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Archive for 25 diciembre 2012

 

En los primeros meses de este año (2012) leí un ensayo que me pareció fascinante, pero que por diversas razones no pude entonces reseñar. No quiero que terminé el año sin hacerlo. Se trata de “Soundtracks of Empire: “The White Man´s Burden,” the war in the Philippines, the “ideals of America and Tin Pan Alley” de Robert W. Rydell. Publicado en el European Journal of American Studies, “Soundtracks of Empire” examina  las canciones que sirvieron de banda sonora  a la  expansión norteamericana de finales del siglo XIX.

Antes de continuar el análisis de este corto ensayo es necesario hacer algunos comentarios sobre su autor.  Robert W. Rydell es profesor del Departamento de Historia, Filosofía  y Estudios Religiosos de la Montana State University y autor uno de los trabajos pioneros en el estudio cultural del imperialismo norteamericano. Me refiero al ya clásico All the World’s a Fair: Visions of Empire at American International Expositions, 1876-1916, publicado en 1984 por la University of Chicago Press. En este libro, Rydell enfoca como las ferias mundiales celebradas en Estados Unidos en las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX sirvieron de herramientas legitimadoras, tanto del orden racial como del imperialismo estadounidense.

indexEn “Soundtracks of Empire”, Rydell examina las canciones compuestas en Estados Unidos con motivo de la Guerra hispano-cubano-norteamericana por los “songsters” (cantores) del llamado Tin Pan Alley. El autor analiza las obras de compositores como Charles K. Harris (Ma Filipino Babe), J. A. Wallace (Yankee Doodle Dewey) y Edward W. Wickes y Ben Jansen (He Laid Away a Suit of Gray to Wear the Union Blue). Es necesario aclarar que Tin Pan Alley es como era conocida la zona en la ciudad de Nueva York donde estaban ubicados los compositores y productores musicales en las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX (Calle 28, entre la 5ta y la 6ta Avenida). Esta zona fue testigo de una impresionante producción musical que marcó el desarrollo de la cultura estadounidense.

Tinpanalley

Tin Pan Alley

De acuerdo con Rydell, los compositores del Tin Pan Alley también jugaron un papel muy importante en el desarrollo del imperialismo estadounidense. Las canciones que éstos crearon con motivo de la guerra con España y en las Filipinas– “canciones imperiales” les llama Rydell– ayudaron a la clase media norteamericana a desarrollar “una conexión emocional e intelectual” con el imperialismo estadounidense. Sin embargo, estas canciones –y sus creadores– mantuvieron una relación más compleja con el expansionismo de finales del siglo XIX, pues aunque no le cuestionaron, sí subrayaron algunas de sus consecuencias “negativas”, especialmente, las raciales.  Según Rydell, las canciones imperiales no sólo recogieron lo que él denomina como “the joys of imperial pursuits” (los gozos de la empresa imperial), sino también las ansiedades asociadas al incremento del llamado “problema racial” de la sociedad estadounidense, es decir, la existencia de una minoría negra.  En otras palabras, las canciones sirvieron para justificar la guerra con España, pero también reflejaron las inquietudes raciales de la época en reacción a la adquisición de territorios poblados por pueblos no blancos. Las “imperial songs” enviaron un mensaje muy claro: la inferioridad racial de la población de las colonias recién adquiridas les hacía incapaces para el autogobierno y, por ende, para ser incorporados como ciudadanos de la nación estadounidense.

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AllcoonslookaliketomeUna parte clave del ensayo de Rydell  es su análisis las “Coon songs”. Estas canciones surgieron a finales del siglo XIX y representaban los negros norteamericanos de forma profundamente racista y estereotipada. La palabra “coon”, diminutivo de “raccoon” (mapache), era usada desde el siglo XVIII para referirse a los negros en Estados Unidos.  Según el autor, en el siglo XIX, los “blackface minstrels”, trovadores blancos que se pintaban la cara de negro para cantar y bailar, convirtieron la palabra coon en  un insulto racista. Rydell aclara que la combinación entre la palabra coon y la música no se dio hasta finales del siglo XIX, dando vida a un nuevo género musical, las “Coon songs”. El responsable de tal hecho fue un cantante afroamericano llamado Ernest Hogan con su canción All Coons Look Alike to Me, que fue publicada en 1896 y vendió millones de copias.  No está claro por que Hogan, un negro, escribió esta canción profundamente racista, pero es indiscutible que con ello dio vida a una nuevo género musical y creó oportunidades comerciales para otros compositores afroamericanos.  Fue así como las “Coon songs” se convirtieron en un producto comercialmente muy exitoso.

Cooncooncoon

El éxito comercial de la “Coon songs” llamó la atención de los compositores y productores blancos del Tin Pan Alley, quienes usaron sus considerables recursos económicos para saturar el mercado con este tipo de canción. Cuando estalló la guerra con España, los productores musicales adaptaron con gran rapidez e ingenio las “coon songs” con temáticas y letras relacionadas con la guerra con España y la ocupación de las Filipinas, ayudando así a la domesticación del imperio ganado en 1898.

El proceso de producción en masa de canciones imperiales comenzó con el desastre del USS Maine. De acuerdo con el autor, entre 1898 y 1899,  fueron compuestas más de 100 canciones sobre la guerra con España. Rydell menciona algunas de ellas: Brave Dewey and his Men, The Charge of the Roosevelt Ride, In Memorian of the Maine, y Teddy Rough and Ready. Estas canciones ayudaron “a hacer héroes de simples mortales y a avivar las llamas de la fiebre belicista y el nacionalismo”.

BRAVE DEWEY AND HIS MENE. F. Galvin, 1898

A squadron lay at break of day with enemy in view,

Each boat and tar had sailed afar a glorious deed to do.

American each ship and man, fought that eventful fray!

Twas Dewey’s fleet the foe did meet down at Manila Bay.

Chorus.

Then raise a cheer all earth can hear, and three times three again.

The noblest tars who sail the sea, brave Dewey and his men:

Then raise a cheer, all earth can hear, and three times three again.

The noblest tars who sail the sea, brave Dewey and his men:

A gallant dash, a roar, a crash, our guns spoke faultlessly,

And Dewey brave quick orders gave, which made new history.

At cannon’s mouth our tars did shout. “Avenge the Maine to-day!”

All Spain now weeps, four hundred sleeps down at Manila Bay.-Cho.

The Castile flag, that yellow rag. Has dipped to rise no more.

The stripes and stars, and our loved tars, are masters on the shore.

Those heroes grand throughout the land are idolized to-day:

Our foes are slain, no more of Spain down at Manila Bay.-Cho.

Fuente: http://www.traditionalmusic.co.uk/songster/60-brave-dewey-and-his-men.htm

Además de promover el espíritu bélico, canciones como Fighting side by side the Blue and the Gray de Charles Graham y There’s No North or South Today de Paul Dressler, usaron el conflicto con España para fomentar la reconciliación entre el Norte y el Sur.  Estas canciones subrayaban a España como el enemigo común que enfrentaban los antiguos adversarios de la guerra civil norteamericana. En canciones como He Laid Away a Suit of Gray to Wear the Union Blue de Edward M. Wickes y Ben James, los norteamericanos sanaban las heridas de la guerra civil y volvían a ser un solo pueblo unido frente a un enemigo común.

Ma Filipino BabeCuando la euforia nacional de la victoria contra España dio pasó a un intenso debate entre imperialistas y anti-imperialistas, Tin Pan Alley reenfocó la temática de sus canciones hacia el problema racial que significaban los habitantes de las islas recién adquiridas. Rydell examina una de las muestras más importantes de esta tendencia, Ma Filipino Babe (1899) de Charles K. Harris. Según el autor, en esta canción sobre el reencuentro de dos amantes separados por la guerra–un soldado afroamericano y una mujer filipina– Harris invocaba el fantasma del “miscegenation” (el mestizaje) –uno de los grandes temores de la época– e identificaba las semejanzas entre los filipinos (los sujetos coloniales externos, diría yo) y los negros norteamericanos (los sujetos coloniales internos). Aunque no criticaba la guerra, esta canción sí cuestionaba la capacidad de los filipinos para convertirse en ciudadanos estadounidenses al igualarles con los afroamericanos.

MA FILIPINO BABE – Charles K. Harris (1899)

On a war boat from Manila,

Steaming proudly o’er the foam,

There were many sailors’ hearts fill’d with regret;

Gazing backwards at the islands,

Where they’d spent such happy days

Making love to ev’ry pretty girl they met;

When up spoke a colored sailor lad

With bright eyes all aglow,

‘Just take a look at ma gal’s photograph.’

How the white crew laugh’d and chaffed him.

Where shiny face they saw.

But he said: “I love ma Filipino baby.”

Chorus—

She’s ma Filipino baby,

She’s ma treasure and ma pet.

There’s no yaller gal that’s dearer,

Though her face is black as jet

For her lips are sweet as honey,

And her heart is pure I know;

She’s ma pretty blackfaced Filipino baby.

In a little rustic cottage

In the far off Philippines,

Sits a little black-faced maiden all alone,

Waiting for sailor lover;

Though he’s black as black can be,

Yet she loves him and her heart for him does yearn.

Suddenly she hears his dear voice,

As he cries out, ‘Carolin,

I’ve come back to the only gal I love.’

And that night there was a wedding,

All the ship’s crew gathered there.

Fuente: Charles K. Harris, Charles K. Harris’ Complete Songster. Chicago: Frederick J. Drake Co., 1903, 88-90.

Otros compositores vincularon a los filipinos con la alegada lascivia que caracterizaba a los afroamericanos como una táctica para “racializar el discurso imperial uniendo imágenes degradantes de afroamericanos a imágenes  de las personas de piel oscura que se encontraban ahora bajo la sombrilla imperial norteamericana”. De esta forma se les recordaba a los estadounidenses que ya existía un problema racial  en Estados Unidos  que el “imperialismo republicano” buscaba aumentar añadiendo territorios poblados por pueblos racialmente inferiores.

The Charge of the RooseveltRydell concluye que como las caricaturas y las fotografías, las canciones imperiales ayudaron –­junto a sus coloridas caratulas– a  hacer visible y audible el imperio para los norteamericanos, ayudando así a generar un consenso doméstico a favor de la guerra y de la expansión. Sin embargo, éstas también jugaron un papel importante en el debate sobre qué hacer con el producto de tal expansión. Al resaltar la alegada incapacidad racial de los sujetos coloniales para la ciudadanía –es decir, para su incorporación política la Unión– contribuyeron a la representación de las nuevas colonias como  “outlying possessions” (posesiones periféricas), “insular possesions” (posesiones insulares) e “incorporated territories” (territorios incorporados), subrayando así su lejanía racial y geográfica. Las canciones imperiales ayudaron a los norteamericanos de clase media a entender el imperialismo en términos raciales y de género, subrayando que los posibles beneficios de éste venían acompañados del peligro de incorporar políticamente (hacer ciudadanos estadounidenses) a pueblos racialmente inferiores. De esta forma ayudaron a crear ­­–junto a otros factores– el escenario para las decisiones de la Corte Supremo en los llamados casos insulares. En 1901, la Corte Suprema norteamericana examinó el estatus político de las recién adquiridas posesiones coloniales de los Estados Unidos a través de una serie de importantes decisiones que pasaron a ser conocidas colectivamente como los casos insulares. En el más importante de éstos, Downes v. Bidwell, la corte decidió que las islas obtenidas en la guerra con España eran territorios no incorporados de la nación norteamericana. Según la corte, las islas pertenecían, pero no eran parte de Estados Unidos. Como los nuevos territorios eran propiedad, pero no parte integral de los Estados Unidos, era el Congreso quien definiría la aplicación de la constitución norteamericana a los habitantes a éstas. En otras palabras, ni los filipinos, ni los puertorriqueños estaban cobijados por la constitución norteamericana y, por ende, el Congreso tenía pleno poder para discriminarles negándoles la ciudadanía o el libre acceso al mercado estadounidense. En el caso de Puerto Rico, tal discriminación se ha extendido hasta nuestros días.

Brave Dewey

Sólo tengo un crítica para este interesante y valioso ensayo: su  autor no deja claro cómo las canciones que analiza ejercieron la influencia que les adjudica. En otras palabras, ¿cómo estas canciones llegaban a los norteamericanos? ¿Qué hacían éstos con ellas? ¿Cuántas de ellas se vendieron? ¿Qué ganancias generaban? ¿En qué medios artísticos se reproducían y por quienes?  Rydell está consciente de esta limitación y de ahí que recurra al trabajo de  la historiadora norteamericana Kristin L. Hoganson sobre la importancia de la esfera doméstica en el desarrollo del imperialismo norteamericano en los últimos años del siglo XIX y primeros del XIX (Consumers’ Imperium: The Global Production of American Domesticity, 1865-1920. Chapel Hill: University of North Carolina Press, 2007). Sin embargo, Hoganson no le sirve para contestar del todo las preguntas antes planteadas porque ésta se limita a enfocar el papel jugado por las mujeres de clase media transformando sus hogares en “imperial outposts” (puesto de avanzada imperial).  No cuestionó la importancia de la esfera doméstica en el proceso de creación de un consenso nacional alrededor del imperialismo, pero considero que ésta no explica del todo la influencia que tuvieron estas canciones. Espero que Rydell enfoque este problema en trabajos futuros.

Belle of ManilaDebo terminar subrayando que esta crítica no le resta importancia a este ensayo por varias razones. En primer lugar, porque Rydell expande los horizontes del análisis  del imperialismo estadounidense al incorporar la música. El autor examina el rol que desempeñó un grupo de compositores en la construcción de un consenso nacional imprescindible para la expansión de finales del siglo XIX.  Con ello confirma la importancia de la cultura en el análisis de las prácticas, políticas e instituciones imperiales estadounidenses. Segundo, el autor identifica la relación que existió entre raza  y música en el debate nacional que provocó la guerra con España y la adquisición de un imperio insular. Los compositores del Tin pan Alley apoyaron la guerra y a expansión, pero rechazaron en términos profundamente raciales la incorporación política de los pueblos que fueron adquiridos en 1898.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, Perú, 25 de diciembre de 2012

NOTA: todas las traducciones del inglés son mías. Aquellos interesados en el tema analizado por Rydell podrían visitar los siguientes vínculos:

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Tapa definitiva Vecinos en conflictoAcabo de leer un libro que me resultó, además de interesante, muy instructivo. Me refiero a Vecinos en conflicto: Argentina y Estados Unidos en las Conferencias Panamericanas (1880-1955). Escrito por Leandro Morgenfeld y publicado en 2011 por Ediciones Continente, Vecinos en conflicto es un estudio concienzudo del desarrollo de las relaciones argentino-estadounidenses desde las últimas décadas del siglo XIX hasta mediados del siglo XX.  Morgenfeld no es un autor ajeno a esta bitácora, pues en octubre pasado compartimos sus comentarios sobre el cincuentenario de la Crisis de los misiles. Doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires, Morgenfeld es, sin lugar a dudas, uno de los analistas latinoamericanos de las relaciones interamericanas más destacados en la actualidad.

Este libro, tesis doctoral de su autor, enfoca el desarrollo de las relaciones argentino-estadounidenses a través de un análisis profundo de la interacción entre ambas naciones en las diez conferencias panamericanas realizadas entre 1889 y 1954.  Según Morgenfeld, durante gran parte de ese periodo, Argentina saboteó o entorpeció los intentos norteamericanos de usar las conferencias panamericanas como herramienta para adelantar sus intereses económicos y geopolíticos en el hemisferio occidental. Este enfrentamiento argentino-norteamericano estuvo definido por varios factores: el carácter competitivo  de las economías argentina y estadounidense, las políticas arancelarias norteamericanas, la orientación europeísta de la Argentina –dada la dependencia de su oligarquía en el mercado británico–, el nacionalismo argentino y las aspiraciones hegemónicas de Estados Unidos.

La extensión y profundidad del análisis de este libro –unidos a la naturaleza de esta bitácora– me obligan a limitar mis comentarios a los puntos más significativos del trabajo de Morgenfeld. Comenzaré con su enfoque teórico.

Leandro-Morgenfeld

Leandro Morgenfeld

Morgenfeld parte de una visión materialista histórica en la que las relaciones internacionales se fundamentan en elementos de carácter económico-sociales comprendidos “en el marco de las relaciones políticas, económicas, sociales, estratégicas e ideológicas más generales.” (422) De ahí que afirme que las políticas externas de Argentina y Estados Unidos estuvieron “determinadas por los intereses económicos sociales que defendían las clases dirigentes de sus países”. (424) Morgenfeld, consciente de las limitaciones de este tipo de argumento, plantea que “esto no quiere decir que respondieran mecánica ni automáticamente  a las necesidades de las clases dominantes y de los capitales argentinos y estadounidenses, sino que la dirección de dichas políticas podía desplegarse, en el mediano y largo plazo, según los límites que imponían estas necesidades.” (424) El autor reconoce, además, la influencia de otros factores en este proceso: las coyunturas en que se desarrollaron cada una de las conferencias panamericanas, las luchas políticas internas, las disputas de carácter ideológico, los aspectos estratégicos, los aspectos culturales y los individuos (las ambiciones personales de los representantes poíticos y diplomáticos de cada país).  En otras palabras, Morgenfeld tiene claro que los factores económicos-sociales no se dan un vacío político, ideológico o cultural.  Este es un acercamiento que me parece valioso, ya que resalta la importancia de las clases sociales en el estudio de las relaciones internacionales sin caer en determinismos.

Delegados de la Primera Conferencia Panamericana, Washington, 1889

Delegados de la Primera Conferencia Panamericana, Washington, 1889

Como parte de su enfoque materialista, el autor se muestra muy preocupado por ubicar las relaciones argentino-estadounidense en el contexto del desarrollo del capital y de las luchas inter-imperialistas. De ahí que preste atención al papel y evolución de Argentina como país dependiente y exportador, y el de Estados Unidos como potencia industrial y financiera ascendente. Esta evolución, y  el carácter competitivo de las economías de ambos países, determinó la participación de la delegación argentina en las conferencias panamericanas. En otras palabras, las disputas comerciales causadas por el efecto del proteccionismo estadounidense sobre los productos argentinos fue un factor determinante en la actitud que Argentina asumió frente a las propuestas norteamericanas. Durante el periodo analizado por el autor, los intereses agropecuarios norteamericanos fueron capaces de bloquear o limitar el acceso de los productos argentinos al mercado del vecino del norte, mientras que Argentina importaba cada vez más productos estadounidenses.  Los delegados argentinos en las conferencias buscaron, infructuosamente, revertir esta relación asimétrica. Esta situación unida al hecho de que hasta mediados del siglo XX la relación con Estados Unidos era mucho menor que la que los argentinos mantenían con Europa, llevaron a Argentina “a ser quizás el país más escéptico respecto al proyecto panamericano que impulsaba el país del Norte para consolidar su hegemonía en la región”. (428)

Para detener el avance norteamericano en América Latina, Argentina buscó “encolumnar tras de sí a los países latinoamericanos, con desigual éxito, según las coyunturas diversas.” (428) Argentina logró sabotear los planes estadounidenses  en la misma Primera Conferencia Panamericana celebrada en Washington en 1889. En los primeros años del siglo XX, Argentina mantuvo en jaque a los estadounidenses al cuestionar el intervencionismo norteamericano en el Caribe y América Central. Entre 1914 y 1929,Argentina mantuvo lo que el autor describe como un triángulo económico con Estados Unidos y Gran Bretaña. El vecino norteamericano pasó a ser su principal inversor  extranjero mientras se mantuvo una relación comercial especial con los británicos. Durante este periodo el gobierno argentino mantuvo sus críticas contra las intervenciones estadounidenses en América Central y contra el proteccionismo estadounidense. Durante los años de crisis iniciados en 1929, se mantuvo la relación triangular.

Pan-American Conference in Rio de Janeiro, 1906

Delegados de la Tercera Conferencia Panamericana, Rio de Janeiro, 1906

El principal conflicto en las relaciones argentino-estadounidenses se dio durante la segunda guerra mundial por la negativa de Argentina a romper relaciones diplomáticas con los países del Eje, por lo que quedo fuera del sistema interamericano. El gobierno argentino insistió en mantener su neutralidad por la “fuerza y presión de los sectores nacionalistas, neutralistas y antiestadounidenses.” (429)  Gran Bretaña, consciente de que Estados Unidos buscaba desplazarle, fue mucho más tolerante con la neutralidad argentina. Una vez acabado el conflicto mundial, las necesidades geopolíticas de la recién estrenada guerra fría jugaron a favor de la readmisión de Argentina en el sistema interamericano.

En el periodo de la posguerra, Argentina asumió una actitud mucho más cooperativa con Estados Unidos  por varias razones. Primero, porque la reciente dependencia en las importaciones estratégicas, préstamos e insumos militares estadounidenses debilitó la capacidad de resistencia argentina. Segundo, porque el fracaso de su proyecto de desarrollo, obligó a Perón a buscar un acercamiento con Estados Unidos, dulcificando las posiciones y actitudes argentinas. Perón buscaba ayuda económica y financiamiento estadounidenses y por ello adoptó una estrategia de negociación. Tercero, porque el poderío e influencia de Estados Unidos hacían más difícil a Argentina enfrentar a su vecino del Norte o influir sobre las demás naciones americanas. A pesar de todo ello, las relaciones bilaterales no siempre fueron buenas, especialmente, por la política “tercermundista” de Perón.

Morgenfeld concluye que la  “continuidad que se observa, en los 75 años analizados, es el enfrentamiento o bien la reticencia argentina a seguir las políticas estadounidenses en el continente”. (430) Es necesario subrayar que la actitud argentina frente a las aspiraciones hegemónicas norteamericanas no fue producto de visiones o actitudes anti-imperialistas o latinoamericanistas, sino mas bien consecuencia de la vinculación-dependencia de la oligarquía argentina con Europa. De acuerdo con el autor, Argentina fue incapaz de desarrollar una agenda propia o de promover la integración latinoamericana frente a Estados Unidos por su condición de nación dependiente y la actitud europeísta y racista de su oligarquía.

George Marshall se dirige a la Novena Conferencia Panamericana en Bogotá, 1948

No puedo terminar si hacer un varios cometarios finales. Comenzaré con el tema del panamericanismo, que por razones obvias es uno central en esta obra. Para el autor, el panamericanismo estadounidense respondía a  “necesidades geoestratégicas” y económicas. El gobierno estadounidense impulsó el panamericanismo como una herramienta para enfrentar la presencia de otras potencias capitalistas en la región americana y el América del Sur en particular. Es necesario recordar que los europeos –especialmente, los británicos– disfrutaron hasta la primera guerra mundial de una posición dominante en el comercio y las inversiones extranjeras en América del Sur.  El panamericanismo respondía, según el autor, a las necesidades de “los grandes exportadores estadounidenses” que querían ampliar sus mercados externos  y del interés de  los capitalistas financieros de ampliar su presencia en América del Sur.  En términos estratégicos, el panamericanismo buscaba “afirmar la unidad –bajo la hegemonía estadounidense­– del continente americano, que incluyera formas de resolver los litigios, de llegar acuerdos de paz, de establecer la defensa continental y de repeler potenciales ataques extracontinentales. Era la puesta en práctica, en algún sentido, de la vieja doctrina Monroe.” (423) En conclusión, los estadounidenses usaron  el panamericanismo como una herramienta para expansión de su capital y para “horadar” la presencia hegemónica británica en América del Sur.

Uno de los puntos que más me sorprendió de este libro es que su autor identifica la presencia de puertorriqueños como miembros de la delegación estadounidense a dos conferencias panamericanas: la Tercera Conferencia Panamericana (Rio de Janeiro, 1906) y la Octava Conferencia Panamericana (Lima, 1938). A la reunión de Rio acudió Tulio Larrinaga y a la conferencia de Lima Emilio del Toro, Juez Presidente de la Corte Suprema de Puerto Rico. Por razones obvias, Morgenfeld no le presta mayor atención a este punto que también ha pasado inadvertido para la historiografía puertorriqueña. ¿Quién decidió la presencia de estos puertorriqueños en la delegaciones estadounidenses? ¿Qué se buscaba con ello? ¿Qué papel jugaron ambos durante las reuniones panamericanas? Estas son peguntas que, a mi entender, merecen ser atendidas, ya que podrían aportar en el estudio de un tema más amplio: el papel jugado por la colonia más antigua del mundo en la diplomacia latinoamericana de su metrópoli.

Debo también destacar un elemento metodológico: Vecinos en conflictos es el resultado de un impresionante trabajo de investigación en  archivos argentinos y estadounidenses. Morgenfeld consultó las fuentes contenidas por el Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto de la República Argentina (AMREC) y por la National Archives and Records Administration (NARA) en Washington D.C.. La combinación y análisis crítico de fuentes argentinas y estadounidenses le imprimen a este libro una gran profundidad y seriedad metodológica.

Relaciones Peligrosas. Argentina y EEUUPara terminar, este libro es una aportación muy valiosa al estudio no sólo de las relaciones argentino-estadounidenses, sino también de las relaciones interamericanas en general. Morgenfeld hace un excelente trabajo analizando la interacción argentino-estadounidense en las conferencias panamericanas en un marco regional amplio. Vecinos en conflicto subraya también  la importancia del estudio de Estados Unidos en América Latina. Es por todo ello que me genera gran expectativa la salida del próximo libro de Morgenfeld  Relaciones peligrosas. Argentina y Estados Unidos(Buenos Aires: Capital Intelectual, diciembre 2012), que, además, se da en una coyuntura muy interesante como consecuencia del embargo de la Fragata Libertad y del fallo del Juez Thomas Griesa, ordenándole a Argentina pagar $1450 millones a los fondos buitre.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, 1ro de diciembre de 2012

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