa sobre la extensión del militarismo norteamericano a nivel mundial y de sus consecuencias. Es claro que Johnson ve el mantenimiento de las  cientos  de bases militares norteamericanas como una rémora que compromete valiosos recursos económicos que podrían ser usados para enfrentar algunos de los serios problemas que enfrenta la nación estadounidense. Su enfoque es claramente aislacionista y moralista. Para él, los Estados Unidos deben reconocer que ya no son lo ricos y poderosos que solían ser, y concentrarse en sí mismos. Su tono refleja una visión muy pesimista del futuro de los Estados Unidos. Para Johnson, la nación norteamericana es un país en franca decadencia gracias a su obsesión belicista.  Es curioso que a principios del siglo XX analistas y críticos de la política exterior norteamericana, especialmente de la retención de las Filipinas como colonia y de la expansión de la marina de guerra, pronosticaron exactamente lo que hoy Johnson denuncia de forma tan severa.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 10 de septiembre de 2009

Nota: todas las traducciones del inglés son mías.

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