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Archive for 28 noviembre 2013

 
El pais  29 de noviembre de 2013
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Raquel Marín

Recientemente, el secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, proclamó lo que en los hechos ya resultaba evidente a mediados de la década pasada: el ocaso de la doctrina Monroe.Un conjunto de factores estructurales de diversa índole, de tendencias globales y regionales y de transformaciones de envergadura en muchos países del continente —incluido, por supuesto, EE UU— fueron confirmando los límites y los costes de la diplomacia coercitiva, de la capacidad de Washington de intervenir unilateralmente en los asuntos internos de América Latina y de lograr, sin consultar a nadie, la satisfacción de sus principales objetivos en el área.

Quizás de modo un tanto ingenuo, algunos observadores en la región detectaron en las palabras de Kerry una nueva vocación de aislacionismo de Estados Unidos respecto a Latinoamérica. Con escasa base empírica, hubo otros que percibieron que el gesto de Kerry era la constatación de que Estados Unidos ya se había “ido” de América Latina. La consecuencia natural de esas dos lecturas fue enseguida una sola: bye bye Monroe, adiós Estados Unidos.

Probablemente resulte más preciso reconocer que el fin de la doctrina Monroe no implica el “retiro” o el “olvido” de Estados Unidos con relación a América Latina. Es posible que resulte útil comenzar a hablar de la doctrina Troilo como una suerte de sustituto simbólico a propósito de las relaciones interamericanas. Aníbal Troilo no fue un político latinoamericano, sino uno de los más grandes bandoneonistas argentinos. Nocturno a mi barrio fue una composición suya especial: no solo la escribió en 1968, sino que fue la única que interpretó en 1972. Su letra viene al caso. En aquel soberbio tango, Troilo decía: “Alguien dijo una vez que yo me fui de mi barrio. ¿Cuándo? ¿Pero cuándo? Si siempre estoy llegando”. La letra tanguera se puede usar para discernir cómo, a pesar de las apariencias y de algunos diagnósticos altisonantes que han ido surgiendo en la propia América Latina, los datos concretos más recientes muestran que Estados Unidos nunca se “fue” de la región: hello Troilo.

Según un estudio, en 2012 la inversión fue cinco veces mayor que en los cinco años anteriores

Por ejemplo, es cierto que el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) se desvaneció en 2005 en la Cumbre de las Américas de Mar del Plata. Pero Estados Unidos ya suscribió y ratificó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte con México y Canadá, el Tratado de Libre Comercio con Centroamérica y República Dominicana y los tratados de comercio bilaterales con Chile, Colombia, Perú y Panamá. Mientras Mercosur no ha definido una mirada medianamente consistente hacia el Atlántico ni tiene una perspectiva consensuada con relación al otro océano que baña las costas de América Latina, la Alianza del Pacífico (Chile, Colombia, Perú y México) se suma, por interés propio, a la denominada pivot strategy mediante la cual Estados Unidos busca afirmar su proyección de poder en Asia, acompañada por aliados regionales, y rodear a Beijing para limitar la influencia china en la cuenca del Pacífico. Paralelamente, Estados Unidos continúa siendo, a pesar del avance de China en América Latina, el principal inversor en México y la cuenca del Caribe según el último informe de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) en la materia. Además de acuerdo a la misma fuente, y a pesar de la persistente crisis económica interna, “en 2012 las empresas transnacionales de Estados Unidos fueron responsables del 24%” de la inversión extranjera directa en América Latina; “un porcentaje mayor que el de los cinco años anteriores”.

En cuanto a políticas contra el narcotráfico, y al margen de que se cuestione en la región la llamada “guerra contra las drogas”, Washington ha llevado a cabo el Plan Colombia, la Iniciativa Andina, el Plan Mérida, la Iniciativa de Seguridad de la Cuenca del Caribe y la Iniciativa de Seguridad Regional para Centroamérica. La creación en 2009 del Consejo Sudamericano de Defensa fue trascendental, pero se produjo después de que Estados Unidos volviera a restablecer en 2008 la IV Flota que había sido disuelta en 1950 y que ahora tiene como misión principal combatir el crimen organizado transnacional. Es cierto que en diciembre de 2000 se cerró la infausta Escuela de las Américas, donde se adiestraron tantos dictadores de la región, pero el total de latinoamericanos entrenados en Estados Unidos entre 1999 y 2011 fue, según el sitio web Just the Facts (www.justf.org) de 195.807 —superior a algunas de las décadas de mayor contacto intramilitar en el continente—. A ello hay que sumar la consolidación de bases en Centroamérica y el Caribe y la ampliación de facilidades militares, como el despliegue de radares y el aumento de operaciones contra las drogas, en esa zona próxima que Washington considera su “tercera frontera”.

Por más diversificación de la asistencia que han buscado los Estados latinoamericanos, la ayuda total a la región de Estados Unidos sigue destacándose sobre el resto de países: 17.317 millones de dólares para el periodo 2009-2014. La asistencia militar y policial de Estados Unidos a América Latina, 6.821 millones de dólares entre 2009-2014, supera la cantidad brindada por cualquier otra nación extrarregional. Si bien la región apuntó a tener fuentes distintas en cuanto a la provisión de armamentos, el total de ventas de armas de EE UU a Latinoamérica fue de 11.191 millones de dólares entre 2006 y 2011. Aunque Estados Unidos se replegó de Ecuador al finiquitarse su uso de la base de Manta y no logró que fuese constitucional el acuerdo con Colombia para usar siete bases militares de ese país, Washington logró sellar dos compromisos con Brasilia —el acuerdo de cooperación en defensa de abril de 2010 y el acuerdo de seguridad en información militar de noviembre de ese mismo año— e iniciar la readecuación de un acuerdo de cooperación en defensa con Perú de 1952. Corresponde aclarar asimismo que según el Stockholm International Peace Research Institute, EE UU es el segundo proveedor de armamentos de Brasil después de Francia y antes de Alemania y Suecia.

En todo momento del año hay hasta 4.000 efectivos militares desplegados a lo largo y ancho de la región

En buena parte de la opinión pública y política persiste la idea de que la cuestión de los drones (vehículos aéreos no tripulados) y de las fuerzas de operaciones especiales se manifiesta fuera de la región; en especial, en Asia Central, Próximo Oriente y el norte de África. Sin embargo, los drones operan en los límites entre Estados Unidos y México y ya hay ensayos con dichos vehículos para interceptar cargamentos de drogas en el Caribe, al mismo tiempo que, según una nota del The Washington Post de julio de este año, los militares estadounidenses han empleado drones, los llamados ScanEagles, en Colombia. Por su parte, las Special Operations Command South, en el marco del Comando Sur con sede en Miami, vienen desarrollando ejercicios con varias fuerzas armadas de la región y el Air Force Special Operations Command ha estado activo en América Central desde 2009. Cabe destacar que en el último año ha surgido un interés de las firmas constructoras de drones en Estados Unidos para desplazar a Israel como principal proveedor de los mismos, mientras que el almirante William McRaven, al frente del Special Operations Command, indicó en 2012 la voluntad del Pentágono de expandir el rol de las fuerzas de operaciones especiales en América Latina, a pesar de no ser esta un área desde donde se ponga en jaque la seguridad nacional de Estados Unidos. Las afirmaciones de McRaven coinciden con lo expresado a principios de este año por el general Sean Mulholland del US Special Command South. Hay que añadir que, según una nota de comienzo de 2013 de Associated Press, en todo momento del año hay hasta 4.000 efectivos militares de Estados Unidos desplegados a lo largo y ancho de América Latina.

En síntesis, Estados Unidos no ha sido pasivo ni irrelevante en materia de relaciones interamericanas, ya sea en lo económico, en lo político, en lo asistencial y en lo militar. Nunca se “fue” de la región: está ahí. La doctrina Monroe perdió vigencia, pero eso no significa que Estados Unidos se haya retirado de América Latina. En realidad, Washington siempre está “llegando” a la región: bye bye Monroe, hello Troilo.

El gran desafío para la región es saber cómo manejar esas relaciones y cómo avanzar en la autonomía internacional de América Latina, salvaguardando los intereses nacionales de cada país. La región se equivoca si confunde el reconocimiento de parte de Estados Unidos de nuevas realidades mundiales y continentales con inactividad por parte de Washington respecto a la región. El error podría ser mayúsculo si no se entiende que es imperativo para Latinoamérica desagregar temas y discernir coyunturas en sus relaciones con Estados Unidos: al final del día ese país es, simultáneamente, proveedor de orden y desorden en el continente.

Juan Gabriel Tokatlian es director del Departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales de UTDT.

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David Brooks
La Jornada   ❘  25 de noviembre de 2013

imagesLa soledad en Nueva York es tal vez más intensa que en cualquier otro lugar. En medio de un mar de olas incesantes de gente y vehículos, la ciudad que nunca duerme puede ser el peor lugar para el insomnio, el cual, combinado con la soledad, es síntoma de una ruptura de la siempre frágil solidaridad en tiempos como estos.

Pero a veces, tal vez dependiendo del día, o de la luz de la luna en combate con la iluminación de los rascacielos, si uno mantiene silencio, si uno se fija bien, de repente aparecen multitud de ángeles de la guarda que están en cada esquina y que vienen de los todos los tiempos de esta metrópolis.

Caminando por la zona de la oficina de La Jornada, por el Greenwich Village, el East Village, Soho, y más, uno se topa con ellos en cada cuadra.

Pasando por Greenwich Avenue, ahí va corriendo John Reed a una reunión con los editores de The Masses (donde publica los reportajes de sus aventuras con Pancho Villa que se convertirían en México Insurgente); en el metro hacia Coney Island ahí está Woody Guthrie con su guitarra que dice esta máquina mata fascistas.

En Washington Square se puede escuchar otra guitarra tocada por Jimi Hendrix, y del otro lado la de Bob Dylan. ¡Ah! en su departamento por Washington Square está Eleanor Roosevelt (y su amante lesbiana) sirviendo té a un grupo de mujeres que le plantean un tipo de brigada de acción rápida para organizar a trabajadores en las tiendas departamentamentales.

Por el East Village están unos poetas locos, entre ellos Allen Ginsberg. A unas cuadras está el Nuyorican Poets Café, cuna de la poesía hablada (spoken word) para que un par de décadas más tarde nutra hasta hoy día lo mejor del hip hop, nacido en el punto más pobre de este país, el South Bronx.

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En la esquina de Washington Place y Greene está un edificio y, si uno pone atención, hay una placa que conmemora un acto que transformó al país. De los pisos 8, 9 y 10, unas 146 trabajadoras inmigrantes, en su mayoría judías, se tiraron a la muerte para escapar de las llamas que consumían el Triangle Shirtwaist Factory (los dueños habían cerrado con llave las salidas de emergencia), lo que era la maquiladora más grande de confección en 1911. De esa tragedia surgió un movimiento para cambiar las condiciones infrahumanas de las maquiladoras, en un nuevo esfuerzo por sindicalizar el sector.

En la calle McDougal había un restaurante, Polly’s, donde en los 1910 se congregaban anarquistas (la dueña era una de ellos), poetas, escritores y más. Arriba estaba el Club Liberal, donde mujeres hacían cosas prohibidas, como fumar, hablar de cómo conquistar el derecho al voto y platicar del amor libre. A poca distancia sobre la misma calle estaba el Provincetown Playhouse, donde se estrenó la primera obra de Eugene O’Neill, pero donde también participaban John Reed, Edna St. Vincent Millay y Max Eastman (editor de The Masses).

Por estas calles se escuchan aún las voces de dirigentes del gran movimiento anarcosindicalista IWW, como Elizabeth Gurley Flynn y Big Bill Haywood.

En la Calle 13 vivía Emma Goldman entre 1903 y 1913, una de las rebeldes más extraordinarias y valientes, arrestada por atreverse hablar de control de natalidad, de oposición a la Primera Guerra Mundial, y finalmente deportada a la Unión Soviética por ser una anarquista demasiado peligrosa para Estados Unidos.

Una cárcel para mujeres ocupaba un espacio en la esquina de Greenwich Avenue y la Sexta Avenida, famosa durante décadas debido a sus internas: desde la esposa del puertorriqueño nacionalista Torresola, después de que su marido murió en un intento de asesinato del presidente Truman, hasta Ethel Rosenberg, arrestada un par de veces, quien cantaba maravillosamente para animar a las prisioneras; Dorothy Day, la líder del movimiento católico radical Catholic Worker, así como manifestantes contra la guerra en Vietnam en los 60, y Angela Davis en 1970.

En Sheridan Square estaba el famoso Café Society, que en los 1920 era el lugar para encontrarse con todos los rebeldes, desde anarquistas, comunistas y socialistas, hasta poetas, artistas visuales y más, todo al ritmo de jazz.

Union Square, donde culminaban las grandes marchas radicales del Primero de Mayo, fue sede de la primera marcha laboral oficial del país en 1882. Fue ahí donde se concentró una multitud para denunciar la ejecución de Sacco y Vanzetti –donde habló el gran Carlo Tresca–, a pesar de las ametralladoras colocadas en las azoteas de los edificios alrededor de la plaza por las autoridades en 1927. Union Square ha sido punto de encuentro de nuevos movimientos y expresiones del siglo XXI, como el de los inmigrantes que resucitaron el Primero de Mayo en este país, o los de Ocupa Wall Street, entre otros.

En el East Village, donde se expresó el punk en Nueva York con su eje en el antro CBGB, con voces como la de Patti Smith a los Talking Heads y más, hay una historia mucho más profunda. Una de las iglesias, St. Marks in the Bowery, donde continúan obras de teatro de vanguardia y otros actos, también era sede de reuniones de las Panteras Negras y los Young Lords en los 60. Ahí también bailó Isadora Duncan.

Iglesia de St. Marks

Iglesia de St. Marks

En la calle de St Marks había un periódico ruso disidente donde trabajó un tiempo León Trotsky, en 1917. Unas cuadras más al este, y medio siglo después, Abbie Hoffman vivió al lado de Thompkins Square Park, y fue ahí donde se bautizó el nuevo movimiento que encabezó: los Yippies.

Éstos son sólo algunos de los ángeles de la guarda que se aparecen por esta parte de la ciudad; miles más esperan en casi todos los demás barrios de esta metrópolis. Lo que comparten no son sus posturas ideológicas, sino su repudio a lo convencional y al veneno del así es que suele infectar hasta los proyectos y movimientos que se dicen progresistas. Por ello, jamás se subordinaban a lo mediocre ni a las órdenes de los que ejercen de manera arbitraria el poder. Y sobre todo se unen para ofrecer y luchar por lo mejor para todos, porque todos merecen lo mejor.

Así, al caminar en estas calles angeladas, uno ya no se siente tan solo.

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H-Diplo-LOGO
The Assassination of Kennedy Fifty Years Later: The Cuban Question Mark 1
An Essay by Charles Cogan, Affiliate, Harvard Kennedy School

November 22, 2013

The assassination of John F. Kennedy was intimately linked, if only in a subliminal fashion, to American actions against Cuba at the beginning of the 1960’s, which in turn formed part of an aggressive and interventionist policy that marked the early phase of
the Cold War.

The assassination itself was carried out by a sole killer, Lee Harvey Oswald, out of his admiration for Fidel Castro and his animosity toward the American Government and its President.

The question that remains open after fifty years gone by is whether Castro, who was perfectly aware of the Kennedy brothers’ plots against him – thanks to a Cuban double agent who had proposed to the CIA that he assassinate Castro – had ordered his intelligence services to collaborate with Oswald in his action. Until now, nothing solid has emerged to support this thesis.

In December 2006, The Atlantic, the prestigious magazine founded in Boston in 1857, published a list of the 100 most influential Americans in the history of the country. The list included, besides presidents, also writers and others, including…baseball players. But the list did not contain the name of John F. Kennedy. This was certainly not due to inadvertence. It was a slap, the motive behind which was unclear…unless it was a relic of the religious wars – Kennedy having been the first Catholic president of the United States.

I was astounded when I heard about the article in The Atlantic. Because, in spite of the meager legislative accomplishments of John Kennedy’s Administration and the brevity of his tenure – the ‘thousand days’ – cut short by the horrible attack at Dallas on November 22, 1963, it was he, and virtually he alone, who extricated the United States from one of the worst dangers in history –the Cuban Missile Crisis in 1962.

At the end of the afternoon of October 27, 1962, Secretary of Defense Robert McNamara paused on the steps of the Pentagon to look at the sunset, thinking at that moment that he might never see a sunset again2 – because on that day the Missile Cisis had reached its paroxysm: earlier in the day a U-2 observation aircraft had been shot down and its pilot killed. The attack had been carried out by Russian troops on orders of Fidel Castro.

I cite this anecdote of Robert McNamara to show that the margin between a political solution to the crisis and a nuclear holocaust was extremely thin throughout the thirteen days of the crisis – during which time the President warded off the insistent appeals by most of his senior military officers for an immediate attack on Cuba. In particular, Curtis LeMay, the head of the Air Force and the most hawkish of these officers, was disrespectful toward the ‘young’ President in person and railed against him during the latter’s occasional absences from the Situation Room.

The famous thirteen days comprised the period between the discovery of the missiles by the American U-2 airplane on October 15, 1962 and the move toward a political solution when Soviet Premier Nikita Khrushchev announced on October 27 that he was removing the missiles from the island since Kennedy had agreed not to invade Cuba. During these thirteen days, the Soviet missiles had not become operational, giving President Kennedy a window of sufficient time to ponder a prudential solution to the crisis while avoiding the risk of a nuclear war with the USSR.

Another, and not negligible accomplishment of the Kennedy brothers at the dénouement of the crisis was their success in convincing the Soviets not to mention publicly that the solution that was found was more of a give and take than a humiliating retreat by the USSR: it was the withdrawal of the Jupiter missiles in Turkey against the departure of the Soviet missiles from Cuba. Attorney General Robert Kennedy succeeded in convincing the Soviet Ambassador in Washington, Anatoli Dobrynin, that, because of the U.S. legislative elections that were coming up in the following month, the Turkish side of the agreement had to remain secret – otherwise President Kennedy would look weak before American voters. The Soviets stuck to their word, respecting the agreement made by the two interlocutors. But because of this fact, and from the point of view of public relations, the Soviet Union came off as the loser in the missile crisis.

The danger had been so great during the missile crisis that President Kennedy made an effort to ensure that such a situation should never arise again. A hot line was established between the White House and the Kremlin. In addition, the first agreement on nuclear disarmament – the Limited Test Ban Treaty – was signed in the summer of 1963.

A year after the missile crisis, on Friday, 22 November 1963, President Kennedy was assassinated at Dallas. The back story to this act still remains mysterious, from the fact that the killer, Lee Harvey Oswald, was himself shot dead before then end of the weekend. Fifty years later, the shadow over this incident persists. One can certainly situate the motivation of the assassin, Oswald. He was a great admirer of Fidel Castro. He had participated earlier that autumn in a rally in New Orleans in support of the Cuban regime. Subsequently, he sought to get a visa for Cuba at the Cuban Embassy in Mexico City. It was granted but only after the fateful weekend of 22-24 November.

What remains unknown is the question of contacts Oswald might have had with agents of the powerful Cuban intelligence service, the Directorate General of Intelligence (DGI), in Mexico City or elsewhere. And in the final analysis, the question remains open as to whether Fidel Castro himself might have been implicated in the assassination of the young American President. With fifty years having gone by, nothing concrete has emerged as to the involvement of the Cuban government or Cuban intelligence in the assassination; which leads to the conclusion — provisionally – that Oswald acted on his own, out of his admiration for Castro. Perhaps after the death of Castro more will be learned about the role of the Cubans.

Nevertheless Castro, because of his reckless temperament, and because of the information he possessed concerning the plots of the Kennedy brothers against his person, would make a perfectly credible sponsor of an operation to assassinate the President.

At the moment of the Cuban Missile Crisis, Castro seemed to want to bring on a nuclear holocaust which, though it would destroy the island of Cuba, would in his mind open the way to a communization of the world. The French newspaper Le Monde published on 23 November 1990 a series of letters exchanged between Castro and Nikita Khrushchev, in which the Cuban leader asked Khrushchev to initiate a nuclear war in the event that American forces attacked Cuba. (Subsequently the letters were published elsewhere, notably in The Armageddon Letters.3)

In sum, Fidel Castro was prepared to sacrifice his country for the benefit of a future world of communism. In a message to Khrushchev on 26 October 1962, Castro wrote, inter alia, the following:

If…the imperialists invade Cuba with the goal of occupying it, the danger that this aggressive policy poses for humanity is so great that following that event the Soviet Union must never allow the circumstances in which the imperialists could launch the first nuclear strike against it.4

The message was clear, although implicit: if the Americans invaded Cuba, the Soviet Union should launch a nuclear attack against the United States.
In a message of 27 October, Khrushchev informed Castro that a solution was in sight, as President Kennedy had promised not to invade Cuba. Khrushchev advised Castro not to be carried away by his emotions and not to respond to provocations, such as the attack he ordered against an American U-2 airplane on 27 October, which claimed the life of the pilot. “Yesterday you shot down one of these [planes] while earlier you didn’t shoot them down when they overflew your territory. The aggressors will take advantage of such a step for their own purposes.”5 (At this point, Khrushchev may have thought that Castro had gotten completely out of hand and that he had better, as a result, find some sort of solution with President Kennedy. It was on the same date as the shootdown, 27 October, that Khrushchev accepted the public compromise proposed by his American counterpart – that is, the withdrawal of the missiles in return for a commitment by the United States not to invade Cuba).
Castro replied the next day, 28 October. The following is an extract:

Earlier isolated violations were committed without a determined military purpose or without a real danger stemming from those flights. This time, that wasn’t the case. There was the danger of a surprise attack on certain military installations. We decided not to sit back and wait for a surprise attack…6
In a following message of 30 October Khrushchev made it clear he was perfectly aware of the implications of Castro’s reckless proposal:
In your [message]…you proposed that we be the first to launch a nuclear attack on the territory of the enemy. Obviously you are aware of what could follow. Rather than a single strike, it would have been the beginning of a thermonuclear war.7

Castro replied on 31 October to Khrushchev’s letter of the 30th. Here is an extract:

We knew, and one must not think otherwise, that we would be annihilated, as you indicated in your letter, if there was a nuclear war. But that didn’t lead us to ask you to withdraw the missiles. That did not lead us to yield.8

James Blight and janet9 Lang in The New York Times on October 26, 2012 recounted Khrushchev’s unvarnished reaction to Castro’s letter of October 26:
According to his son and biographer, Sergei Khrushchev, the Soviet premier received that letter in the midst of a tense leadership meeting and shouted, ‘This is insane! Fidel wants to drag us into the grave with him’! Khrushchev hadn’t understood that Mr.

Castro believed that Cuba was doomed, that war was inevitable, and that the Soviets should transform Cuba from a mere victim into a martyr.
Shortly after this exchange of letters, Khrushchev sent the seasoned diplomat, Anastas Mikoyan, to Havana to continue the discussions with the Cuban leaders. The following is an extract of an exchange between Mikoyan and Che Guevara on November 5, 1962:

Guevara: Even in the context of all our respect for the Soviet Union, we believe that the decisions made by the Soviet Union were a mistake. ..Mikoyan: But we thought that you would be satisfied by our act. We did everything so that Cuba would not be destroyed. We see your readiness to die beautifully but we believe that it isn’t worth dying beautifully.10

Fidel Castro, at a later time, had a different story to tell. In a report of an interview with Castro at Havana, published in The Atlantic on October 16, 2012, Jeffrey Goldberg recalled that he had had the following exchange with Castro a couple of years earlier:

Does what you recommended [that the Soviets launch a nuclear attack against the U.S.] still seem logical now? Castro answered, ‘After what I’ve seen, and knowing what I know, it wasn’t worth it all’.

As to the knowledge Castro had of American intentions against Cuba and against Castro himself, the Cuban leader was amply informed. After he had seized power, Castro became aware of the hostility of the United States towards his regime.

Even before he became President, John Kennedy had been alerted by his advisers of the danger that the new revolutionary regime in Cuba represented, and the possibility that Fidel Castro might invite the Soviets to establish forces on the island. A Soviet base 150 kilometers from American territory could not be permitted in the midst of the Cold War.

There followed the disaster of the Bay of Pigs, an operation inherited from the administration of Dwight Eisenhower, and during which Kennedy refused coverage of the landing beach by the U.S. Air Force, thereby clinching the failure of the operation.

The humiliation of the Bay of Pigs fiasco only doubled the determination of the Kennedy brothers to remove Castro. In October 1961, a covert operation, codenamed Mongoose, was launched against the Cuban regime, with at its head Robert Kennedy, then the Attorney- General. A so-called Augmented Special Group was created in the White House and set about planning lethal attacks on Castro himself and conducting sabotage operations on the island. Virtually all of these activities either failed or did not see the light of day.

But the essential point here is that Castro was well aware of the lethal intentions of the Kennedy brothers, and this could have incited him to retaliate against the American President, using his own Cuban intelligence service, the DGI. In fact, the DGI did use a “dangle” to learn about American intentions towards Castro and the Cuban Government.11

In 1961, a DGI agent, Rolando Cubela, let it be known through an intermediary that he was against Castro and was seeking a contact with the Americans.12 Later, in July 1962, Cubela met with a CIA officer during the World Youth Festival at Helsinki. The contact was dropped shortly afterwards, when Cubela refused to take a polygraph test.

In 1963, when the tempo of plots against Castro intensified, and as a result of a decision at CIA, a Spanish-speaking American operations officer, Nestor Sanchez, met with Cubela at Porto Alegre, Brazil.

Thirty years later the fact that from the outset Cubela had been a double agent was confirmed by a Cuban agent of the CIA.13 Thus it was that very early on Castro became aware that the Kennedy brothers were trying to have him killed.

The venue suggested for meetings between Sanchez and Cubela was Paris. Presumably this was at Cuban instigation, as Cuba had an embassy there and thus had agents available for counter-surveillance. By an irony of fate, a meeting was scheduled for 22 November 1963. By that point the CIA was preparing to have delivered to Cubela in Cuba a rifle with telescopic sights – ironically the same type of weapon that Oswald used against Kennedy. The assassination of the American President the same day cut off further attempts to assassinate Castro, although the CIA contact with Cubela was maintained until December 1964.

In sum, because of Castro’s temperament – his apocalyptic wish for the nuclear obliteration of Cuba followed by the communization of the world, plus the fact of the information from Cubela of the Kennedy brothers’ plans to assassinate him, Castro may well have decided to strike at Kennedy before he himself was attacked. It is worth noting in this regard that on September 7, 1963 at Havana, Castro gave an interview to an American journalist, Daniel Harker, in which he warned the Americans not to try to assassinate Cuban leaders, as otherwise “they themselves will not be safe.”14

The Castro regime, whether or not it was involved in the assassination of John F. Kennedy, had every pretext to do so. In this regard, it is well to keep in mind the role of the CIA in the early

days of the Cold War and its interventions overseas, which today can appear excessive. Moreover, the ease with which the CIA overthrew the regime of Jacobo Guzman in Guatemala and that of Mohammed Mossadegh in Iran created an atmosphere of invincibility around the CIA and gave rise to the idea that covert action was an effective tool of its own, between war and diplomacy. This led to the botched operation of the Bay of Pigs in April 1961. But this failure only redoubled the efforts of the Kennedy brothers to do away with Castro.

During the entire period of the Cold War the CIA seems to have underestimated the capabilities of Cuban Intelligence. In this regard, it is interesting to recall that, during the 1980’s, several dozen Cubans, supposedly agents of the CIA, had been in reality double agents run by the Cuban DGI.15 They had even been trained by the DGI in how to overcome the polygraph. One could speculate that, because of the high degree of professionalism of the DGI, that organization has been able to conceal all these years an involvement with Oswald. The mystery remains.

1 A slightly different version of this essay appeared in French on October 9, 2013 in Questions internationales (No. 64, November-December 2013, 110-114), a publication of “La Docmentation française.”

2 Sheldon Stern, The Week the World Stood Still: Inside the Secret Cuban Missile Crisis (Palo Alto: Stanford UP, 2005), p. 186.

3 James G. Blight and Janet M. Lang, The Armageddon Letters, Rowman and Littlefield, Lanham MD, 2012.

4 BlightandLang,117.

5 Blight and Lang, 122.

6 Blight and Lang, 151-52.

7 Blight and Lang, 156.

8. Blight and Lang,162.

9 This lack of capitalization of Janet Lang’s first name accords with her preference.

Dr. Charles G. Cogan is an Affiliate vice Associate at the John F. Kennedy School of Government, Harvard University. A graduate of Harvard, then a journalist, and then a military officer, he spent thirty-seven years in the Central Intelligence Agency, twenty-three of them on assignments overseas. From August 1979-August 1984 he was chief of the Near East South Asia Division in the Directorate of Operations. From September 1984-September 1989 he was CIA Chief in Paris. After leaving the CIA, he earned a doctorate in public administration at Harvard, in June 1992. He lectures and writes in English and French.

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By ROBERT DALLEK

New York Times  November 21, 2013

O.O.P.S., Photograph by George Tames/The New York Times

O.O.P.S., Photograph by George Tames/The New York Times

WASHINGTON — Fifty years after John F. Kennedy’s assassination, he remains an object of almost universal admiration. And yet, particularly this year, his legacy has aroused the ire of debunkers who complain that Kennedy is unworthy of all this adulation.

“John F. Kennedy probably was the worst American president of the previous century,” wrote the journalist Thomas E. Ricks. “He spent his 35 months in the White House stumbling from crisis to fiasco.”

He was, they say, all image and no substance, a shallow playboy whose foreign policy mistakes and paltry legislative record undermine any claim to greatness. His assassination, personal attributes of good looks and charm, joined to Jacqueline Kennedy’s promotion of a Camelot myth, have gone far to explain his popularity.

Such criticism not only gives short shrift to Kennedy’s real achievements as a domestic and foreign policy leader, but it also fails to appreciate the presidency’s central role: to inspire and encourage the country to move forward, a role that Kennedy performed better than any president in modern memory.

The litany of complaints against Kennedy is a long one. Critics scoff at his image as a devoted family man: They complain that he was, as Timothy Noah wrote in The New Republic, “a compulsive, even pathological adulterer,” whose reckless self-indulgence threatened to destroy his presidency.

Critics also point to his hidden health problems: Would voters have elected him over Richard M. Nixon if they had full knowledge of his Addison’s disease or other potentially disabling ailments? And what does it say about his character that he concealed his condition?

As for his presidency, critics find it difficult to understand why anyone would consider him more than an average chief executive, if even that.

They are especially critical of his civil rights record. His delay in signing an executive order ending segregation in public housing, which he had promised during the 1960 campaign; his appointment of segregationist federal judges; the Rev. Dr. Martin Luther King Jr.’s complaint that Kennedy lacked the “moral passion” to fight for equal treatment of blacks — all of this has convinced some historians that Kennedy’s later decision to ask for a civil rights law was pure political expediency.

Kennedy’s critics also find fault with his foreign policies, especially on Cuba and Vietnam. The Bay of Pigs failure and Operation Mongoose, the plan to assassinate or at least depose Fidel Castro, supposedly opened the way to the missile crisis and demonstrated his inexperience and the poor judgment of an overzealous cold warrior.

And Kennedy’s decision to increase the number of military advisers in Vietnam, combined with his alleged support for the coup that killed South Vietnamese president Ngo Dinh Diem, are said to be preludes to Lyndon B. Johnson’s disastrous war.

All of this has merit. But Kennedy’s thousand-day presidency is more impressive for its gains than its shortcomings.

Most notably, he saved the world from a nuclear war with his astute diplomacy during the October 1962 confrontation with the Soviet Union over Cuba. As he privately said at the time, the military leadership wanted to bomb and invade, but no one alive then would survive to tell them they were wrong.

And while critics focus on the minutiae of those 13 days, Kennedy’s real success was what came after.

Eager to avoid a replay of Soviet-American tensions over Cuba, he followed the crisis with private expressions of interest in a rapprochement with Mr. Castro. More important, he reached an agreement with the Soviet leader Nikita S. Khrushchev for a nuclear test ban treaty that eliminated radiation fallout in the atmosphere.

As for Vietnam, what matters is that Kennedy successfully resisted pressure to send anything more than military advisers, a stance that was a likely prelude to complete withdrawal from the conflict. There is solid evidence of his eagerness to end America’s military role in that country’s civil war.

And while Kennedy did not achieve as much in terms of legislation as he wanted, his record has to be seen in context.

His legislative agenda was held hostage to a conservative Congress dominated by Southern lawmakers who saw his reforms as a threat to racial segregation. In response, he established a formal system for communicating with every allied member in Congress and kept a systematic accounting of various bills and their weekly progress. His decision to put a civil rights bill before Congress in June 1963 was a shining moment of political courage; it jeopardized his hold on Southern voters who had given him a slim margin of victory in 1960.

Moreover, had he lived to run against Barry M. Goldwater in 1964, Kennedy would have undoubtedly won a large victory and been in a position to pass his major bills. It would have won him acclaim as an impressive reformer in a league with Theodore Roosevelt, Woodrow Wilson and even Franklin D. Roosevelt. His health problems and womanizing cannot be ignored, but they were neither unique to him nor proved to be a problem in office.

But Kennedy’s greatest success was the very thing that critics often cast as a shortcoming: his charisma, his feel for the importance of inspirational leadership and his willingness to use it to great ends.

Kennedy saw the presidency as the vital center of government, and a president’s primary goal as galvanizing commitments to constructive change. He aimed to move the country and the world toward a more peaceful future, not just through legislation but through inspiration.

Kennedy’s presidential ambitions rested on his understanding of what Washington, Jefferson, Lincoln and F.D.R. had done. Like them, he relied on the spoken word, but he had the advantage of television in reaching millions of people around the globe. And like those predecessors, he saw the need for actions that gave meaning to his rhetoric.

The requests in his Inaugural Address — for Americans to put their country ahead of their selfish concerns and to peoples everywhere to join in a new quest for peace — found substance in the Peace Corps and the Alliance for Progress. His call in May 1961 for a manned mission to the Moon and his “peace speech” in June 1963 urging Americans to re-examine their attitude toward the Soviet Union were aimed at promoting national unity and international accord.

Compared with other recent presidents whose stumbles and failures have assaulted the national self-esteem, memories of Kennedy continue to give the country faith that its better days are ahead. That’s been reason enough to discount his limitations and remain enamored of his presidential performance.

Robert Dallek is a professor emeritus in history at the University of California, Los Angeles, and the author, most recently, of “Camelot’s Court: Inside the Kennedy White House.”

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La América de John F. Kennedy

Por: Julián Casanova

El país  | 21 de noviembre de 2013

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John F. Kennedy y su esposa, Jackie, en Dallas momentos antes del magnicidio. / ken features

Lo escribió Martin Luther King en su autobiografía: “Aunque la pregunta “¿Quién mató al presidente Kennedy?” es importante, la pregunta “¿Qué lo mató”? es más importante”.

En realidad, 1963 fue un año de numerosos asesinatos políticos en Estados Unidos, la mayoría de dirigentes negros. Y en esa década fue asesinado Malcolm X, en Harlem, Nueva York, el 21 de febrero de 1965, por uno de sus antiguos seguidores, en un momento en el que estaba rompiendo con los líderes más radicales de su movimiento. El 4 de abril de 1968, en el balcón de su habitación del hotel Loraine, en Memphis, Tennessee, un solo disparo acabó con la vida de Martin Luther King. Dos meses más tarde, el 6 de junio, tras un discurso triunfante en California en su campaña para ganar la candidatura por el Partido Demócrata, otro asesino se llevó la del senador Robert F. Kennedy. “No votaré”, declaró un negro neoyorquino en una encuesta: “Matan a todos los hombres buenos que tenemos”.

Todo ocurrió de forma muy rápida, en una década de protestas masivas y de desobediencia civil que precedió al asesinato de JFK. Estados Unidos era entonces la primera potencia militar y económica del mundo, en la que, sin embargo, prevalecía todavía el racismo, una herencia de la esclavitud que esa sociedad tan rica y democrática no había sabido eliminar. Millones de norteamericanos de otras razas diferentes a la blanca se topaban en la vida cotidiana con una aguda discriminación en el trabajo, en la educación, en la política y en la concesión de los derechos legales.

Montgomery, Alabama, la antigua capital de la Confederación durante la guerra civil de los años sesenta del siglo XIX, a donde se trasladó Luther King en octubre de 1954 para ocupar su primer trabajo como pastor y predicador de la iglesia baptista, constituía un excelente ejemplo de cómo la vida de los negros estaba gobernada por los arbitrarios caprichos y voluntades del poder blanco. La mayoría de sus 50.000 habitantes negros trabajaban como criados al servicio de la comunidad blanca, compuesta por 70.000 habitantes, y apenas 2.000 de ellos podían ejercer el derecho al voto en las elecciones. Allí, en Montgomery, en esa pequeña ciudad del sur profundo, donde nada parecía moverse, comenzaron a cambiar las cosas el 1 de diciembre de 1955.

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Rosa Parks, en un autubús de Montgomery. / AP

Ese día por la tarde, Rosa Parks, una costurera de 42 años, cogió el autobús desde el trabajo a casa, se sentó en los asientos reservados por la ley a los blancos y cuando el conductor le ordenó levantarse para cedérselo a un hombre blanco que estaba de pie, se negó. Dijo no porque, tal y como lo recordaba después Martin Luther King, no aguantaba más humillaciones y eso es lo que le pedía “su sentido de dignidad y autoestima”. Rosa Parks fue detenida y comenzó un boicot espontáneo a ese sistema segregacionista que regía en los autobuses de la ciudad. Uno de sus promotores, E.D. Nixon, pidió al joven pastor baptista, casi nuevo en la ciudad, que se uniera a la protesta. Y ese fue el bautismo de Martin Luther King como líder del movimiento de los derechos civiles. Unos días después, en una iglesia abarrotada de gente, King avanzó hacia el púlpito y comenzó “el discurso más decisivo” de su vida. Y les dijo que estaban allí porque eran ciudadanos norteamericanos y amaban la democracia, que la raza negra estaba ya harta “de ser pisoteada por el pie de hierro de la opresión”, que estaban dispuestos a luchar y combatir “hasta que la justicia corra como el agua”.

Los trece meses que duró el boicot alumbraron un nuevo movimiento social. Aunque sus dirigentes fueron predicadores negros y después estudiantes universitarios, su auténtica fuerza surgió de la capacidad de movilizar a decenas de miles de trabajadores negros. Una minoría racial, dominada y casi invisible, lideró un amplio repertorio de protestas –boicots, marchas a las cárceles, ocupaciones pacíficas de edificios…- que puso al descubierto la hipocresía del segregacionismo y abrió el camino a una cultura cívica más democrática. La conquista del voto por los negros sería, según percibió desde el principio Martin Luther King, “la llave para la solución completa del problema del sur”.

Pero la libertad y la dignidad para millones de negros no podía ganarse sin un desafío fundamental a la distribución existente del poder. La estrategia de desobediencia civil no violenta, predicada y puesta en práctica por Martin Luther King hasta su muerte, encontró muchos obstáculos.

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Luther King se dirige a los asistentes a la Marcha de Washington el 28 de agosto de 1963. / france press

A John Fitzgerald Kennedy, ganador de las elecciones presidenciales de noviembre de 1960, el reconocimiento de los derechos civiles le creó numerosos problemas con los congresistas blancos del sur y trató por todos los medios de evitar que se convirtiera en el tema dominante de la política nacional. No lo consiguió, porque antes de que fuera asesinado en Dallas, Texas, el 22 de noviembre de 1963, el movimiento se había extendido a las ciudades más importantes del norte del país y había protagonizado una multitudinaria marcha a Washington en agosto de ese año, la manifestación política más importante de la historia de Estados Unidos.

No fue todo un camino de rosas. La batalla contra el racismo se llenó de rencores y odios, dejando cientos de muertos y miles de heridos. La violencia racial no era una fenómeno nuevo en la sociedad norteamericana. Pero hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, esa violencia había sido protagonizada por grupos de blancos armados que atacaban a los negros y por el Ku Klux Klan, la organización terrorista establecida en el sur precisamente para impedir la concesión de derechos legales a los ciudadanos negros. En los disturbios de los años sesenta, por el contrario, muchos negros respondieron a la discriminación y a la represión policial con asaltos a las propiedades de los blancos, incendios y saqueos. Las versiones oficiales y muchos periódicos culparon de la violencia y de los derramamientos de sangre a pequeños grupos de agitadores radicales, aunque posteriores investigaciones revelaron que la mayoría de las víctimas fueron negros que murieron por los disparos de las fuerzas gubernamentales.

Con tanta violencia, la estrategia pacífica de Martin Luther King parecía tambalearse. Y frente a ella surgieron nuevos dirigentes negros con visiones alternativas. El más carismático fue un hombre llamado Malcolm X, que había visto de niño cómo el Ku Klux Klan incendiaba su casa y mataba a su padre, un predicador baptista, y que se había convertido al islamismo después de una larga estancia en prisión. Criticó el movimiento a favor de los derechos civiles, despreció la estrategia de la no violencia y sostuvo una agria disputa con Martin Luther King, al que llamó “traidor al pueblo negro”. King deploró su “oratoria demagógica” y dijo estar convencido de que era ese racismo tan enfermo y profundo el que alimentaba figuras como Malcolm X. Cuando éste fue asesinado, King recordó de nuevo que “la violencia y el odio sólo engendran violencia y odio”.

Los negros sabían muy bien qué eran los asesinatos políticos. Cuando subió al poder, John F. Kennedy no conocía a muchos negros. Pero tuvo que abordar el problema, el más acuciante de la sociedad estadounidense. Hubo dos Kennedys, como también recordó Luther King. El presionado y acuciado, durante sus dos primeros años de mandato, por la incertidumbre causada por la dura campaña electoral y su escaso margen de victoria sobre Richard Nixon en 1960; y el que tuvo el coraje, desde 1963, de convertirse en un defensor de los derechos civiles.

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Marines cruzando un río en Vietnam el 30 de octubre de 1968. / agencia keystone

Pero si todos esos conflictos sobre los derechos civiles revelaban algunas de las enfermedades de aquella sociedad, la política exterior, desde la crisis de los misiles en Cuba hasta la guerra de Vietnam, sacó a la superficie las tensiones inherentes a los esfuerzos de Kennedy por manejar el imperio. Kennedy decidió demostrar al mundo el poder estadounidense y comenzó a convertir a Vietnam en el territorio idóneo para destruir al enemigo. Kennedy no lo vio, pero la guerra que siguió a su muerte fue el desastre más grande de la historia de Estados Unidos en el siglo XX.

“Hemos creado una atmósfera en la que la violencia y el odio se han convertido en pasatiempos populares”, escribió Luther King en el epitafio que le dedicó al presidente. El asesinato de Kennedy no sólo mató a un hombre, sino a un montón de “ilusiones”. Cuando se conoció su muerte, en muchos sitios, en medio del duelo general, se escuchó la Dance of the Blessed Spirits. Cuando asesinaron a Luther King, casi cinco años después, la rabia y la violencia se propagaron en forma de disturbios por más de un centenar de ciudades, el final amargo de una era de sueños y esperanzas. Lo dijo su padre, el predicador baptista que le había inculcado los valores de la dignidad y de la justicia: “Fue el odio en esta tierra el que me quitó a mi hijo”.

, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, defiende, como Eric J. Hobsbawm, que los historiadores son “los ‘recordadores’ profesionales de lo que los ciudadanos desean olvidar”. Es autor de una veintena de libros sobre anarquismo, Guerra Civil y siglo XX.

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Why Lee Harvey Oswald Pulled the Trigger

by Steven M. Gillon
HNN   November 20, 2013

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Image via Wiki Commons.

It has been fifty years since that tragic day in Dallas, but Americans remain fascinated with both the details of John F. Kennedy’s assassination and its meaning. This year will see the publication of nearly a dozen new books, and a flood of reprints, as the assassination cottage industry shifts into high gear. A number of television networks have produced documentary specials devoted to the assassination.

The question that is appropriate to ask at this point is: Is there really anything new to learn? While writing my new book, Lee Harvey Oswald: 48 Hours to Live, I went back to the standard narrative of that day — the Warren Commission. How well does it hold up in light of five decades of attacks?

In September 1964, The President’s Commission on the Assassination of President Kennedy, popularly known as the Warren Commission, concluded that Lee Harvey Oswald, acting alone, had fired three bullets from the sixth floor of the school book depository building.

The Warren Commission initially received a warm reception. Before the release of the report, a Gallup poll found that only 29 percent of Americans thought Oswald acted alone, while 52 percent believed in some kind of conspiracy. A few months after the release of the report, 87 percent of respondents believed Oswald shot the president.

Over the next few years however, critics turned public opinion against the report. In 1966, Mark Lane published his best-seller Rush to Judgment. Later that year, a New Orleans district attorney, Jim Garrison, launched a highly publicized, but deeply flawed, investigation of his own which purported to reveal a vast conspiracy. At the same time Life Magazine published color reproductions of the Zapruder film under the cover: “Did Oswald Act Alone? A Matter of Reasonable Doubt.” The editors questioned the Commission’s conclusions and called for a new investigation.

Most of these early skeptics used the Warren Commission’s own evidence against it. They focused on contradictions among some of the witnesses about the number of shots and from where they were fired. Some witnesses claim they heard gunfire from the grassy knoll, an elevated area to the front, right of the presidential limousine. A favorite topic was the so-called “magic bullet.” According to the Warren Commission, Oswald fired three shots in less than eight seconds: the first shot missed, the second shot struck Kennedy in the back, exited through his throat, and then hit Governor Connally, breaking a rib, shattering his wrist, and ending up in his thigh. Critics claimed the bullet, which remained largely intact, could not have been responsible for all of the damage. Also, if Connally and Kennedy were hit by different bullets in a fraction of a second, then it meant there had to be another shooter.

The most serious threat to the Commission’s credibility, however, came not from the army of investigative reporters and self-styled assassination experts, but from new government investigations.

In 1975 the Senate Select Committee on Intelligence headed by Idaho’s Frank Church, revealed that American intelligence agencies had systematically hidden important evidence from the Warren Commission. Both the FBI and the CIA had lied by omission to the Warren Commission. One prominent senator told a television audience that “the [Warren] report… has collapsed like a house of cards.”

These revelations led to the creation of the House Select Committee on Assassinations (HSCA). In December 1978, after two years of work, the committee was prepared to issue a report that supported all the major conclusions of the Warren Commission. It found no evidence of a conspiracy. No second shooter. But in the final weeks the committee changed its opinion and concluded that although Oswald was the assassin, there was a conspiracy involving a second gunman.

The committee relied on the highly questionable, and now  discredited, acoustical analysis of a police dictabelt recording from Dallas police headquarters. It contained sounds from a police motorcycle in Dealey Plaza whose radio transmitting switch was stuck in the “on” position. Two acoustics experts said there was a 95 percent certainty that the recording revealed that four shots had been fired at the presidential motorcade. As a result the House Committee came to the bizarre conclusion that a second shooter fired at the president but missed.

Coming in the wake of Vietnam and Watergate, the HSCA report added to public cynicism about the Warren Commission conclusions. At just the time that Americans were learning that the government lied to them about Vietnam and Watergate, they now discovered it had lied about aspects of the assassination of President Kennedy. If the CIA and the FBI had lied to the Commission, the reasoning went, then they clearly had something to hide.

There were now two conspiracies: The conspiracy to assassinate the President and, potentially, an even larger and more insidious plot among powerful figures in government and the media to cover it up.

In 1991, filmmaker Oliver Stone tapped into these doubts, and added his own paranoid twist, to create the wildly popular movie JFK. The film portrayed an elaborate web of conspiracy involving Vice President Johnson, the FBI, the CIA, the Pentagon, the KGB, pro-Castro and anti-Castro forces, defense contractors, and assorted other officials and agencies. The movie makes it seem that First Lady Jackie Kennedy was the only person in Dealey Plaza that day who was not planning to murder the president.

The movie ended with a plea for audience members to ask Congress to open up all Kennedy assassination records. The plea worked. In 1992, Congress passed a sweeping law that placed all remaining government documents pertaining to the assassination in a special category and loosened the normal classification guidelines. The legislation led to the most ambitious declassification effort in American history — more than five million documents in total.

What we have learned from the new government investigations and from the flood of declassified documents is that Warren Commission got it mostly right. There have been no shocking revelations to challenge the conclusion that Lee Harvey Oswald acted alone. Moreover, there has emerged no convincing alternative explanation of what took place in Dallas on November 22, 1963.

Yet the new information does highlighted one major flaw with the Warren Commission: its failure to present a convincing explanation for why Lee Harvey Oswald shot JFK. Much of the final commission report represented an indictment of Oswald. It failed to ascribe a single motive, but it made a strong case that Oswald was little more than a disaffected sociopath who was in desperate need of attention. It spent a great deal of effort showing how the events in his childhood – growing up without a father, feeling isolated, moving often, and dealing with an overbearing mother – turned him into an angry, embittered sociopath.

Many of the new documents and information, while fragmentary and often contradictory, reveal that Oswald was driven as much by ideology as he was by personal demons. None of the information reveals a conspiracy, or proves the involvement of any outside group, but it does reinforce a possible political motive to the assassination, highlighting that Oswald was driven by a desire to prove his fidelity to the Cuban Revolution, gain Castro’s respect, and possibly travel to Cuba as a conquering hero. In his fantasy world, Oswald probably assumed that he would be welcomed in Cuba as the man who killed the American devil, not appreciating that neither Castro nor the Soviets would wish to incur the wrath of the United States by harboring JFK’s assassin.

Why did the Warren Commission fail to highlight Oswald’s political motives? Cold War fears likely chilled the Commission’s desire to place too much emphasis on Oswald’s pro-Castro activities. The Commission knew a great deal about Oswald’s politics: his early embrace of Marxism, his defection to the Soviet Union, his involvement in pro-Castro groups in New Orleans, and his attempted assassination of right-wing retired general Edwin Walker a few months before he killed JFK. It pointed out that while he was being interrogated Oswald asked to be represented by a lawyer, John Apt, who represented many Communist party figures. It mentioned that Oswald had traveled to Mexico City where he shuttled back and forth between the Soviet embassy and the Cuban consulate in search of a visa. Yet it refused to connect the dots.

More importantly, the Commission lacked the proper context for evaluating Oswald’s motives because it was denied relevant intelligence information. Recently declassified document reveal that American intelligence agencies had kept close tabs on Oswald in the months before the shot JFK. The CIA took pictures of Oswald outside the Soviet embassy and even recorded his phone calls. But none of this evidence was turned over to the Commission, and all of it was later destroyed. The Commission, for example, never saw a memo prepared by J. Edgar Hoover that reported that Oswald had threaten to kill JFK during his trip to Mexico City just three weeks before the assassination.

In the most important omission, the CIA refused to provide the Commission with any of the information related to its activities in Cuba, including proposed assassination plots against Castro. Attorney General Robert Kennedy, who oversaw the administration’s anti-Castro campaign, deliberately misled the Commission, denying that he was aware of any relevant information.

The final Commission report states, without any supporting evidence, that Oswald became disillusioned with Castro and Cuba after he was denied a visa to enter that country in late September. There is tantalizing evidence that just the opposite is true: As the Hoover memo suggests, it is more likely that Oswald killed Kennedy in order to convince Cuban authorities to accept his petition for a visa.

If the Commission had known about the administration’s covert campaign against Castro it would have seen Oswald’s pro-Castro actions in a new light, and could have investigated further some of his actions and associations.

The new more complicated portrait of Oswald does not change the fact that he pulled the trigger, but it does muddy the waters about why. Since he was killed before he confessed or was placed on trial we will never know for sure. Unfortunately, the Warren Commission’s incomplete portrait of Oswald and his motives has fed the conspiracy frenzy and served to undermine public faith in its lone-gunman theory.

Steven M. Gillon is the Scholar-in-Residence at The History Channel and professor of history at the University of Oklahoma. He is the author of Lee Harvey Oswald: 48 Hours to Live.

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Otros punto de vista sobre JFK

Joseph Nye

El país, 20 de noviembre de 2013

El 22 de noviembre se cumplirán 50 años del asesinato del presidente John F. Kennedy. Fue uno de esos acontecimientos tan estremecedores, que las personas que lo vivieron se acuerdan dónde estaban cuando supieron la noticia. Yo estaba bajando del tren en Nairobi cuando vi el dramático encabezado. Kennedy tenía tan solo 46 años cuando Lee Harvey Oswald lo asesinó en Dallas. Oswald era un ex marino descontento que había desertado a la Unión Soviética. Aunque su vida estuvo llena de enfermedades, Kennedy proyectaba una imagen de juventud y vigor, que hicieron más dramática y patética su muerte.

El martirio de Kennedy hizo que muchos estadounidenses lo elevaran al nivel de grandes presidentes, como George Washington y Abraham Lincoln, pero los historiadores son más reservados en sus evaluaciones. Sus críticos hacen referencia a su conducta sexual a veces imprudente, a su escaso récord legislativo y a su incapacidad para ser congruente con sus palabras. Si bien Kennedy hablaba de derechos civiles, reducciones de los impuestos y de la pobreza; fue su sucesor, Lyndon Johnson, el que utilizó la condición de mártir de Kennedy –aunado a sus muy superiores habilidades políticas– para pasar leyes históricas sobre estos temas.

En una encuesta de 2009 de especialistas sobre 65 presidentes estadounidenses JKF es considerado el sexto más importante, mientras que en una encuesta reciente realizada por expertos británicos en política estadounidense, Kennedy obtiene el lugar quince. Estas clasificaciones son sobresalientes para un presidente que estuvo en el cargo menos de tres años. Sin embargo, ¿qué logró verdaderamente Kennedy y cuán diferente habría sido la historia si hubiera sobrevivido?

En mi libro, Presidential Leadership and the Creation of the American Era, clasifico los presidentes en dos categorías: aquellos que fueron transformadores en la definición de sus objetivos, que actuaron con gran visión en cuanto a importantes cambios; y los líderes operativos, que se centran sobre todo en aspectos “prácticos”, para garantizar que todo marchaba sobre ruedas (y correctamente). Como era un activista y con grandes dones de comunicación con un estilo inspirador, Kennedy parecía ser un presidente transformador. Su campaña en 1960 se desarrolló bajo la promesa de “hacer que el país avance de nuevo”.

En su discurso de toma de posesión, Kennedy llamó a hacer esfuerzos (“No hay que preguntarse qué puede hacer el país por mí, sino que puedo hacer yo por mi país”). Creó programas como el Cuerpo de Paz y la Alianza para el Progreso para América Latina; además, preparó a su país para enviar al hombre a la luna a finales de los años sesenta. Sin embargo, a pesar de su activismo y retórica, Kennedy tenía una personalidad más precavida que ideológica. Como señaló el historiador de presidentes, Fred Greenstein, “Kennedy tenía muy poca perspectiva global.”

En lugar de criticar a Kennedy por no cumplir lo que dijo, deberíamos agradecerle que en situaciones difíciles actuaba con prudencia y sentido práctico y no de forma ideológica y transformadora. Su logro más importante durante su breve mandato fue el manejo de la crisis de los misiles de Cuba en 1962, y apaciguamiento de lo que fue probablemente el episodio más peligroso desde el comienzo de la era nuclear.

Sin duda se puede culpar a Kennedy por el desastre de la invasión a Bahía de Cochinos en Cuba y la subsiguiente Operación Mangosta, el esfuerzo encubierto de la CIA contra el régimen de Castro, que hizo pensar a la Unión Soviética de que su aliado estaba bajo amenaza. Sin embargo, Kennedy aprendió de su derrota en Bahía de Cochinos y creó un procedimiento detallado para controlar la crisis que vino después de que la Unión Soviética emplazara misiles nucleares en Cuba.

Muchos de los asesores de Kennedy, así como líderes militares de los Estados Unidos, querían una invasión y un ataque aéreo, que ahora sabemos podrían haber hecho que los comandantes soviéticos en el terreno usaran sus armas nucleares tácticas. En cambio, Kennedy ganó tiempo y mantuvo abiertas sus opciones mientras negociaba una solución para la crisis con el líder soviético, Nikita Khrushchev. A juzgar por los duros comentarios del vicepresidente de la época, Lyndon Johnson, el resultado habría sido mucho peor si Kennedy no hubiera sido el presidente.

Además, Kennedy también aprendió de la crisis cubana de misiles: el 10 de junio de 1963 dio un discurso destinado a apaciguar las tensiones de la Guerra Fría. Señaló, “hablo de paz, por lo tanto, como el fin racional necesario del ser humano racional”. Si bien una visión presidencial de paz no era nueva, Kennedy le dio seguimiento mediante la negociación del primer acuerdo de control de armas nucleares, el Tratado de prohibición parcial de los ensayos nucleares.

La gran pregunta sin respuesta sobre la presidencia de Kennedy y cómo su asesinato afectó la política exterior estadounidense, es ¿qué habría hecho él en cuanto a la guerra en Vietnam? Cuando Kennedy llegó a la presidencia los Estados Unidos había algunos cientos de asesores en Vietnam del sur; pero ese número aumentó a 16.000. Johnson finalmente incrementó las tropas estadounidenses a más de 500.000.

Muchos partidarios de Kennedy sostienen que él nunca habría cometido ese error. Aunque respaldó un golpe para sustituir al presidente de Vietnam del sur, Ngo Dinh Diem, y dejó a Johnson una situación deteriorada y un grupo de asesores que recomendaban no retirarse. Algunos seguidores fervientes de Kennedy –por ejemplo, el historiador Arthur Schlesinger, y el asesor de discursos de Kennedy, Theodore Sorensen– han señalado que Kennedy planeaba retirarse de Vietnam después de ganar la reelección en 1964, y sostenían que había comentado su plan al senador, Mike Mansfield. No obstante, los escépticos mencionan que Kennedy siempre habló públicamente de la necesidad de permanecer en Vietnam. La pregunta sigue abierta.

En mi opinión, Kennedy fue un buen presidente pero no extraordinario. Lo que lo distinguía no era solo su habilidad para inspirar a otros, sino su cautela cuando se trataba de tomar decisiones complejas de política exterior. Tuvimos la suerte de que tuviera más sentido práctico que transformador en lo que se refiere a política exterior. Para nuestra mala suerte lo perdimos tras solo mil días.

Joseph S. Nye es profesor de la Universidad de Harvard y autor de Presidential Leadership and the Creation of the American Era.

Traducción de Kena Nequiz

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